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El teatro boliviano no ha ocupado un espacio central
como referente en la escena latinoamericana. Si bien se reconoce
la labor altamente creativa de un grupo como el Teatro de los
Andes, presente en muchos prestigiosos festivales, y a pesar de
que un colectivo joven como Kíkinteatro empiece a circular
también por importantes medios, casi todo el resto de la
escena de este país, ubicado en pleno corazón de
Sudamérica, cruzado por complejas diversidades geográficas,
culturales, étnicas y lingüísticas, y víctima
de políticas neoliberales que le han desestabilizado, hasta
el punto crítico de que sus pobladores se han visto obligados
a expulsar del poder a dos presidentes, no es suficientemente
conocido fuera de sus fronteras.
Con uno de sus principales objetivos puestos en revertir esta
situación, el Festival Internacional de Teatro Santa Cruz
de la Sierra, creado por René Hohenstein y Maritza Wilde
en 1997, y dirigido por el primero, desde el ejecutivo de la Asociación
Pro Arte y Cultura (APAC), celebró su V edición
del 14 al 24 de abril pasado, y tuve la suerte de apreciar un
buen tramo, como parte del grupo de invitados, a quienes se nos
incitó a atender especialmente la Plataforma de Teatro
Boliviano, una muestra selectiva de veinte grupos de la ciudad
sede y de La Paz, Cochabamba y Sucre.
Con una conciencia de su condición periférica, la
misma que animó a Hohenstein –acompañado de entusiastas
colaboradores y de más de un centenar de voluntarios–,
a convertir a Santa Cruz en espacio de cita del teatro proveniente
de Latinoamérica y Europa, sin que la ciudad hubiera conocido
de una sólida tradición teatral ni de una adecuada
infraestructura, el Festival de Santa Cruz se proyecta hacia lo
posible con una organización eficaz, que permite a espectadores
y visitantes disfrutar de una programación escalonada,
y propicia efectivos lugares de intercambio profesional y humano
en el Museo de Arte Contemporáneo. Así, junto a
los grupos nacionales, presentó otros diecinueve elencos
procedentes de Argentina (que incluía una coproducción
con los Estados Unidos, Italia y México), Bélgica,
Brasil, Chile, la Comunidad China en Santa Cruz, Ecuador, España,
Francia, México, Paraguay, Perú y la República
Checa. Conferencias, exposiciones, el Seminario “¿Festivales
para qué?”, documentales, presentaciones de publicaciones
–entre ellas Conjunto–, talleres y homenajes complementaron la
muestra de espectáculos.
Aun cuando, por la duración de mi estancia, no alcancé
a ver las veintiuna puestas bolivianas, lo que me impide evaluar
cada una y llegar a una visión general exhaustiva, mi primera
impresión es la evidencia de un conjunto pujante de voces
–en buena medida jóvenes– empeñadas en expresar
sus inquietudes por medio de los lenguajes de la representación,
sintonizados con problemáticas contemporáneas y
permeados de una renovada perspectiva política, que hurga
en la necesidad de la comunicación humana a partir de los
valores necesarios, y que al mismo tiempo se empeña en
encontrar formas artísticas propias para la escena, comprometidas
con el discurso gestual y de movimiento. De regreso de un viaje,
que fue para mí una especie de intensa experiencia de re-conocimiento
y aprendizaje, traje conmigo la sensación satisfactoria
de haber sacado partido al tiempo.
Parte de mi aprendizaje fue “descubrir” cómo el entorno
humano de Santa Cruz (segunda ciudad del país e importante
centro económico y comercial de las llanuras amazónicas),
no se corresponde del todo con la imagen andina que se tiene desde
fuera del país, y esa cualidad étnica, que genera
ciertas tensiones identitarias entre collas y cambas y, luego
del agotamiento de la economía minera, un acelerado desarrollo
local vinculado a la agricultura y a la explotación del
petróleo, han dado lugar a conflictos que la localidad
y el país están abocados a encarar. En uno de las
obras incluidas en esta edición, la pieza El día
que cayó Goni… y Shirley, de Hohenstein, puede encontrarse
una alusión jocosa a pequeña escala, entre las dos
abuelas de una familia, articulada con referencias a acontecimientos
políticos reales, que han recobrado dramática vigencia.
Una ocasión de feliz re-conocimiento la tuve al asistir
a la presentación de En un sol amarillo, del Teatro de
los Andes, dirigida por César Brie, en el Teatro Eagles,
un amplio auditorio anexo a un selecto colegio. La denuncia de
la corrupción abusiva por parte de los políticos
que se apoderaron de enormes sumas, en bienes y dinero –casi treinta
millones de dólares–, de la ayuda internacional recibida
para los damnificados de un temblor, encontró una agitada
resonancia. El lenguaje escénico, de exquisita riqueza
en imágenes –crudas como el doblemente doloroso hecho que
le inspiraba– coexisten con la dureza del alegato, que aún
hoy, siete años después, se erige como un reclamo
de justicia increíblemente postergada, y como cuestionamiento
de la noción de democracia manejada por los políticos
locales según el modelo occidental.
La energía que despliegan los actores Lucas Achirico, Alice
Guimaraes, Gonzalo Callejas y Daniel Aguirre, el compromiso de
cuerpo y mente con que nos trasmiten el dolor de la tragedia,
la ira del desenlace, y la ironía del episodio farsesco
de los poderosos en pleno ejercicio de saqueo, reviven un teatro
documental pleno de fuerza, en el que cada elemento –pocos muebles
colgando medio a la deriva, la música ceremonial que evoca
pérdidas y antiguos dolores, la luz llena de magia que
redita la catástrofe– es un componente activo para despertar
asociaciones emotivas y juicios.
El Teatro de los Andes distribuye entre los asistentes, como respaldo
incuestionable a la puesta, un informe de los hechos titulado
El terremoto de la corrupción, que abre con dos exergos
de notables artistas, uno de Roberto Arlt que dice: “Nos ha tocado
la triste misión de asistir al crepúsculo de la
piedad y no nos queda otra cosa que hacer que escribir deshechos
de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o instalar prostíbulos,
aunque la gente nos agradecería más esto último.”
Y otro de Unamuno: “Hay circunstancias en las que callar es mentir.”
LA MUJER, TEMA RECURRENTE
Otra puesta memorable de la Plataforma boliviana fue la de Musas,
del venezolano Néstor Caballero, a cargo de dos jóvenes
actrices de Opsis Teatro: Glenda Rodríguez y Claudia Mendizábal,
quienes bajo la dirección de Marta Monzón asumen
a Frida Kahlo y Silvia Plath, dos artistas que nunca se encontraron
en la vida real, pero que aquí intercambian sus ideas sobre
los hombres, el arte, la vida y la muerte. La inteligencia del
texto, que sabe aprovechar la rica biografía llena de conflictos
de ambas para crear cruces y nuevas situaciones ficcionales, es
respaldada por un montaje que, a pesar del minimalismo espacial
y material con que las ubica, casi fijas, sobre una mesa con un
blanco vestido-mantel común –que recrea con libertad el
cuadro Las dos Fridas–, explota registros dramáticos y
episodios de la historia de cada una con alto vuelo interpretativo,
sentido del humor y productiva energía, lo que genera un
genuino disfrute.
La propia Marta Monzón, acompañada por la artista
plástica Vania de Lucca y con el sello de Zigzag Teatro,
representó Como cualquier otra, con texto y dirección
de Antonio Peredo. Seis pedazos de historias con mujeres que luchan,
apasionadas, que se debaten en su soledad real o acompañada,
siempre presas de la desesperación. Y si bien se introducen
aristas humanas de gran interés, vistas desde una mirada
femenina, y la perspectiva actoral trata de enlazarlas a partir
de un sentido de la dramaturgia del actor, la puesta acusa una
dicotomía entre la intervención plástica
–mucho más que mera solución para los cambios– y
la interpretación de las seis mujeres, pues la primera
gana al público por su sencilla naturalidad mientras construye
instalaciones de elocuente conceptualismo, frente a asomos de
ciertos artificios efectistas de la actriz, que el director no
logró atemperar.
Entre los grupos jóvenes que aludía, Kíkinteatro
presentó una aproximación experimental al universo
femenino: Psicosis 4:48, el último texto de la dramaturga
suicida inglesa Sarah Kane, bajo la dirección de Diego
Aramburo. El montaje elige el estatismo total: la actriz Lia Michel,
de frente en proscenio e iluminada con un cenital, enuncia las
palabras que constituyen, junto con su modo de decir –ora neutro
ora cargado de emociones diversas– el soporte de la acción
escénica, en eventual contrapunto con otros personajes,
que son más ecos de la memoria o de la imaginación
que tales, asumidos en un plano medio, semioculto, por Claudia
Eid, también asistente. Evocativa y sensorial, gracias
a la organicidad de la actriz, Psicosis… sumió al auditorio
en una quietud expectante, concentrada. Me recordó a distancia
la fascinación de O marinheiro, del colombiano Matacandelas,
aunque hubiera preferido cierta operación de síntesis,
más allá del respeto absoluto al testimonio de angustia
existencial y depresión que es el texto, para podar reiteraciones
y vueltas en redondo que empañan la solidez de la estructura.
DRAMATURGIAS ESCÉNICAS
Un elemento común de esas propuestas juveniles es la vocación
de diálogo con la realidad y el acusado sentido crítico.
Así, el grupo Ditirambo presentó Entiéndemetúamí,
una humorística e irónica pieza en cinco cuadros
en la que los únicos dos actores Antonio Miranda y Patricio
Azogue –el primero también autor del texto, el segundo
director– construyen situaciones en las que se debate el papel
de la tecnología y la informática, el valor del
dinero vs. el valor de la comunicación humana y los afectos,
el sexismo despiadado y desnaturalizador, entre otros temas. La
maquinaria escénica y las actuaciones –perfectibles en
su concepción sintética– persiguen una dinámica
afín con el vertiginoso ritmo de la vida moderna.
Otro dúo se movió por coordenadas en alguna medida
semejantes para hablar del teatro y la vida de ahora mismo, desde
un ambiente de cámara. Miguelángel Estellano y Alejandro
Molina, del Teatro La Oveja Negra, protagonizan En cueros…, basada
en un texto de Karl Valentín, con intertextos de Eduardo
Samper y dirección de Cristian Mercado. Entre peripecias
extremas y gags, la propuesta examina el lado oculto de la profesión
del actor, las dificultades cotidianas, físicas, circunstanciales
y sociales pese a las cuales hoy, en Bolivia, se hace teatro y
muchos buscan con él una forma de expresión y debate.
Estellano y Molina interactúan con los espectadores y transitan
con eficacia de lo dramático a lo risible.
Otra orientación guía a Panicum Teatro, el grupo
que impulsa Ubaldo Nallar, un activo gestor que ha abierto la
Sala Federico García Lorca y un café anexo en el
centro de la ciudad. En el Festival presentó dos montajes:
9:30 p.m., de su autoría e incluida en las páginas
que siguen. La trama parte de una familia común en apariencias
pero tras la cual campean desamores y desencuentros. Las pasiones
ocultas me recordaron al brasileño Nelson Rodrigues aunque
Nallar se siente deudor de Sartre. Su manera de entender la dramaturgia
lleva implícita la concepción escénica, el
diseño espacial y la intervención de medios como
el video, de modo que la palabra es sólo un componente
de su modo de entender la teatralidad. Otra vez Miguelangel Estellano,
acompañado de María Peredo, Carlos Ureña,
Vanesa Fornasari y Susy Ardúz saben crecerse desde una
visible juventud para sostener la atmósfera de incomunicación,
literalmente “como peces en el agua” de la piscina en la que se
sumergen a cada momento.
El otro montaje de Panicum y Nallar fue Las copas de la ira, del
dramaturgo chileno Ramón Griffero –quien asistió
a la función del Festival–, a cargo del actor Roberto Kim.
El actor transita por vericuetos de un texto en el cual un profeta
reencarna en varios personajes a lo largo del tiempo y hasta hoy,
como un actor, mientras exhibe una depurada técnica corporal
que armoniza con la tradición de sus ancestros asiáticos.
El director lo coloca en paralelo a otro viaje visual que, tras
él, narra un video de formas arquitectónicas, extraños
despojos urbanos y fabriles en los que lo humano está ausente.
El contrapunto ubica al espectador en una extraña instancia
de desamparo.
OTRA VEZ EL TEATRO
Como se ha visto, el teatro es sostén temático de
muchas obras. David Mondacca, un actor de vasta y reconocida trayectoria,
presentó De madera, hermano, de madera…, bajo su propia
conducción. Y esto último quizás haya sido
un handicap inconsciente. Mondacca narra cinco historias –a partir
de textos teatrales y narrativos de Villafañe, Resino,
Rocha Monroy, Sáenz, Figueredo, con intervención
de otros de Costa du Reis y suyos– y con ellas recorre el teatro
nacional y su propia biografía, como titiritero o intérprete
de las más disímiles experiencias, en un contexto
en el que es común oír que “el arte sólo
puede llevarte al extranjero o a la locura”. Y si bien exhibe
una presencia de indiscutibles dotes, falla porque sus personificaciones
están marcadas por soluciones viciadas. Mis expectativas
se frustraron por una puesta fría y marcada, que no me
trasmitió verdadera pasión, a pesar de la muy calurosa
acogida del público local, admirador del artista.
Cuando René Hohenstein, como para quitar trascendencia
al tema, me advirtió que su puesta de Gringos bandoleros
era una muestra de teatro comercial, quizás era presa de
un equívoco, pues en realidad la labor que impulsa al frente
de su grupo Casateatro desde 1986, no está guiada por móviles
mercantiles, sino que ha seguido el propósito de mantener
un elenco estable con una labor continua, formar un público
regular, presentarse en barrios y colegios y fomentar una dramaturgia
cruceña y nacional. Han puesto a Sófocles, Shakespeare,
Dürrenmatt, Brecht, Fo, Cuzzani, Dragún, Gambaro,
Sáenz, Halac, Masliah y las obras del director, entre otras.
Desde un lenguaje tradicional que fundamentalmente opera en función
del texto e introduce el “cine” dentro del teatro –entrecomillado
porque se trata de un falso cine hecho en vivo por los propios
actores–, y logra dialogar con su público, Gringos bandoleros
revierte la anécdota colonialista del filme estadunidense
Butch Cassidy and the Sundance Kid para rectificar, en tono satírico,
la mirada hacia Bolivia. Rosendo Paz, Gloria Fernández,
Hugo Francisquini, José Castro, Gabriela Unzueta, Guillermo
Sikodowska, Maité Haiak y Javier Silva alternan el tono
costumbrista con cierta parodia distanciada en este “western subversivo”.
La lechuga, de César Sierra, bajo la conducción
de Elías Serrano con la Compañía La Divina
Comedia, parece moverse, dentro de una cuerda realista con reminiscencias
televisivas, lides en las que su director tiene amplia experiencia.
La trama acentúa la crueldad y cierto humor negro para
armar una historia familiar de resentimientos, que se desata el
día de cumpleaños del patriarca, en estado vegetal.
Lástima que los actores, que saben defender su oficio,
no hayan encontrado un mayor equilibrio de estilos, que por momentos
oscila entre el drama y la farsa.
PARA NIÑOS, JÓVENES Y …
La puesta de Wara y el sudor del sol, de Los Cirujas, rescata
una leyenda aymará en la que se cuenta la verdadera historia
de la colonización española en América y
la recrea con imaginación. Adalía Auzza y Rodrigo
Mendoza manipulan muñecos y objetos de diversas técnicas,
a partir del principio del reciclaje. Ciruja es un término
argentino que describe a los rescatadores de basura y la labor
del grupo combina la recuperación de historias olvidadas
y de productos de plástico y desecho que transforman en
hermosos objetos, que la manipulación y la presencia de
los actores completa para crear la ilusión. La vocación
didáctica en ocasiones les hace reiterar la acción
con lo dicho, por lo que el montaje es susceptible de síntesis.
Aún así, fue impresionante la recepción entusiasmada
de un público de todas las edades.
DE LO QUE LLEGÓ DE FUERA
Eduardo Pavlovsky reditó las dos puestas presentadas en
nuestro Mayo Teatral 2004: La muerte de Marguerite Duras y, acompañado
de Susana Evans, Potestad, que el Festival difundió como
una de los mejores espectáculos de los últimos veinte
años citando a Conjunto.1 Al asistir a La muerte… volví
a maravillarme con la sabiduría del actor en aprovechar
su experiencia de vida y en saber dosificar memoria, técnica
y emoción desde el minimalismo más absoluto. Y el
numeroso y heterogéneo público presente en la sala
de la Casa de la Cultura vibró conmigo, al punto de que
fue uno de los montajes más populares según la prensa.
También de Argentina estuvo una puesta del reconocido director
Rubén Szuchmacher, Extinción, comedia cruel de Íñigo
Ramírez de Haro sobre las relaciones familiares, en la
que los valores son puestos patas arriba desde una desacralización
y un desapego mordaz, pragmático y materialista vulgar.
Texto y puesta cuestionan también el orden del teatro burgués,
su falsedad y convencionalismo. Hilarante, estremecedora por su
derroche de cinismo –a veces en demasía– sobresale por
el desempeño histriónico, que explota la afectación
de los estereotipos, a cargo de los actores Ingrid Pelicori, Horacio
Peña, Pablo Caramelo y Roberto Castro.
Mi segunda experiencia de teatro paraguayo –otra escena no suficientemente
conocida ni divulgada– la tuve con La Farándula y la obra
de la actriz, dramaturga y directora Edda de los Ríos,
quien nos acompañara como jurado del Premio Casa de las
Américas 2001. Secundada por Myriam Sierra y Patricia Abente,
Edda presentó su obra Kuñá recove (Vidas
de mujer), en un montaje de Marcelino Duffau que crea una auténtica
y conmovedora estampa de la vida de las mujeres en el campo, historias
ignoradas o silenciadas, de amores sin amor por la fuerza de la
costumbre, de empeños y tradiciones trasmitidas en el tiempo.
La obra se basó en una investigación sociológica
–Pintadas por sí mismas, de Marilyn Godoy, Olga Caballero
y Manuelita Escobar–, que en la puesta encuentra una correspondencia
visual y sonora de rica expresividad.
Étienne Van der Belen, un actor belga que en 1998 fundó
la Compañía Chispa en Bruselas, llegó a Santa
Cruz con su unipersonal ¡A tu locura!, escrito por él
como hermoso homenaje a su abuela, una suerte de Don Quijote al
alcance de los juegos, una singular señora que leía
a Pessoa, a Marx y admiraba al Che, y de quien Étienne
no pudo despedirse por encontrarse actuando en el momento de su
muerte. El viaje a los momentos de contacto con la abuela durante
la infancia, y a la juventud, alterna poesía y humor, revive
instantes de la relación y es una especie de himno, sencillo
y veraz, al cariño filial. Una suspensión del tiempo
real que hizo la maravilla, por el encanto y el arrojo de un actor.
PENSAR EL TEATRO
El seminario “¿Festivales para qué?” reunió
una nutrida representación internacional. La brasileña
Nitis Jacon, fundadora del Festival de Londrina y coordinadora
nacional para Brasil de la Red Cultural del Mercosur, defendió
los festivales como espacios de movimiento para la cultura, de
formación de público y ejercicio de la democracia,
abogó por la imprescindible necesidad de un concepto a
la hora de organizarlos, y por la urgencia de que amplíen
su proyección horizontal y vertical, hacia el público
y en función de la gestión política de las
instituciones, porque las políticas públicas son
necesarias. Rubén Szchumacher expuso que si un festival
no genera algún tipo de transformación entre los
artistas, los destinatarios locales y la institución convocante,
no vale la pena celebrarlo.
Eduardo Pavlovsky confesó que hace treinticinco años
asiste a festivales y ya tiene en su haber unos noventa. Apuntó
que un festival hoy sirve para la recuperación estética
e ideológica de un grupo de gente que aún tiene
mucho que decir, a favor de sus ideas y en la búsqueda
de una identidad cultural, para seguir luchando por la justicia.
Comentó cómo en Argentina uno de cada dos niños
es anémico, y expresó que hace teatro con mucho
odio, lo que le sirve para pronunciarse contra el hambre.
Juan Macías, del Festival de Teatro de Arica, Chile –principal
puerto de salida al mar para los bolivianos junto con Iquique–,
contó que el evento nació, a pesar de las políticas
culturales que favorecen un excesivo centralismo, para beneficiar
la ciudad, con muy poco apoyo y un trabajo de liderazgo a cargo
de los jóvenes. Raúl Sansica, director del Festival
de Teatro de Córdoba y coordinador del teatro independiente,
explicó que en su ciudad existe una planificación
cultural, de la que el Festival es parte, y se preguntó
en qué se cifra una valoración de estos eventos,
si en el índice de público o en la calidad de las
estéticas que presenta.
Por mi parte, expuse que uno de los retos para organizar un evento
es intentar no repetir espectáculos exitosos de otro festival,
por el peligro que implica de propiciar modelos homogéneos.
Comenté la validez de la afirmación contenida en
un antiguo y enjundioso ensayo de Marina Pianca, cuando enunciaba
que: “Paradójicamente, pareciera que cuando mayor es el
‘boom’ de los festivales y encuentros, más lejana está
‘Nuestra América’”, a partir de algunos grandes festivales
que tienen lugar en capitales latinoamericanas. Y luego de exponer
los objetivos con que organizamos Mayo Teatral, expresé
que un festival sirve sobre todo para responder a necesidades
del público y de la práctica teatral misma, en el
contexto cultural en que tiene lugar. En última instancia
para que los discursos imaginales, metafóricos, directos
o elípticos permitan al espectador, a la vez que soñar,
entender mejor su propio rol en el mundo tan complejo en el que
nos ha tocado vivir.
Un joven teatrista lanzó desde el público una observación
problematizadora, al expresar cómo los movimientos populares
y marginales hoy están cambiando el curso de la historia
en la América Latina y, sin embargo, la gente de teatro
parece estar en una posición alternativa en relación
con ellos. Paolo Nalli, del Teatro de los Andes, consideró
que lo que estamos proponiendo no es alternativo sino pasado,
porque la solución es un movimiento cultural general, que
responda a las demandas de la sociedad, y refirió cómo,
después de En un sol amarillo, en su grupo se sintieron
más cerca de los campesinos, no porque hablen en escena
sino porque la obra nació vinculada a las luchas emprendidas
por ellos.
Como resultado del debate, se formuló la propuesta de continuar
la discusión entre los teatristas bolivianos para elevar
un pedido a la Asamblea Constituyente acerca de la necesidad de
que el Estado atienda de manera especial la cultura.
HACIA DELANTE
En vísperas de mi regreso, visité la nueva Escuela
Nacional de Teatro, en funcionamiento desde marzo de 2004 y aún
en proceso de construcción. El proyecto nació de
una idea de Marcos Malavia, director boliviano establecido en
Francia que, a partir de un montaje realizado en La Paz, percibió
la necesidad de un centro de formación profesional para
los actores. Después de varios intentos que las autoridades
acogieron con apatía en la capital y Sucre, se produjo
un encuentro con Marcelo Arauz y Cecilia Kenning, miembros de
la directiva de APAC, y ellos propiciaron un contacto de Malavia
con el sacerdote Nicolás Castellanos, ex obispo de Palencia
que hizo votos de pobreza y creó la Fundación Hombres
Nuevos, quien entendió enseguida la importancia del proyecto
y ofreció que esa Fundación y La Universidad Católica
Boliviana lo llevaran adelante.
La Escuela, una impresionante instalación dotada de aulas
y salones para el aprendizaje práctico y teórico,
radica en la zona de la Ciudad de la Alegría, una comunidad
de más de cincuenta mil habitantes nacida del Plan Tres
Mil, para los damnificados de una crecida del Río Piray
en 1983. Una población caracterizada por la presencia de
inmigrantes de diferentes culturas y donde más de la mitad
es menor de veinticinco años.
Los objetivos principales de la Escuela son dotar a los actores
de una formación profesional de nivel superior, para realzar
el rol del artista en el contexto sociocultural boliviano y, a
más largo plazo, crear un elenco permanente que lleve a
escena obras de calidad y ofrezca al público un repertorio
internacional. La orientación estética es plural,
con especial énfasis en la consciencia profesional y la
calidad.
Sobre la Escuela, apunta Malavia:
… el hecho de que una institución de esta importancia se
encuentre en Santa Cruz participa de una manera concreta en la
descentralización cultural en Bolivia y, por otro lado,
siento que los cruceños acogieron el proyecto con un gran
entusiasmo. Espero que el futuro tengamos un apoyo más
directo de parte de instituciones como la alcaldía y la
prefectura, la escuela necesita de su participación para
alcanzar mejores logros. Estoy convencido de que junto con el
importante festival internacional que es organizado aquí,
Santa Cruz puede convertirse en unos años en el centro
neurálgico del teatro boliviano.
La Escuela debe posicionarse en la creación teatral como
un polo de acción. Nuestra escuela va a contar a partir
de este año con una de las salas de teatro más importantes
de Santa Cruz, a nivel de equipamiento y de volumen.
Bolivia necesita guerrilleros del teatro en el sentido de ser
misioneros para afrontar toda una serie de terrenos de acción
diversos y sobre todo para construir un público en los
barrios, en los pueblos alejados de la ciudad y en la ciudad misma,
para pobres y ricos. Pero todo basado en tres aspectos: la ética,
la técnica y la solidaridad.3
La vinculación de muchos de los jóvenes artistas
mencionados a este proyecto ha producido ya una articulación
entre la práctica del oficio y la formación técnica
y cultural, lo que unido al vigor apreciado en muchas de las propuestas,
permite mirar con confianza hacia el futuro.
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