137
 
 
Había una vez un marinero. Fiesta por los 40 años del Odin Teatret
Miguel Rubio
 

para Julia

uno
Si Hans Christian Andersen hubiera conocido a Eugenio Barba y a su grupo, el Odin Teatret, quizás habría escrito la historia del marinero que se debatía entre el teatro y el mar, y que un día, después de tanto navegar, decidió buscar un lugar donde fundar un teatro, y fue así que buscando y buscando y después de tanto buscar, encontró un pequeño pueblo en Dinamarca, donde junto a un grupo de actores construyeron una cabaña y se encerraron a jugar. Se la pasaban todo el día adentro, salían tan poco que los habitantes del lugar comentaban curiosos.
Conforme pasaba el tiempo, fue también creciendo la curiosidad y la gente del pueblo tenía muchos deseos de saber lo que pasaba dentro de la cabaña. Ver salir a los actores sólo de vez en cuando incrementaba la intriga, todos estaban muy pendientes imaginando lo que hacían tanto tiempo juntos. Se especulaba mucho, porque como dice el dicho, en pueblo chico el infierno es grande. Sólo se escuchaban canciones y músicas de países lejanos, seguramente recogidas en sus viajes; la gente del pueblo hacia turnos para espiarlos y unos a otros se contaban historias de lo que pasaba adentro. Unos aseguraban verlos crecer, agigantarse, y otros decían haberlos visto volar con tambores y cintas de colores.
Algunas veces la cabaña se abría porque llegaban viajeros y se quedaban un tiempo a vivir con ellos y cuando estos salían rumbo a sus tierras, la gente corría a preguntarles, pero los visitantes seguían su camino de regreso y nadie contaba nada.
La intriga crecía y crecía. Hasta que un buen día, el marinero y los artistas decidieron invitar a todo el pueblo. La gente no demoró mucho en pasarse la voz y rápidamente fueron llegando para asistir al esperado momento en que se abrirían las puertas del misterio. La gente llegaba y llegaba, incluso de otros pueblos cercanos fueron llegando.

dos
He venido en tren a Holstebro y desde que llego me siento personaje de un cuento maravilloso. En la estación del ferrocarril me espera un Rolls Royce negro con las banderas de Dinamarca a los costados, es un automóvil de colección, que alguien de la ciudad ha ofrecido para recibir a los amigos que venimos a la fiesta por los cuarenta años del Odin Teatret.
Atravieso la ciudad cómodamente sentado en el asiento de atrás del coche, y el ondear de las banderas a los lados del automóvil me hace sentir en “misión oficial”, como si fuera embajador de algún país imaginario o mejor, de una isla flotante situada en algún lago de la América del Sur. Cuando nos acercamos a la casa del grupo me sorprende constatar, al igual que la primera vez que llegué, el nombre del Odin Teatret incorporado en las señales de la ciudad como flechas disparadas desde algún cuento que empezaremos a vivir; las señas van indicando la ruta que conduce a la mítica residencia del grupo.
Cada vez que llego al Odin tengo la impresión que la casa se ha movido de lugar, será porque siempre se está ampliando, algo se modifica o se construye un nuevo espacio.
Se sienten los preparativos de la fiesta y nadie camina en los pasillos, todos corren como siempre.
Abrazo a Eugenio, el marinero de Talabot, y le pregunto hasta cuándo se va seguir ampliando la casa, y me dice que no queda otra, que no se puede parar, que siempre debe haber algo que se construye, si no la vida se pasma. Me muestra el nuevo espacio para el centro de teatro laboratorio, proyecto que se realiza en histórico acuerdo con la Universidad de Aarhus.
No se puede parar. Pienso en la niña del cuento de Andersen, la de los zapatos rojos, la que no podía dejar de bailar.

tres
La cita es en la sala negra, convertida para la ocasión en una galería donde se exhiben accesorios de las obras; recorro la sala y me siento en el futuro, mirando los objetos de un grupo que existió. Al centro de la sala un inmenso cuadro llama mi atención, es la imagen que los representa y que tantas veces hemos visto en diferentes publicaciones. El dios Odin a caballo con lanza en mano, luchando contra una serpiente sobre una montaña de colores, arriba en la parte superior derecha, una casa, la del grupo, construida sobre una gran roca que la sostiene. La piedra lleva impreso 1964-2004, el año de fundación y el año del aniversario número cuarenta. Es un delicadísimo trabajo realizado en arena de playa por dos artistas brasileños que han llegado especialmente a Holstebro para construirlo, su realización demoró quince días con sus noches.
Me acerco, miro los detalles y los cientos de miles de granos de arena de playa. Para hacerlo se emplearon seiscientos cincuenta kilos de arena teñidas de todos los colores. El laborioso trabajo está sostenido por un marco de acero y vidrios blindados, el cuadro tiene más de diez centímetros de ancho y cada color hasta el más mínimo detalle, cubre todo su espesor. Es realmente impresionante, todos nos detenemos frente a él, los comentarios abundan y nadie imagina cómo es posible hacer algo así.
Eugenio se ubica al centro de la sala y tiene el cuadro de arena como fondo, nos da la bienvenida y presenta a la pareja de artistas de Brasil, luego llama a seis de los presentes y a cada uno le entrega una herramienta que parece ser un desarmador y les pide, para asombro nuestro, que cada quien desajuste uno de los tornillos de la parte inferior del marco. Los convocados toman la herramienta, se acercan incrédulos, se agachan, miran, se miran y luego empieza la tarea. Desajustan los tornillos y entonces vemos caer lentamente delgadísimos hilos de arena de color que se van desprendiendo del cuadro en movimiento, sostenido y casi imperceptible, como si las arenas de colores que se van juntando en el piso salieran de un depósito invisible, pero no, salen del mismísimo cuadro, y es entonces que el dibujo comienza a moverse frente al asombro impávido de los asistentes. Mientras las arenas de colores van cayendo, nuestras miradas se quedan fijas en el frente, entonces se disparan fotos, manos en la cara, lágrimas, largos abrazos, mientras nuestra memoria baila.
La fiesta de los cuarenta años del Odin ha empezado.

cuatro
La cena de gala es en la sala blanca que está al lado, y ahora que escribo estas notas me parece que nunca hubiéramos salido de allí, un ritual de exquisita comida que llegaba y llegaba y nosotros no parábamos de comer. Mientras la comida seguía pasando, se cantaba y se bebía, algunos tomaban la palabra para todos y se hablaba en cinco lenguas, dos traductores se iban turnando, eran voces agradecidas que remarcaban vínculos particulares con el Odin. Mientras la cena continuaba, algunos incrédulos nos levantábamos de nuestros asientos para ir a la sala contigua a ver el cuadro de arena que no cesaba de danzar, se veían caprichosos estiramientos del paisaje, el guerrero montado daba su última batalla contra la serpiente, el caballo encabritado de pronto detenía su ritmo, porque el peso de la arena bloqueaba los orificios de salida.
Unos niños ubicados en primera fila esperaban el chorro de color sobre sus pequeñas manos sin entender por qué detrás de ellos tantas fotos, tantos abrazos entrañables.
Los músicos que acompañaban la comida dejaban la sala blanca por un rato y entraban tocando. Combinábamos la cena con el baile y hacíamos rondas acompañando la danza del cuadro, ahora convertido en un gran reloj de arena, breve silencio y nuevamente al comedor.

cinco
Mi memoria registra que estuvimos tres días en el comedor y sólo salimos de allí para ir a otro sitio a seguir comiendo como Dios manda y la ocasión lo ameritaba, son cuarenta años del alma y había llegado la familia de todo el mundo. ¡Salud!
Si el Odin Teatret fuera peruano merecería celebrar como en nuestras fiestas populares con antevíspera, víspera, día, joroba, corcova, respinguete y anda vete, pero eso sería motivo de otro cuento y por Dios ¡qué cuento!
En algún momento de la cena algunos compañeros me sugirieron que tomara la palabra, y lo pensé, pero cuando me dijeron que hablara en nombre de los latinoamericanos decidí que no hablaría. A mí no se me ocurriría pensar que nadie de los allí presentes hablaría en algún evento similar a nombre del teatro europeo. No dije nada entonces y ahora me arrepiento, porque pude hacerlo a nombre propio y de mi grupo, perdí la oportunidad de decir gracias, de contar lo que significa para nosotros iniciar una jornada de trabajo en la sala de Yuyachkani, sabiendo con mis compañeros que allá, al otro lado del mar, en un pequeño pueblo, están ellos trabajando desde hace cuarenta años. Sólo saber que están, que siguen allí, es tan fuerte que me cuesta imaginar que un día por ley natural o por decisión y con todo derecho, decidan ya no estar más.
Esta fiesta no tiene nada que ver con el entrenamiento del actor, pero sí con los límites y el enfrentamiento del agotamiento, y pienso: esta gente es excesiva no sólo para el trabajo, sino también para celebrar, aunque pensándolo bien, cuarenta años no se cumplen así porque sí.
Todos estamos agotados, anfitriones e invitados parece que levitamos. A las ocho y treinta ya estamos en pie deambulando por los pasillos en busca del segundo café de la mañana para que nos termine de despertar. Después del almuerzo algunos cruzábamos miradas con la esperanza de encontrar señales de una pequeña siesta. Pasado el límite del sopor que deja el almuerzo, algo sucedía, y parecía que se podía continuar indefinidamente y así era siempre porque seguíamos, las dos y treinta de la madrugada llegaba con la última cerveza.

seis
Hemos ido al centro de la ciudad a colocar flores en una escultura de Giacometti que llegó a Holstebro también hace cuarenta años. Llueve fuerte pero eso no impide que un grupo de niñas haga una clase de ballet para nosotros en una calle. En otra parte del camino, un grupo de policías hacen secuencias corporales con los códigos que usan para dirigir el tránsito. Ver a la policía haciendo acciones codificadas mientras cantan y hacen sonar sus pitos, es algo así como el mundo al revés, luego los bomberos con sus mangueras bajan de inmensas escaleras telescópicas añadiendo agua a la que de manera suficiente caía del cielo.
Ahora la ciudad se convierte en el escenario del cuento. Pasan a nuestro lado niños en zancos, con globos de colores en las manos y al doblar la calle, desde un balcón, una vecina amable nos recibe cantando
Alguien me dice que el Odin hubiera sido el Odin en cualquier sitio, que no es tan importante el país ni la ciudad que les dio cobijo, pero yo no pienso igual. No imagino al Odin en otro sitio como punto de partida y de llegada. Tengo la impresión que les ha costado hacer una relación con esa localidad como cuesta cualquier relación afectiva, con todo lo que eso implica, no es casual que una de las principales actividades de la celebración fuera el matrimonio entre el grupo y la ciudad de Holstebro, celebrado entre sus personajes y el mismísimo alcalde, con ceremonia oficial y torta de bodas.
El Odin ha sido agradecido con su comunidad y ahora es hermoso ver cómo la ciudad los reconoce y agradece lo que ha recibido del grupo; ahora siento al Odin más danés, más en casa.
Recuerdo el Festuge, esa fiesta en toda la ciudad que organizan cada dos años. Una vez Yuyachkani fue invitado a acompañarlos en los festejos que duraron una semana, empezaba a las cinco y treinta de la mañana y terminaba después de las dos de la madrugada. Nuestra participación consistía en hacer acciones durante todo el día en horas e inimaginables lugares, como saludar de madrugada a los panaderos, en el momento en que llegaban a trabajar o despedir a los primeros viajeros en la estación ferroviaria, recibir a los niños que llegaban a la escuela, aparecer en algunos techos, hacer un fragmento de una de nuestras obras cada noche en el puente sobre el río, una danza en la calle, la novia sola en una balsa atravesando el lago, un acordeón que suena y a lo lejos otro que responde. Los fuegos artificiales que llevamos de Lima y encendimos debajo de la lluvia, árboles forrados con telas doradas, bolas y patos también dorados flotando en el río, una cascada de fuego bajo el puente, etcétera.
Escenario de cuántos cuentos ha sido Holstebro, con la complicidad de los amigos extranjeros que lleva el Odin para homenajear a su ciudad. Aquella vez trabajábamos al borde del desmayo. Recuerdo a mis compañeros vistiéndose dormidos para entrar a la función de Shakuntala, la ópera que había montado Eugenio y que empezaba a la media noche. A los yuyachkanis se los veía al fondo del escenario con sus máscaras de diablos con ojos grandes bien abiertos, sólo se notaba que por dentro alguien dormía cuando las cabezas chocaban y los cuerpos despertaban. Pero esa no era la última función, porque después de la ópera seguía el cabaret, para los que todavía tenían pellejo para seguir la noche y tomarse un trago. No recuerdo a qué hora dormíamos.
Gracias Holstebro, también los extranjeros que te visitamos, los amigos del Odin, hemos aprendido a quererte.
El tiempo ha pasado, es cierto y sí que se nota. Ahora no puedo imaginar nuestro teatro sin la contaminación; el virus del Odin ha sido fundamental porque ha sido inoculado como una vacuna que se prende y provoca reacciones. Sacamos lo nuestro, nos reconocimos diferentes, encontramos confluencias y en esa confrontación crecimos. Pienso ahora en lo que nos une a ellos y me alegra constatar que no son precisamente sus formas, sino más bien, los fundamentos de su trabajo, aunque eso también será motivo de otros cuentos, ahora sólo me provoca decir nuevamente ¡Salud!

siete
Cierto es que Andersen no conoció al Odin, pero ellos sí lo conocen y en base a sus cuentos está estructurada su última obra. ¿Será la última? La estrenaron para nosotros en la Sala Roja. Tengo un color y un número para entrar, mientras espero tengo tiempo para repasar mentalmente las veces que he ingresado a esa sala a ver los trabajos del Odin y me queda tiempo también para intentar poner la mente en blanco y convocar al espectador que se esconde dentro de mí. La puerta está entreabierta y no sé por qué me recuerdo cuando niño, mirando por la ventana, la habitación donde mis tías preparaban los regalos de Navidad, esa sensación de querer saber y no saber lo que hay adentro.
Ingreso por fin y me encuentro inmerso en una nave caleidoscópica que tiene en el techo… No voy a dar detalles de la obra, porque a mí no me gustaría que me los den, tampoco la voy a contar, el teatro no se cuenta, aunque pensándolo bien no podría contar mucho, porque los textos en esta obra son importantes y son en danés. No es suficiente conocer el mundo de Andersen, cuyos personajes aparecen y desaparecen, se encuentran y desencuentran con los actores y sus vidas, en el sueño atemporal que convoca la obra. De pronto, me doy cuenta de que recibo claves que me llevan a mi grupo, una vez más un espectáculo del Odin opera en mí como un espejo en el que debo mirarme, hay una línea argumental en paralelo que habla de ellos. Y cómo podría ser de otra manera. Mi ser espectador viaja, vuela, sueña, se disipa, mira, relaciona, asocia pero no se conmueve.
Me queda una sensación como de rechazo y se lo comento a Eugenio, recordando también que mi relación con ellos ha partido del rechazo; pienso en nuestro primer encuentro en Ayacucho en 1978. Eugenio me escucha y me sorprende su técnica respuesta y me dice: ¿Sabes por qué? Es el sats, tienes que retroceder para aceptar, contener para avanzar. Lo escucho mirándolo fijamente y tratando de entender, entonces, alguien nos interrumpe para decirnos que debemos pasar al comedor.

ocho
Nuevamente, mientras sucede la cena, algunos vamos a la Sala Negra a seguir mirando el cuadro de arena que cae y cae. Ahora ya se ven cambios más radicales en la forma, y en la parte superior se pueden ver unos veinte centímetros de vacío, lo que hace mas dramática la caída de la arena que sigue tiñendo el piso con los colores que se mezclan.
Mientras cenamos, alguna gente se pregunta qué cosa es ese picnic que figura en el programa, será el nombre de algún sitio, pensamos, nadie quiere imaginar un picnic frente al mar en Dinamarca y menos cuando el invierno empieza, aunque en el Odin cualquier cosa puede pasar. Advertidos estuvimos, porque nos pidieron traer abrigo suficiente, buenos zapatos y protector de lluvia. Mañana lo sabremos. ¡Salud! A propósito, no me atreví a sacar de la maleta la botella de pisco que llevaba para el brindis, porque el trago oficial es nada menos que champagne Clicot que no había tenido el placer de probar antes y sí que es bueno. ¡Salud!
Antes de salir, pregunto si es verdad que vamos al mar y me dicen que sí; algo quiere hacer Eugenio, de todas maneras es este picnic en la mismísima playa. Hay cajas de cartón con gruesas frazadas de refuerzo para que cada uno lleve consigo. Allá vamos.
Bajamos de los buses y caminamos un kilómetro y medio antes de llegar al sitio escogido. Allí esta el mar frente a nosotros, el viento sopla, nos empuja y caminamos en hileras bordeando el camino hasta que llegamos a la playa de piedra y arena como la que sigue cayendo en la sala negra. Una larga mesa en semicírculo nos espera frente al mar, el tiempo es generoso y el sol se asoma, no necesitamos las frazadas. Acompaña el almuerzo una banda de viejos músicos, con la que el Odin hizo alguna vez un trueque. Desde uno de los extremos de la mesa se levanta una copa y un largo ¡Salud! recorre las mesas. Los ánimos se encienden y los cuerpos también, algunos salen a bailar. Pero allí no termina la cosa, alguien se desnuda y se ve un robusto trasero que ingresa al mar y luego otro y otro, luego salen corriendo y los vemos perderse en la orilla.

nueve
Regresamos a la casa del Odin y en silencio cada uno de nosotros deposita en el memorial de Sanjukta Panigrahi la piedra que recogió en la playa a pedido de Eugenio. Sanjukta, maestra que abres caminos, cómo no recordarte, cómo no desear que te alcance mi agradecimiento emocionado, allá donde te encuentres; guardo especialmente esa última vez que te vimos danzando para nosotros sobre la mesa de la biblioteca.
Cuando ingresamos a la Sala Negra, ya el gran cuadro de arena estaba casi vacío y sobre los montículos de colores que había en el piso, aguardaban colocadas cien pequeñas botellas llenas de arena, con el diseño original que encontramos el primer día, el cuadro había parido multiplicándose por cien. El marinero nos ofrece a cada quien una botella, como las que guardan mensajes en los cuentos de alta mar, nos pide que la cuidemos del enemigo y que estemos muy atentos, porque es como un bomba Molotov, puede explotar.
La cita va llegando al final. Me resuenan sus palabras: “Si en algo estamos de acuerdo todos, es que sabemos que el tiempo ha pasado”. Miro a mi alrededor y me veo en los otros.
Me gusta sentirme parte de esta gente, saber que me hago viejo y que tengo parientes que viven lejos de mi tierra y que como toda familia, tienen seres queridos que ya no están en este mundo, estuvieron algunas veces por allí caminando como nosotros lo hacemos ahora, hemos sentido sus presencias, los hemos recordado, también hemos aprendido a hablar con los muertos.
Hay otros que llegaron aún estando enfermos, el tiempo ha pasado dejando su huella. Es el momento del abrazo, de la despedida, nos escapamos de este cuento y pronto regresaremos a nuestra aldea.
Mezclado al jubileo del ambiente hay un persistente sentimiento de cansancio y despedida, no se acaban los deseos del abrazo como pretendiendo saberlos siempre allí, muchas preguntas, sentimientos intensos y nuevas sensaciones mezcladas, pero por encima de todo, me siento afortunado de estar allí; vivo, en mi edad, al lado de una familia grande que también es la mía, aunque muchos hablen idiomas raros que jamás entenderé y, sin embargo, nos comunicamos, no sé cómo.
Cada vez que en todos estos años me he encontrado con el Odin, con Eugenio, con Julia, mi gran amiga, he descubierto importantes preguntas para mi trabajo y siempre tuve la impresión de que se puede empezar nuevamente. Por primera vez no he tenido esa sensación, ahora es el tiempo de seguir andando. A otros les toca comenzar.
Es como si viera una película casi completa sobre nuestro largo encuentro, el tiempo teatral y el tiempo real han pasado y dejado sus señales.
La fiesta ha terminado.
Espero en la puerta de salida la llegada del taxi que me llevará a la estación, pienso que durante muchos años estuve al tanto de cómo nacían los grupos de teatro; ahora me despierta el mismo interés, saber cómo y por qué se terminan, quizás sean mis deseos de encontrar adecuadas respuestas para cuando pueda mirar la propia vida de mi grupo.
El taxi arranca y la casa del Odin desaparece como perdida en el bosque.
Si Hans Christian Andersen hubiera conocido al Odin y a Eugenio Barba, no podría haber hecho un cuento sobre ellos.