Los diplomas, residuos
dramáticos
Cristóbal Peláez G.
El colombiano Andrés Caicedo
a los veinticinco años estaba cansado de vivir y decidió poner fin
a sus días. Realmente murió de setenticinco años, pues es sabido que
los poetas, en su iluminación, a diferencia de nosotros, gente vulgar,
viven cada día tres. En su afán de morir dejando obra nos legó una
importante producción cuyo inventario resulta sorprendente: cuatro
novelas, nueve dramaturgias (entre creaciones y versiones), veintiún
poemitas, una carpeta con varios guiones de cine, una treintena de
cuentos, muchos de ellos magistrales, cinco números de la revista
Ojo al cine, única publicación especializada en su época en el país,
y un abundante arrume de papeles todavía inéditos donde encontramos
el registro minucioso de todo aquello que lo tenía inmerso: cine,
libros, teatro. No se perdía ningún acontecimiento urbano en ese Cali
de los años 70. El Pop Art, los Rolling Stones y la salsa estaban
inaugurando otro mundo al margen de las contiendas que todavía a rudos
machetazos libraba un país asaz agrario.
La lente de su amigo, el otrora pandillerito, Eduardo, La rata Carvajal
lo muestra sonriente en la fotografía donde nuestro autor parece conservar
el pacto fáustico de la eterna juventud. Ese flash afortunado le ha
dado la vuelta a Colombia y es objeto de contemplación fervorosa.
Sus libros en tirajes abundantes se agotan a ritmo de imprenta. Sus
piezas teatrales, Angelitos empantanados y Los diplomas alcanzan casi
las setecientas representaciones sin disminuir la afluencia de espectadores.
Los adolescentes contratacan a los pedagogos y sus eternos análisis
literarios de obras oficialistas con el grito rebelde de la novela
Que viva la música, especie de devocionario de los culimbos. Aún así
Andrés Caicedo es y sigue siendo un escritor de alcantarilla, un sospechoso
a quien los correctos ciudadanos de la república prefieren fingir
que desconocen y por supuesto mantenerlo apartado de sus hijos.
Soñó alguna vez con convertirse en un profeta del mal ejemplo. Todo
su esfuerzo creativo estaba orientado a permanecer en el paraíso de
la pubertad, por ello perseveró en su obsesión de una literatura de
jóvenes para jóvenes, que los niños-muchachos perversamente, clandestinamente,
se rotaran sus textos a espaldas de sus casposos profesores. Andrés
Caicedo detestaba a los adultos por el hecho de ser adultos. Actitud
muy propia de todos los prematuros. Recuérdese a Alfred Jarry con
su inmortal Ubú a partir de un retrato sarcástico de su profesor de
Física. La burla y el desprecio parecen ser un buen gozne para abrir
ciertas puertas.
Todavía sigue siendo una leyenda, pero ya no es un misterio. Sus inclinaciones
y sus obsesiones son fácilmente detectables: En música, rock y salsa
(quemen todos los libros, no dejen sino música). En cine, el terror,
el western y el suspense (Buñuel, Hitchcock, Ford, Pekinpah). En literatura,
todo aquello que exprese vampirismo, aturdimiento y rebeldía, Joyce,
Poe, Lovecraft, junto a los latinoamericanos Vargas Llosa –el de los
cachorros– y José Agustín.
Desde los doce años vive fascinado con Poe, un autor prohibido entre
la gente decente al ser considerado literatura para la plebe. A esa
edad su familia se resigna a liberar a los colegios de Cali de un
alumno indeseable y lo traslada interno a un colegio de Medellín.
Una experiencia –quién iba a creerlo–, que dejará una radical huella
de desamparo en la psiquis de Andrés. Con ese sentimiento de soledad
y desarraigo empieza a concebir un trabajo de largo esfuerzo, una
iracundia que gira alrededor de la vida escolar. Para él ya no habrá
nada más importante que la desazón de esas criaturas de corta edad
que invocara para el futuro como angelitos, predestinados por la desgracia
de la adultez. Querubines arrojados a una marranera.
No posee la pericia literaria suficiente y emborrona a destajo miles
de páginas que saltan a capricho en diversas manifestaciones. A sus
dieciséis redacta una novela llamada La estatua del soldadito de plomo,
un trabajo que continúa inédito y que delata la falta de oficio, pero
deja entrever en líneas que se está empezando a perfilar un genio.
¿No incubó Jarry a su patafísica criatura a los quince años?
A sus veintidós años cierra su experiencia teatral con las palabras
que le lanza a Ramiro Arbeláez, su más caro secuaz escénico: “Creo
que todo lo que tenía que decir en teatro ya lo dije.” A medida que
se aparta del entorno colegial se aproxima más al cine. Esa pasión
que ha reverberado desde la oscuridad de la butaca la quiere llevar
hasta las últimas consecuencias como crítico, guionista y realizador.
Codirige con Carlos Mayolo un filme en dieciséis milímetros de Angelitos
empantanados y elabora guiones que quiere presentar a Roger Corman.
Va a buscarlo a los Estados Unidos, lo encuentra y se decepciona,
pero regresa orgulloso con una entrevista que ha logrado con Sergio
Leone y la redacción de un diario titulado Pronto: Memoria de una
cinesífilis, insuperable crónica sobre él mismo y su enfermedad de
cine, que más tarde quiere convertir –“fácil, facilito”, según sus
propias palabras– en una gran novela. Qué gran hueco literario no
disponer hoy de esa narración.
Intentó revelar su experiencia estudiantil en una astracanada dramática
muy a lo Ionesco. Es una obrita que varía y corrige incesantemente
hasta transformarla en Recibiendo al nuevo alumno, una construcción
aceptable, historia truculenta de un tumulto de alumnos asfixiados
en la represión y en el embrutecimiento que terminan por reaccionar
de manera inconsciente hasta alcanzar el paroxismo donde sacrifican
a su profesor en una orgía de sangre. Entusiasmado por este filón
de temas escolares que acaba de descubrir se propone un opus, una
serie exactamente, que llevará el título seductor de Los diplomas
y no llegaría a concluir nunca. ¿Qué clase de diplomas son estos?
Una placa de sucumbimiento.
La dramaturgia de Los diplomas en el montaje del Teatro Matacandelas
no remite a un solo texto. Es un resumo de siete obras donde se acentúa
como rasgo transversal la vida de colegio, la sordidez y la angustia
de una educación anacrónica. El esqueleto dramático pertenece a su
cuento “Maternidad”, aquel que Andrés llamaba “modestamente mi obra
maestra”. Es la historia de un culimbo que trata de apartarse de un
destinito fatal y afirma su acto de vida en el provocado nacimiento
de un hijo. Esta criatura que él llamara Augusto, “nombre de victoria
siempre contra los malos tiempos que vivimos”, será el símbolo de
lo nuevo, la pieza que saldrá de la vieja maquinaria podrida para
instaurar un orden distinto. Después del parto el vientre que ha servido
para este precipitado puede desaparecer, es decir, reintegrarse al
caduco orbe al cual pertenece: “Hace días no la veo. Creo que se fue
para San Agustín con una manada de gringos. Espero que no vuelva,
que se muera, que le den allí su merecido.”
Ella, Patricia Simón, el vientre, ha narrado el técnico acto de concepción
así: “Sentí cómo mis piernas se abrían para darle paso, cabina y fermento
a su espermatozoide sano y cabezón, que daría con los años testimonio
de su desesperado acto de afirmación en la vida, tengo que decirlo,
dos puntos, no gocé. Y el engendrador testimonia: Rasgué con su sangre
el pasto Yaraguá.”
Maternidad es la única pieza literaria del autor donde hay una reacción
contra el abismo, y aún así, no deja de ser un despeñadero, la fatalidad
del mundo adolescente en que orbita. La moral burguesa ha provocado
frutos agrios. La anónima decadencia y la fuga son los únicos recursos
del joven para corroborar que el orden no es tan orden y que el sistema
no es perfecto.
Los cinco estudiantes desaparecidos le han hecho puñeta al burgués
con armas telúricas: agua, aire, fuego, tierra. Manolín Camacho y
Alfredo Campos se arrojan voluntaria y gozosamente al caudal del río
Pance. Diego A. Castro, es devorado por la tierra que se abre (un
sicologista vería en ese suelo un regreso al vientre), Ignacio Moreira
se despacha un tiro (fuego) y Pepito Torres se anula con la falta
de aire. Pero no han muerto, se han disuelto, han recuperado finalmente
el paraíso.