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Georges Mauvois (Martinica, 1922) conoce la fibra
más íntima del hombre antillano y su cultura: fibra
negra, mestiza, atávica, indefinible, siempre en ebullición.
Y ese es, al menos en esta ocasión, el eje punzante de
su teatralidad y no la ejercitación de una técnica
dramática que el siglo XIX europeo y el XX norteamericano,
explotaron hasta la saciedad. Mauvois tiene la inspiración
de la tierra blanda de las islas, de una oblicuidad velada, orgullosa.
Evita los folklorismos de la vanguardia porque incorpora los signos
invisibles de la naciente sensibilidad del Nuevo Mundo. El sabor,
el ritmo y el dolor de una raza oscilante entre una civilización
dominadora, que se pretende superior culturalmente, y otra palpitante,
que se puede tocar, se huele, pero que todavía no cristaliza.
La reunión de tres obras que el autor puso bajo el título
Ovando, fue galardonada con el Premio Casa de las Américas
2004 en la categoría de Literatura caribeña en francés
y creole. Rara conjunción de textos teatrales en un acto,
que parecen protestar al unísono contra una contingencia
geográfica e histórica. Tejidos de una clara y variada
operatividad escénica, son propuestas que el dramaturgo
estructuró con escenas hilvanadas a partir de la causalidad.
En cada caso, se trata de piezas cuyo interés compositivo
gira alrededor de la interrelación de pocos personajes
dotados de una complejidad interior, además de la eficacia
de los diálogos. Recursos, todos ellos, que motivan a los
teatristas debido a las posibilidades del juego escénico,
aquí por lo general de carácter realista e íntimo,
alejado del gran espectáculo.
Ovando o El Mago de Santo Domingo fue escrita en francés,
la lengua de la metrópoli, quizás para enfatizar
el discurso poscolonial que mira hacia los orígenes de
la zona caribeña, al tomar como modelo casi legendario
el enfrentamiento del conquistador Nicolás de Ovando y
la reina aborigen Anacaona. El drama se sostiene alrededor de
las intrigas políticas de principios del siglo XVI. A través
de Ovando, el secretario Medina, el Almirante Cristóbal
Colón en la figura de su compañero Diego Méndez
–al “descubridor” se le menciona varias veces pero queda como
personaje referido– y los Reyes Católicos, quienes tampoco
aparecen, se emprende un close up humanizado a las motivaciones
y objetivos del poder español, cuando sometió y
destruyó a los pueblos autóctonos de la América
antigua.
La peculiaridad de este relato descansa en el juego que dispone
el mago Volvero, hombre contemporáneo de Santo Domingo
que ha viajado en el tiempo con el propósito de evitar
la muerte de Anacaona. El complot del mago pretende valerse de
la hermosura de la hembra aborigen para, despertando el deseo
de los caballeros, evitar un holocausto. La debilidad de su plan
radica en no haber apreciado las condicionantes espirituales y
materiales del mundo, y fraguar un acuerdo entre hombres, españoles
y blancos, sin considerar los propósitos de la mujer taína,
cuya dignidad pasó por alto. En la escena climática
entre la indígena y el conquistador, la taumaturgia de
Volvero sufrirá un cambio inesperado.
Cambiar la historia, un anhelo empotrado en nuestras fantasías,
absorbe la otra aspiración no menos anhelada de viajar
por el tiempo, a la cual Mauvois le resta valor. De hecho, el
juego del personaje manipulador y del dramaturgo, se carga de
una grácil ironía. Manteniendo un ambiente simpático
hasta la mitad del relato, Volvero –el que vuelve–, vestido a
la usanza actual, cuestiona a las personalidades del XVI desde
una actitud desenfadada y algo burlona. Les comenta el juicio
que de ellos ha hecho la historia y de la isla del presente, palabras
que reciben con desconfianza y seducción.
La segunda obra, Jazz, atiende la preocupación directa
por la Martinica de hoy. En una humilde barriada, el viejo Alberto,
achacoso y refunfuñón, tiene dos pasiones públicas
y una secreta: discute a tiempo completo con Melania, vecina que
le ha alquilado la otra parte de la casita, y escucha la música
que le agrada, de autor no conocido –dice–, salida “del fondo
del pueblo negro”. La pasión escondida, luego confesada,
es su amor hacia la muy joven hija de Melania que vive en Francia,
Mirela.
La acción principia cuando Mirela ha regresado a la isla
obligada por cierto problema. Con la llegada del proxeneta Casimiro
conocemos que la muchacha se prostituía en París,
de donde escapó sin evitar que este la persiguiera. La
situación transita de la pasividad ordinaria a la tensión
inusitada en la que felicidad y vida están en riesgo. Casimiro
obliga a Mirela a regresar sin inmutarse ante los ruegos de la
madre y el anciano. Alberto, recordando sus valientes años
de mozo, se enfrenta al proxeneta cuchillo en mano.
La posición de la mujer martiniqueña motiva el conflicto
de estos seres atrapados en las angustias económicas y
del cuerpo, en la ilusión de un espacio verista que apela
a los convencionalismos imprescindibles, y un aire de poesía
emanado de la música como elemento recurrente. La conversación
no reduce la fábula a palabras, acaso lo más importante
de cada uno de los seres en juego nunca llega a ser revelado.
Ni siquiera el resultado de la lucha entre los hombres se informa
mediante el discurso verbal. La imagen, el gesto, el movimiento,
importan.
¡Qué lío! (Retrato) cierra el libro con un
monólogo que el agricultor Isidoro dirige a los espectadores
–podemos notar las referencias al escenario y al público,
pues Georges Mauvois enfatiza la finalidad espectacular de la
obra. Sin embargo, es un monólogo quebrado por las intervenciones
oportunas del ayudante Germán y de Manolita, esposa de
Isidoro, momentos en los cuales el diálogo sirve de descanso
al flujo continuo, automático, del protagonista, que va
pasando de un tema a otro. También, las supuestas interrupciones
aportan distintos puntos de mira a la situación dramática,
relativizando los criterios del campesino perorante.
Mediante los esposos se enfrentan la modernidad y los tradicionalismos.
Él es un señor pueblerino que contempla al mundo
con su dosis de inocencia, maldad, violencia y temor, un universo
ya en descomposición. Manolita asume los embates de la
época, se supera obligando al marido a definirse ante los
cambios. Isidoro se resiste a abandonar la vida regalada de peleas
de gallos, ron desde temprano, el apego al terruño y el
cuidado de las vacas. La simplicidad patriarcal le da una seguridad
que ahora la mujer, trabajando fuera de la casa, le rompe. No
puede darle la espalda a las transformaciones. Manolita decide
comprar un auto, y la carencia de dinero para hacerlo constituye
el motivo que les obligará, quizás, al salto decisivo.
Extrañas conexiones unen los textos. En las tres obras,
a partir de una toma de conciencia, la mujer deviene agente catalizador
o definitorio del curso futuro de los acontecimientos. En las
últimas dos, las acotaciones aparecen en francés,
pero los diálogos se escribieron en creole: una declaración
cultural de principios, que pone a los personajes actuales a hablar
en su lengua, a proyectarse desde su cultura. Además, la
alusión al pasado, al presente y al futuro de esa cultura
sugiere la ordenación de la triada.
Algo conmueve de manera especial. Las piezas de Mauvois cantan
el heroísmo en tiempos bochornosamente antiheroicos. Me
recuerdan a ese otro poeta del intenso azul Caribe, el santiaguero
Jesús Cos Causse, embargado por el mismo encantamiento
cimarrón de las islas. Me recuerdan también, aunque
a la inversa, la mirada filosófica del norteamericano Ralph
W. Emerson, con la suficiente pasión y el regusto intelectual
que descubre héroes simbólicos en la individualidad
de la existencia.
Los tres héroes de Georges Mauvois –la Reina de Jaragua,
el anciano guapetón Alberto e Isidoro, campesino varado
en las costumbres– representan la dicotomía de un heroísmo
sacrificial y anónimo en el que convergen los destinos
del pueblo sobre el tranquilo remanso de la cotidianidad. Es la
forma en que el autor, sin paternalismos, se acerca con ternura
a la gente humilde, cuya mayor aspiración no son las grandes
realizaciones, sino aquella urdimbre sencilla, algo anodina, donde
nunca vemos la felicidad.
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