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Este es un momento muy pertinente para hablar sobre
las representaciones artísticas aborígenes. El nuevo
milenio ha traído consigo nuevas formas innovadoras de
expresión a la comunidad indígena. Experimentamos
lo que muchos ven como un segundo resurgimiento del arte y la
actuación indígenas después del período
de seca que siguió a la lucha por los derechos de las comunidades
indígenas y su expresión artística, que cobró
prominencia en los años 60 y 70.
Por tradición, el canto, el baile, la narración
de cuentos y las ceremonias no se consideraban algo aparte de
la vida diaria. Eran y siguen siendo medios de comunicación
con el Creador y un proceso destinado a mantener el equilibrio
y la armonía en la comunidad. Estas ceremonias no han perdido
vigencia en las comunidades de los Estados Unidos y Canadá
y constituyen las bases de las representaciones artísticas
aborígenes. Según afirma la renombrada escritora
y académica pueblo Paula Gunn Allen:
Desde la llegada de los angloeuropeos a principios del siglo XV,
la frágil trama de identidad que había sido la salvaguarda
de los pueblos tribales se fue debilitando hasta deshacerse, pero
la tradición oral ha impedido la destrucción completa
de las costumbres tribales. La tradición oral es vital.
Se sana ella misma y sana la trama tribal adaptándose al
flujo del presente sin abandonar nunca su conexión con
el pasado. Como han experimentado muchas generaciones, su adaptabilidad
siempre ha sido necesaria.1
Después de la acometida del imperialismo europeo, muchas
de las diversas sectas de misioneros y los nuevos gobiernos de
Canadá y los Estados Unidos intentaron desalentar las costumbres
religiosas aborígenes. En algunos lugares, se declararon
ilegales prácticas como la Danza del Sol, de los amerindios
de los grandes llanos, y el potlatch de la costa noroeste.2 Las
tribus se vieron obligadas a celebrar sus ceremonias en secreto
o a adaptarlas al calendario cristiano, como ocurrió con
la celebración Yaqui Pasqua y los días festivos
de los pueblos.
A medida que, en los Estados Unidos y Canadá, la guerra,
la enfermedad y el hambre diezmaban el número de indígenas,
en la literatura popular aumentaba la presencia del “indio” como
algo exótico. Dos escritores, Jean-Jacques Rousseau y Cotton
Mather, originaron los estereotipos que todavía hoy acosan
a los pueblos indígenas. Rousseau acuñó la
frase del “noble salvaje”, mientras Mather los llamaba “diablos
rojos”. El autor Robert Berkhofer, hijo, hace alusión a
esta perspectiva distorsionada cuando afirma: “Al igual que ocurre
con las imágenes de otras razas y minorías, la esencia
de la imagen que los blancos tienen de los indios ha sido definir
a los americanos autóctonos como al Otro, aparte y singular.
Evalúesele como noble o innoble, véasele como exótico
o degradado, el indio como imagen siempre fue ajeno al blanco.”3
Estas representaciones del indio muy bueno o muy malo, en diversas
personificaciones limitadas, aparecieron una y otra vez en la
literatura, como en El último de los mohicanos, de James
Fenimore Cooper, y Hiawatha, de Henry Wadsworth Longfellow. Las
pinturas de George Catlin y las fotografías posadas de
Edward Curtis exacerbaron las imágenes del noble indio
que iba desapareciendo sin dejar rastros. Esta imagen romántica
ha tenido un efecto perdurable en la presentación del indio
en escena y fue llevada al cine, donde alcanzó su momento
culminante en la época de John Wayne.
A la mujer india no le fueron mucho mejor las cosas. Pocahontas
fue y sigue siendo la india que con mayor frecuencia se ha representado
en los Estados Unidos. Resulta irónico que la historia,
que durante siglos se ha difundido en escena, libros, cuentos
infantiles y dibujos animados, sea una falacia. No hay pruebas
de que estuviera enamorada de John Smith –cuando se conocieron
era pequeña– ni de que fuera hija de un jefe.4 La popularidad
del “mito” no es accidental puesto que era y sigue siendo un paradigma
del ideal europeo de la india buena. Pocahontas, obediente, cristianizada,
asimilada y casada con un inglés, representaba todo lo
que se esperaba producir con los internados y otros programas
de asimilación.
Uno de los principales vehículos para la perpetuación
de este estereotipo fue el Show del Lejano Oeste, que ganó
fama e infamia a partir de 1872. Los espectáculos de William
F. Cody (Buffalo Bill) tienen muchas encarnaciones, pero la trama
es siempre la misma. Aunque hubo variaciones y en ellos aparecieron
líderes tribales como Gerónimo y Toro Sentado, la
trama era inevitablemente igual. El salvaje dirigía un
ataque gratuito a los pioneros y entonces los colonizadores derrotaban
a los malvados forajidos y se quedaban con toda la tierra, lo
que les resultaba conveniente. Era un constructo agradable, puesto
que los colonizadores eran los buenos con los que les mitigaba
las implicaciones de difundir enfermedades, asesinar mujeres y
niños, romper tratados y separar familias. Aunque la representación
del pueblo aborigen refleja ahora una ideología más
progresista, la propensión a brindar una visión
romántica de las culturas de las tribus a caballo por las
llanuras se deriva de la misma tendencia. Este período,
que es el más popular sobre todo en Hollywood, fue breve
–unos ciento cincuenta de los cuarenta mil años de historia
de los pueblos autóctonos de este continente– y sólo
abarca a un pequeño porcentaje de la variedad de pueblos
indígenas. Al congelar un prototipo indígena en
este período glorificado en que todavía se le concedían
dignidad y prosperidad, no es necesario atender a la enfermedad,
el alcoholismo, la esterilización forzada, los suicidios
y la miríada de otros problemas a que dieron origen las
reservaciones.
Incluso en la película Dancing with Wolves (Bailando con
lobos), realizada en 1993 y elogiada por su autenticidad y por
el empleo del verdadero pueblo lakota, siguió el mismo
paradigma básico. Los indios se dividían en buenos
y malos y, en última instancia, la raza mostraba sólo
un recordatorio de las gloriosas remembranzas de su pasado. El
protagonista blanco está en libertad de asentarse en el
Oeste recién conquistado después de obtener la información
necesaria de sus amigos lakota, condenados todos. Si el genocidio
de este país se viera con la misma reverencia y sensibilidad
que los medios de difusión dominantes han acordado para
el Holocausto, los derechos de los indígenas y el resarcimiento
por las injusticias del pasado recibirían una acogida más
positiva.
El cambio inicial de mayor importancia en los derechos, activismo,
política y arte indígenas en los Estados Unidos
y Canadá fue resultado de la gran participación
de estos pueblos en las dos guerras mundiales. Aunque las poblaciones
aborígenes no recibieron ciudadanía plena en los
Estados Unidos hasta 1924,5 y en Canadá hasta 1947, un
gran porcentaje de indígenas de ambos países se
ofrecieron como voluntarios en los servicios armados. Viajar dio
a estos hombres una perspectiva más amplia de lo que ocurría
en el mundo, en la esfera artística y en otras de ellas,
y brindó ímpetu a los movimientos activistas y artísticos
en todo el Hemisferio Norte.
EL TEATRO DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS
Con el advenimiento de los movimientos políticos y sociales
como el Movimiento Indio Americano (AIM), en los años 60
y 70 surgió en el pueblo aborigen una conciencia de la
necesidad de expresarse. El teatro indígena surgió
en esta atmósfera y una de sus primeras organizaciones
fue el American Indian Theater Ensemble. Fundado en 1972 por el
productor, dramaturgo y director kiowa/delaware Hanay Gelogamah,
fue la primera compañía teatral en los Estados Unidos
compuesta sólo por indígenas. Con obras como Na
Haaz Zaan, Body Indian y Coon Cons Coyote, los participantes desafiaban
las representaciones románticas y negativas, o sea, las
únicas que se hacían hasta entonces de los pueblos
indígenas. En estos momentos, Gelogamah es profesor de
teatro en la Escuela de Teatro de la Universidad de California
en Los Angeles, donde dirige una organización llamada Project
HOOP, que combina el crecimiento del programa académico
y artístico del teatro indígena con el desarrollo
cultural comunitario. Los resultados que ha alcanzado con el American
Indian Theater Ensemble condujeron a la formación de otras
compañías de teatro indígena, como el Echo-Hawk
Ensemble de Chicago y el Red Earth Performing Arts Company, surgido
en Seattle en los años 70.
Otra gran influencia en el teatro fueron los logros de la literatura
indígena y, por ende, de su dramaturgia. En aquellos momentos
apenas se presentaban indígenas en los medios de difusión
populares y todavía había menos vías para
que los artistas indígenas actuaran. En 1969 se produjo
un avance importante cuando N. Scott Momaday (de etnia kiowa)
ganó el Premio Pulitzer con su novela House Made of Dawn,
con lo que abrió el camino a otros formidables escritores
indígenas como Louise Erdrich (chippawa de Turtle Mountain),
Simon Ortiz (pueblo de Acoma) y Leslie Marmon Silko (pueblo de
Laguna). Eran autores que podían escribir tomando como
base sus propias experiencias y crear personajes indígenas
bien desarrollados que permitían a los extraños
una mirada a su cultura y daban al pueblo indígena una
literatura con la que pudieran relacionarse. Estos logros literarios
condujeron a una mejor representación de los indígenas
en obras teatrales. Dramaturgos como William Yellow Robe (assiniboine),
Terry Gomez (comanche) y Annette Arkeketa (oto/creek) fueron producto
del renacimiento de la literatura indígena.
Aunque las cosas han mejorado para los participantes en el teatro
indígena, les sigue siendo difícil producir y desarrollar
sus obras. Los aborígenes representan en los Estados Unidos
menos del uno por ciento de la población y, por tanto,
no poseen fuerza económica importante, lo que dificulta
la recaudación de fondos. Además, como se trata
de un campo que surge ahora, no hay muchos actores aborígenes
formados donde escoger. Para montar una producción, muchas
veces los directores tienen que buscar actores por todo el país.
De todos modos, como existen más oportunidades, el teatro
indígena poco a poco comienza a brillar.
EXPERIENCIAS CANADIENSES
Debido a factores tales como una financiación oficial importante
de las artes y a una representación federal amplia –en
el Parlamento canadiense hay un representante de las Primeras
Naciones– el arte indígena surgido en ese país en
todos los medios es de gran riqueza. El Consejo Canadiense de
las Artes y la Junta Real de Cine de Canadá han asignado
dinero para el desarrollo de políticas, programas, iniciativas
estratégicas y presupuestos que apoyen las prácticas
artísticas de los pueblos aborígenes en todas las
disciplinas. Además, hay varias dinámicas galerías
y centros de amistad dirigidos por indígenas en todo el
país. También hay varias organizaciones como Mujeres
Indígenas en las Artes, Fundación Cultural de los
Primeros Pueblos, Programa de Artes Aborígenes. El Centro
Banff brinda espacio en las galerías y becas a artistas
de todas las disciplinas. Red Sky es una compañía
especializada en performances que realiza presentaciones contemporáneas
de los aborígenes en teatro, danza y música. Iniciada
por la directora artística Sandra Laronde, Red Sky crea,
desarrolla y produce obras originales, articula culturas indígenas
del mundo y crea vínculos culturales no explorados con
todos los pueblos del planeta.
Además de brindar mayor financiación, Canadá
puede jactarse de tener a uno de los dramaturgos indígenas
más prolíficos de todos los tiempos, Drew Hayden
Taylor (ojbwe), quien, aparte de dirigir el Native Earth Performing
Arts de Toronto, ha escrito varios libros y producido un buen
número de documentales de cine y video. Lo más impresionante
es la cantidad de obras que sigue produciendo. Utilizando el humor
como instrumento, se ha aventurado más allá de los
temas de lo que califica como “los oprimidos” y lleva a los pueblos
de las Primeras Naciones a la era moderna con condiciones actuales.
Al igual que muchos otros, Drew considera que el teatro aborigen
comenzó en Canadá con el dramaturgo cree Tomson
Highway. Gran parte del material utilizado por este tiene su base
en la dicha y el dolor de su infancia en Manitoba, donde se crió
en una familia amplia, y trabajó mucho en la caza y la
pesca al tiempo que participaba en la rica historia oral de la
región. También escribe sobre los conflictos, entre
los que se cuentan el abuso sexual perpetrado por los sacerdotes
que dirigían el internado al que asistió durante
gran parte de su juventud. Highway ayudó a organizar tres
festivales indígenas importantes en 1982: el Festival Internacional
de Música Indígena celebrado en London, Ontario;
el Festival Navajo de las Artes, en Window Rock, Arizona, y la
Asamblea Nacional de Primeras Naciones en Regina, Saskatchewan.
Compuso música para teatro indígena y, en 1984,
se unió al Native Earth Performing Arts Company en Toronto,
la primera y más duradera de las compañías
profesionales indígenas de Canadá. Allí trabajó
también con su hermano René –quien murió
de SIDA en 1990–, bailarín, coreógrafo y, como Tomson,
abiertamente gay. Sus obras –Dry Lips Oughta Move to Kapuskasing,
The Rez Sisters, The Sage, The Dancer y The Fool– crearon un lugar
para el teatro aborigen de Canadá. Hoy vive mucho tiempo
en Europa con su pareja y actúa en cabarets en su lengua
nativa.
LA AMERICAN INDIAN COMMUNITY HOUSE
Además de atender a diversas necesidades sociales y de
salud, la American Indian Community House de la Ciudad de Nueva
York brinda un espacio vital para las artes escénicas.
El Departamento de Artes Escénicas de la American Indian
Community House promueve a los artistas americanos indígenas
y brinda espacio escénico y público para música,
baile y drama escrito, dirigido y producido o presentado por artistas
indígenas. El Departamento de Artes Escénicas interviene
en las contrataciones y recomendaciones de actores, actrices,
bailarines, modelos, músicos y oradores americanos autóctonos.
Junto con la gestión artística diaria, celebra una
reunión anual de actores a la que se invita a agentes,
directores y productores. En el teatro circular ofrecen puestas
en escena, conferencias y otros eventos culturales durante todo
el año. Dedican un mes al año al evento principal,
Indian Summer, que incluye grupos musicales como Ulali, un trío
que canta a capella compuesto por mujeres de las Primeras Naciones.
Hace poco, un miembro de Ulali usó el círculo para
colaborar con músicos maoríes y un flautista lakota,
con lo que se formó un nuevo grupo, Matou. Algunos actores
indígenas prominentes, como Irene Bedard y Cheske Spencer,
actuaron en el teatro circular, al igual que dos de los grupos
más conocidos de teatro indígena femenino, Spiderwomen
Theater y Coatlicue Theatre. Además hay un grupo juvenil
de americanos aborígenes muy activo, el Native American
Youth Group, que ha actuado varias veces bajo la dirección
del teatrista oneida Steve Elm.
EL INSTITUTE OF AMERICAN INDIAN ARTS
El Institute of American Indian Arts (IAIA), ubicado en Santa
Fe, Nuevo México, es uno de los mayores mercados de arte
indígena del país. La escuela, que brinda oportunidades
de enseñanza a estudiantes indígenas de los Estados
Unidos y Canadá, permite un intercambio cultural de excepción
dentro de una atmósfera estudiantil. Hasta ciento doce
miembros de distintas tribus han asistido a la escuela en un solo
semestre.
La escuela inició el estudio de teatro indígena
con cursos de baile, música y teatro vistos desde una perspectiva
indígena. Entre los instructores se cuentan la bailarina
y coreógrafa Rosalie Jones (blackfeet) y el compositor
Louis Ballard (quapau/cherokee). Una estudiante del Instituto,
Monica Charles, fue una de las primeras dramaturgas publicadas
cuando Indian Historian publicó su obra Yanowis, que se
centra en la experiencia del internado.
CINE INDÍGENA
El cine indígena tuvo un punto de giro en 2001 con el estreno
de Atanarjuat (The Fastrunner) del realizador inuit Zacharias
Kunuk, que ganó varios premios, entre ellos la Camera d’or
a la mejor opera prima del Festival Cinematográfico de
Cannes y el Premio 6 Genie. Con su obra maestra, Kunuk demostró
que un filme puede tener contenido indígena y rivalizar
en calidad cinematográfica con sus contrapartidas de los
oestes. Realizado por completo en inuktitut, la lengua inuit,
es una narración con moraleja sobre lo que ocurre cuando
la codicia sustituye a la cohesión del grupo. El filme,
al tiempo que hace resaltar el orgullo de los inuit por su cultura
y patrimonio, brinda a los erspectadores una visión de
la cultura y la tradición oral inuit.
Al igual que ocurre con otras artes, es difícil romper
los estereotipos tan penetrantes con los que desde el punto de
vista formal se ha representado a los indígenas y, como
el cine es tan costoso, encontrar financiación lo hace
más difícil todavía. La queja corriente es
que si el material no es espiritual o trata sobre el alcoholismo,
no interesa a los que dan los fondos. Al parecer, los realizadores
comerciales se sienten más cómodos reverenciando
o menospreciando a los indígenas, pero el apoyo disminuye
cuando se trata de mirarlos como a iguales. Es una extensión
de la convención literaria aún presente en los medios
de difusión de presentar como exóticos a los indígenas
o convertirlos en el “otro”. Como lamenta el guionista de Oneida,
Bruce King: “Si no tiene plumas, no es indio.”6
En lugar de depender de Hollywood para que cuente sus historias,
un número cada vez mayor de miembros de pueblos indígenas
comienza a narrar sus propias historias. Por ejemplo, el film
5th World, una historia de amor equivocado del director navajo
Larry Blackhorse, se estrenó en el Festival Cinematográfico
de Sundance. Además, aumenta la popularidad de todos los
festivales de cine indígenas en que los directores pueden
presentar sus obras. Instituciones como Imaginative, en Toronto,
The American Indian Film Institute de San Francisco y el National
Museum of the American Indian, en Nueva York y Washington DC,
brindan a estos cineastas importantes lugares en los cuales promover
sus obras.
BAILE INDÍGENA
La forma más generalizada de baile indígena en los
Estados Unidos y Canadá es el powwow. La palabra “powwow”
procede de los amerindios narragansett del noreste de los Estados
Unidos, de habla algonquina. El powwow moderno está en
gran medida informado por el pueblo amerindio de las grandes llanuras
a principios de 1880 y las tribus los celebraban mucho antes de
la llegada de Europa al Hemisferio Occidental. En aquellos tiempos,
los pueblos indígenas se reunían en algunos momentos
del año para cazar, sembrar, recolectar y agradecer. Con
ello, renovaban los vínculos de familia, clan y tribu además
de forjar alianzas sociales y políticas, celebrar victorias
y practicar ceremonias religiosas y espirituales.
Estas reuniones, en que al principio sólo participaban
miembros de la misma tribu, fueron haciéndose intertribales
y en general incluían baile y música como expresión
de orgullo y práctica culturales. Entre otras actividades
se incluían los juegos de azar, los juegos competitivos
y las ceremonias, que unían a los pueblos en la armonía
de un objetivo común.
Los bailes powwow eran tan diversos como las más de quinientas
tribus que habitaban los Estados Unidos y Canadá antes
de la invasión. Algunos pretendían comunicarse con
poderes del universo y restaurar un sentido de equilibrio. Otros
se ejecutaban con pasos y movimientos prescritos con exactitud
para honrar a los espíritus de animales poseedores de poderes
especiales, como el venado y el búfalo, para fines de caza,
o el águila, para establecer comunicación con el
Creador. Algunos bailes y cantos eran propiedad de sociedades
concretas dentro de las tribus y podían sólo ser
ejecutados por sus miembros.
Hoy los powwows han evolucionado. El powwow contemporáneo
es una reunión cultural, ritual, social y en ocasiones
espiritual de pueblos indígenas y ya no existen fronteras
tribales. Los pueblos indígenas de otras partes del país
comparten hoy canciones y bailes que en un tiempo se atribuían
a una tribu específica. El powwow contemporáneo
brinda una oportunidad para que el pueblo celebre su identificación
con la cultura autóctona y se ha convertido en una expresión
intertribal de honor y orgullo.
El baile indígena moderno muchas veces deriva su inspiración
del powwow y de otras danzas tribales. Bailarines como Santee
Smith (de la nación mohawk) han dejado su impronta combinando
la danza moderna y tradicional en lugares tales como los Simposios
de Baile Aborigen de Nueva Escocia y Manitoba y en la Conferencia
Red Rhythms de la Universidad de California en Riverside. Otros,
como Jacque Soto (navajo) y Mary Littlelight Hudetz (crow) forman
parte de grupos profesionales de baile en la Ciudad de Nueva York.
Más singulares son los grupos compuestos por entero de
bailarines indígenas. Dancing Earth es un grupo de bailarines
indígenas contemporáneos que ofrecen gran inspiración
y trabajan bajo la dirección de Rulan Tangen, quien describe
el tipo de baile de su grupo como “una esencia singular de identidad
y perspectiva indígenas mediante la creación y renovación
de rituales de movimientos artísticos y culturales”.
MÚSICA INDÍGENA
La música siempre ha desempeñado un papel de importancia
en la sociedad aborigen de los Estados Unidos y Canadá.
En el pasado, las canciones se cambiaban como moneda que significaba
el valor que les daban los antepasados. La música sigue
estando en el centro de las ceremonias y reuniones sociales. Ahora,
con el influjo de muchas otras influencias musicales en la esfera
de la música indígena, esta ha cobrado aun mayor
amplitud y variedad. Los músicos indígenas tienen
un mayor radio de expresión, puesto que su obra es relativamente
fácil de producir y distribuir.
La música indígena se ha hecho muy ecléctica
y fluctúa desde la muy tradicional, cantada en la lengua
natal de músicos tales como Delphine Tsinajinnie (navajo)
o Judy Trejo (paiute de Walker River); otras, como Native Roots,
una banda reggae intertribal del suroeste que se presenta en festivales
indígenas y de reggae, combinan los ritmos indígenas;
Blackfire, una banda punk navajo muy política, une sus
enérgicos cantos tradicionales con guitarra y tambores
para llevar su mensaje a una multitud diversa. Algunos cantantes,
como Annie Humphrey (ojibwa) exteriorizan con su música
sus sentimientos en relación con temas indígenas
de gran fuerza. Otros, como Indigenous, la banda lakota de rock
blues, posee un formato más general. Estos talentosos músicos
atestiguan la diversidad y adaptabilidad de los pueblos indígenas.
EL PERFORMANCE INDÍGENA
El padre del performance indígena en América del
Norte es sin dudas James Luna (luiseño/diegueño).
Entre sus piezas más revolucionarias y memorables estuvo
Artifact Piece (1987) que se ha descrito de la siguiente forma:
James Luna suele usar su cuerpo para criticar la conversión
en objeto de las culturas indígenas norteamericanas cuando
se les expone en museos occidentales. En su Artifact Piece, 1985-87,
llama dramáticamente la atención a la exposición
de pueblos y objetos culturales americanos autóctonos.
En el performance, Luna llevaba un taparrabos y permanecía
tendido inmóvil en una cama de arena en una vitrina de
cristal de un museo. Permaneció expuesto varios días,
entre exposiciones kumeyaay del Museo del Hombre en San Diego.
Los letreros que lo rodeaban daban su nombre y realizaban comentarios
sobre las cicatrices de su cuerpo, atribuyéndolas a “exceso
de bebida”. En otras dos vitrinas de la exposición se presentaban
documentos personales de Luna y artículos ceremoniales
de la reservación luiseña.7
Luna aparece en estos momentos en la Bienal de Venecia, una de
las exposiciones colectivas de arte contemporáneo más
importantes del mundo. La pieza, titulada Emendatio, una palabra
latina que significa “corrección”, tiene que ver con un
luiseño, Pablo Tac, quien en 1834 fue llevado a Roma desde
la Misión San Luis Rey para estudiar a fin de que se hiciera
misionero.
Si Luna es el abuelo, Bently Spang y Bert Benally se cuentan sin
duda entre sus “nietos”. Ambos trabajan con una variedad de medios
que incluyen el video, las instalaciones, la fotografía,
el performance en vivo y los cortos filmados. La obra de Spang
se centra en torno a temas relacionados con su identidad cheyenne.
Bently Spang y el artista navajo Bert Benally incluyeron las culturas
rap, hip hop y Acid-House de hoy en los viejos estilos de música
amerindia para crear el Tecno Powwow para la generación
indígena actual.
Al igual que ocurre con el teatro indígena, Canadá
marcha a la vanguardia de los performances indígenas debido
al mayor acceso a fondos. Artistas como Lori Blondeau, Edward
Poitras, Rebecca Belmore, Cheryl L’Hirondelle, Kent Monkman, Greg
Hill y Dana Claxton, entre muchos otros, han salido del casillero
al que se había relegado el arte autóctono y dejado
su impronta en la escena artística internacional. Lori
Blondeau, artista de performance y codirectora de la organización
de arte aborigen TRIBE con base en Saskatoon, Saskatchewan, se
dio a conocer enfrentando los estereotipos de la mujer indígena.
En 2005, su imagen adornó la cubierta de Canadian Art,
la publicación de arte más prominente del país.
El artista de performance Archer Pechawis, de origen cree, resume
de modo conciso la lógica de estas presentaciones:
Performances de las Primeras Naciones contemporáneas. Los
indios se ponen de pie y reclaman espacio. En ese espacio se vuelven
a narrar historias que reinterpretan lo que se supuso comprendido.
El espacio del performance se convierte en una parte del telégrafo
mocasín: un lugar de reunión, una fogata del consejo
comunal. Se ventilan quejas. Se muestran relaciones. Se examinan
noticias de la comunidad, se estudia la comunidad más amplia
del carácter amerindio.8
EL V ENCUENTRO HEMISFÉRICO
En marzo de 2005, el Instituto Hemisférico copatrocinó
su V Encuentro con el tema “Performing Heritage” centrado en el
performance indígena contemporáneo como disciplina
en América del Norte y del Sur. La conferencia destacó
el trabajo de académicos expertos en la esfera como Jolene
Rickard (tuscarora), Paul Chaat Smith (comanche), Elizabeth Theobald
Richards (cherokee), Candice Hopkins (tlingit/
metis). Activistas como Vickie Holt Takamine (hawaiana) y Peter
Kulchyski (canadiense) hablaron también sobre el trabajo
que se desarrolla en sus comunidades.
Los kaiapó/mebengokré y maxacalí, algunos
de los grupos indígenas locales del Brasil, siguieron el
protocolo aborigen de dar la bienvenida a los participantes en
el Encuentro. Pamyua, un grupo yupik/unuit de Groenlandia y Alaska,
presentó cantos y bailes tradicionales y su versión
moderna de “tribalfunk”. Dancing Earth, un grupo de baile moderno
intertribal, colaboró con un bailarín de powwow
y un tamborero grafina en una celebración de la expresión
indígena moderna.
Se exhibieron filmes de todo el hemisferio, como obras del veterano
realizador Beverly Singer (pueblo de Santa Clara) y del nuevo
y exitoso realizador Andrew Mclean (inupik). Two Worlds Colliding
presentó la brutalidad policial contra la población
cree en la comunidad natal del director Tasha Hubbard de Saskatoon,
Saskatchewan, Canadá. Kent Monkman, también cree
de Canadá, usó el drama como vehículo en
su filme Blood River para examinar los efectos de la adopción
de indígenas.
La artista Gail Tremblay (onodaga/micmac) usó también
el cine en su pieza multimedia It Is Heavy on My Heart, a fin
de presentar los efectos del vertimiento de desechos nucleares
en tierras tribales. Al igual que todos los demás, este
tema rebasó los límites de las comunidades indígenas
para tocar a muchas comunidades pobres y carentes de poder del
continente. Para todos los participantes, fue un momento de conmemorar,
celebrar y compartir.
Aunque abarcó sólo una pequeña parte de lo
que se está produciendo en la esfera del performance indígena,
el evento reflejó la dirección que está tomando
este campo.
CONCLUSIÓN
El arte aborigen, y por extensión el del performance, se
amplía, se diversifica y pierde marginalidad. Se está
produciendo mucha fertilización en los cruces no sólo
entre las comunidades indígenas de América del Norte
y del Sur, sino en todo el mundo, con comunidades como las de
Polinesia y Siberia, que encaran problemas similares. De mayor
importancia, sin embargo, es el hecho de que los artistas indígenas
recuperan el derecho de narrar sus propias historias y exigen
representarse a sí mismos. Sólo así podrá
lograrse una presentación realmente justa de los pueblos
indígenas.
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