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El pacto sagrado. Miradas a la Amazonía
Ailton Krenak
 

Cuando un amigo estadunidense visitó por primera vez la Amazonía, pensó que estaba llegando, finalmente, a aquel lugar maravilloso que había conocido a través de la literatura. Era para él la oportunidad de profundizar los estudios sobre “Ética y economía-medio ambiente”, que su grupo de investigación venía desarrollando en el Centro de Teología y Ciencias Naturales, de California. Pero tenía poco tiempo y se fue directamente a Manaos. Allí sólo pudo visitar el Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía (Instituto Nacional de Pesquisas da Amazônia, INPA) y hacer algunos contactos científicos, pero no encontró nada de la naturaleza mágica y encantadora que los libros y filmes le prometieran.
No obstante, mi amigo supo que hay más que ciudades contaminadas y superpobladas en la Amazonía. Al menos vio desde el avión miles de kilómetros de río y florestas mientras se trasladaba de Río de Janeiro a Manaos, pero eso no podía ser la única experiencia que él tuviera de la floresta. ¡Una visión aérea! Mi amigo americano quería saber dónde y cómo vivían los pueblos de la floresta, con sus conocimientos tradicionales y su memoria de las épocas antiguas, cuando era todo lo que teníamos para nuestra existencia. Sólo los hombres y la naturaleza, con sus plantas y ríos.
Mi amigo quería conocer acerca de la cultura de nuestras tribus y cómo en nuestras tradiciones se definía el derecho de las personas y de la naturaleza, por ejemplo –decía él–, el derecho de los árboles en la floresta, que debe ser respetado, pues le gustaría promover la idea de que los derechos humanos fueran también garantizados para las plantas, el río y los animales.
Entonces yo le conté que nosotros tenemos un pacto sagrado que regula nuestra vida en la floresta o en la naturaleza. Y este convenio tuvo su origen con la creación del mundo, cuando nuestros héroes fundadores nos trasmitieron las reglas de la vida en la tierra-mundo. Así, para los Yanomami, fue Omãmi, el creador, quien hizo brotar agua dulce de las rocas y las montañas, el que al tocarlas con su lanza, hizo surgir las aguas que hasta hoy siguen bañando toda la floresta, y que nos dan peces y frutos de la caza para nuestra subsistencia. Así, toda la creación tiene su vínculo con el creador, y en nuestras fiestas y ritos tradicionales renovamos este pacto sagrado –le pedimos que la naturaleza nos conceda la caza, la pesca, en abundancia.
Pero nunca pedimos más de lo que precisamos para las familias y amigos. Solamente lo necesario para nuestra vida saludable y equilibrada. Y un cazador nunca rompe este acuerdo: cazar sólo lo que la floresta concede. Respeta a los “dueños de la caza”, a los espíritus protectores de cada especie, que indican cuántos y cuáles son los animales que se pueden cazar. Así como indican el lugar donde puede ser abierta la tierra de labor en medio de la selva, en respuesta a sus señales, donde el bosque es derribado y se limpia la tierra donde vamos a plantar. Y trae las plantas de olor, el tabaco y otras “yerbas curanderas” que los jefes espirituales de la tribu saben reconocer y preparar.
Con la observación de estos mandamientos respetamos el derecho de los árboles, de los ríos y de los peces y de todos los otros seres que comparten con nosotros la vida.
Otras tribus, como el pueblo Kaxinawá, de Acre (que también se nombra Huni Kuin) nunca se meten con la samaúma, un árbol frondoso y lindo que abriga a los yuxin, espíritus de la floresta que propician la abundancia de las cosechas y de la caza, y que son el motivo de una fiesta animadísima en los sitios ceremoniales de las aldeas kaxinawá, un Mariri o Hatxanáwa, que en la lengua kaxi nombra el intercambio de fiestas entre las “casas” de las grandes familias Huni-Kuin, dispuestas a lo largo del río Jordão, uno de los formadores del río Tarauacá . Estos espíritus de la floresta, son representados por un grupo de guerreros-fiesteros danzarines que se instalan en la selva, lejos de las casas y plazas, y allá se adornan con mucha paja de palmera y otros afeites. Además, se pintan de achiote para ponerse bonitos, y desde allí vienen danzando y alborotando hasta llegar a los sitios ceremoniales, donde son recibidos en un clima de “combate simulado” que se va a ir transformando en tremenda festividad con mucha comida y bebida, que la casa ofrece ¡para los espíritus de la floresta!
La celebración toma todos los días y las noches, con mucha canturía y animación. Y estas fiestas van renovando el pacto sagrado entre nuestras familias y el Creador, que nos dio todas las alegrías y el confort en el medio de la floresta.
Y después, cuando los cauchuteros, vecinos de las aldeas indígenas, entran en la selva para trabajar en el corte de la seringa (el árbol del látex) piden a la Reina de la Floresta, el ente mágico-divino que cuida de la vida y de la armonía en la selva, que permita al cauchutero retirar la leche (látex) de los árboles, sin ofender el equilibrio de la floresta y su diversidad de vida. Porque saben, que después de siglos viviendo en ese medio, tienen un pacto con la naturaleza.
Son así nuestras leyes de la floresta, entrelazadas con nuestra cultura y nuestra vida. Hermanos, tíos y abuelos –son también los ríos y las montañas, con sus nombres que evocan a nuestros héroes creadores, que se confunden con nuestros ancestros. En el eterno retorno de la creación, que no se dio en un tiempo y lugar del pasado, sino que es algo que acontece todos los días. Con el Sol y la Luna marcando el camino de las estrellas, allá en la cima del cielo, donde están nuestras aldeas celestes, con nuestros antepasados que fueron al frente a encender las hogueras en el patio de las casas, esperándonos para la fiesta del maíz, o la fiesta del pez. Donde vamos un día a cantar en el Mariri, bebiendo caiçuma de yuca y kaxiri de maíz, a pedir abundancia y protección para nuestras cacerías y pesquerías.
¿Esta es la floresta que busca mi amigo de los Estados Unidos?
Si así fuera, entonces aquí tenemos un derecho común que nos vincula a toda la creación, los ríos con su fuerza y belleza natural, que inundan las llanuras, y forman los lagos y canales, remansos e igapós,1 allá donde los pirapitingas, peces dorados y sabrosos huyen de los depredadores jacarés... allí en los barrancos donde los guacamayos van en bando a picar la sal y armar su gritería. ¡¡¡Arara!!! ¡¡¡Arara!!! ¡¡¡Arrá!!! ¡¡¡Karráh!!!
Esa es nuestra floresta, con las aldeas a la orilla del río, en los altos barrancos, con los uveros blancos y las nobles palmeras adornando el cielo. Cielo de indios y ribereños, cauchuteros y gente del bosque, como nuestros parientes Jaminawá, allá por el río Yaco, en el corazón de Acre. A estos Jaminawá les gusta salir de las altas cabeceras de los ríos, donde tienen sus territorios y bajar en canoa, varando hasta llegar a Rio Branco, ese importante centro amazónico, sólo para ver a los blancos andando por las calles con sus máquinas ruidosas, para tomar unas cervezas y después subir el río de vuelta a la floresta, allá en la cabecera del Yaco, donde hacen sus siembras, pescan y festejan siempre bebiendo caiçuma.