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Te va a doler un poco


ORLANDO CHIRINOS

Pida por esa boquita, mi reina. Y su reina le pidió platica para blusitas, pantalones y vestidos a la moda. Si tú supieras la vergüenza que le da cuando tiene que acompañar a la señora a hacer mercado y se topa con las otras muchachas de servicio: todas vestidas como si fueran a misa de domingo. O cuando se reúnen a charlar en el parque, mientras sacan en los cochecillos a los nenes de las doñitas, a dar una vuelta por la urbanización. O cuando viene algún pariente o conocido del lejano terruño ¿qué van a decir, chico? Con seguridad, que estoy en la ruina, que no he progresado nada, que no he ganado lo suficiente para comprarme unos trapos decentes. Tú no sabes cómo les gusta darle a la lengua en su pueblo. Gozan con el fracaso de los demás, sobre todo con los que salieron a buscar mejor vida. Y de aquí van para allá a comentar que una anda con una mano alante y otra atrás, con unas tiras encima, como una loca, peor que cuando se vino de allá. Pida por esa trompita, mi cielo. Y su cielo le pidió platica para unas pantaleticas y unos sostenes soñados, que vio por los almacenes del centro ¿Tú crees que es poca la pena que siente cuando se desviste delante de ti para hacer aquello, ah? ¿Tú no te has dado cuenta de que ella casi siempre te pide que apagues la luz cuando se va a desvestir? ¿O cuando sale con una amiga, en uno de esos domingos que tú no vienes (y con tu autorización, por supuesto), a tomar algo, un helado, un jugo, y entran juntas al baño, a hacer pipí y ella tiene que valerse de mañas para que la otra no le vea esa miseria de pantaletas, desteñidas y rotas que carga puestas, ah? Pensando en ti se compró un conjunto de color negro, como a ti te gusta. Pida por esos labiecitos, mi amor. Y su amor le pidió un dinerillo para las sandalias aquellas, estilo romano, como me dijeron Irma y Lastenia, sus más íntimas. Y otro dinerillo para un anillito, una cadena, unos zarcillos. Pero nada caros, mi vida: oro barato. Para lucírtelo a ti, ¿a quién si no? ¿Qué hombre en su sano juicio no complace a una hembrita así? ¿Qué hombre no se atreve a escarbar debajo de las piedras, si es necesario, para tener contenta a una coñita así, ah? piensa recreándose en las piernas, en las nalgas (duras, bien paradas). Tremendo polvo, hermano, yo no había visto una maraca como ésa, en toda mi putísima vida, yo jamás me había cogido un culo así como ése, chico, les dirá, como de ordinario lo hace, a Víctor y al Kid Bambam. Será del monte, medio campesina todavía en algunas cosas, ¡pero qué sabroso tira la coño de madre! Un culo divino, compadre, divino. Del otro lado del cuarto, en la salita de casa de barrio, la mitad que es Avelino Castillo, contempla y disfruta en el televisor de una película sobre la violencia callejera, con mucha sangre y muertos. La otra mitad, la que corresponde a Víctor, el flaco matahombres, inspector de la Unidad Especial de Capturas (U.E.C.), adscrita al Servicio de Inteligencia Militar, permanece con sus cinco sentidos (más el que le da su experiencia como policía) abiertos en su plenitud. Fuma, mira la hora en su reloj de pulsera, toma un toallín de la mesa y se limpia un polvillo inexistente en los zapatos a dos tonos y de pronunciado tacón. Camina hacia la silla donde está su chaqueta, saca un peine, se planta frente al espejo y se alisa repetidas veces el engominado cabello. Se retira un poco hacia atrás, se da unos toques en el copete, voltea a la siniestra y chequea su mejilla diestra, efectúa la operación contraria, corre los dedos por la comisura de los labios, donde concluye la estrecha línea del bigote. Se desplaza hasta la puerta que da a la calle, verifica con Bambam (sentado detrás del volante del rústico color vino tinto) la normalidad del lugar y recibe de aquél la señal del pulgar levantado a la altura del pecho y movido arriba y abajo varias veces: todo bajo control. El Kid se toca la muñeca y le pregunta con gestos por el momento de marcharse. Víctor introduce el índice dentro del aro formado por el pulgar y el índice de la mano contraria y lo agita para expresar que «el jefe» está gozando lo suyo con la chica. El segundo matahombres pone cara de resignación, saluda, jocosamente, a lo militar a su superior, aumenta el volumen del radio que los comunica con la central, presta atención y luego dice ¡mariconerías!, lo baja y observa a Víctor adentrándose nuevamente en la casa. Anda, baja, le pide a ella, empujándola con suavidad por la cabeza, guiándola para hacerla topar de frente con el miembro erecto. Chúpamelo, vidita, no seas malita . Ella obedece con docilidad y gran solicitud. Se esmera en la faena. Le agarra las piernas y lo obliga a que las doble y las retraiga hacia el pecho. Desliza la lengua por los testículos. Pasa la puntita, con un poco de temor, por el área del periné. Se despega y se mueve buscando la boca de él, pero es tomada de nuevo por los cabellos, ahora con más fuerza y conminada a insistir hacia la zona del recto. Se deja conducir. De pronto introduce el grueso tallo de su lengua por el orificio de él, quien se mueve y se queja con placer. El ase el dedo medio de ella, lo ensaliva y hace que se lo vaya metiendo de a poquitos en ese territorio cuproso y velludo. Le duele ¡vaya que sí! pero cuánto deleite siente. Ahora la mujer está debajo, la penetra a la vez que es penetrado como antes. Se viene y le pide que se venga con él. Ella lo hace o simula hacerlo, entre resoplidos y gritos… ¿Dónde aprendiste eso? ¿Eso qué? Lo de las piernas dobladas, no me digas que en tu pueblo. No, no. ¿Dónde, entonces? ¡Ay! chico, no preguntes tonterías. ¿Dónde? vuelve a la carga él. Hay películas ¿no? y hay televisión y amigas como Irma y Lastenia, que leen y te prestan revistas, no seas tan curioso ¿o es que estás celoso? No, pero mucho ojo, carajo, mucho ojo: que yo no me entere que estás entendiéndote con otro, porque… ¿Por qué, me vas a dar un balazo? Y se le recuesta mimosa encima del pecho, le hace cosquillas en la maraña pilosa que arropa las tetillas y lo aprieta con suavidad en los genitales. El hombretón relaja su metro ochenta y tantos en un sueño inicialmente agradable, que dura pocos minutos. El bombillo que reza precaución se reenciende. Es su estado natural, el de estar alerta, oídos de ciervo, ojo avizor. Despierta, con un movimiento automático, repetido sabe Dios cuántas veces, se cerciora de la presencia de la Browning HP nueve milímetros debajo de la cama y del magazine adicional. Ella se pega a él por la espalda, le hace mimos, quédate quieto, déjame sacarte una espinilla, te va a doler un poquito, está muy madura. Le revuelve el cabello y le dice quedo, sin dejar de acariciarlo ¿Cuándo nos mudamos al apartamento, mi amor? Primero hay que conseguirlo. Bueno ¿y cuándo lo vas a conseguir? Cuando lo busque ¿Y cuándo lo vas a buscar? Él se deja hacer y emite con la boca ruiditos de complacencia, para responder: cuando caiga un buen contrato en la compañía. Hay la posibilidad de uno bien «gordo», con una oficina del gobierno, para darle vigilancia y seguridad por un año, y si sale bien la vaina, nos contratan por un año más, y así sucesivamente ¿Dentro de un mes, dos, tres meses? No sé, en estas cosas no hay fechas fijas, pero de que está próximo lo está. Quizás un mes y medio o dos. Cuenta con eso, te lo prometo, tan pronto tenga los reales en la mano, lo primero va a ser tu apartamento. Nuestro apartamento, recalca ella. Sí, claro, nuestro apartamento, riposta él. Ya verás cómo lo voy a poner de bello, con unos cuadritos en la pared, con unos muebles baratos, no importa, yo lo que quiero es que vivamos en algo más decente. Más adelante me compras unos mejores. Este barrio cada día se está poniendo más peligroso, mucha droga, mucho delincuente. A mí, por supuesto, me respetan porque los ven a ustedes aquí. El señor Víctor me dijo que le avisara de cualquiera que me viniera a molestar ¿Cómo es la vaina? ¿Cuándo te dijo Víctor eso? ¡Pero, mi cielo! ¿vas a comenzar de nuevo con tus celos? ¡Celos, nada, chica, celos nada! ¿A cuenta de qué se interesa Víctor por tu seguridad? Ahora mismo, tan pronto salga le voy a preguntar cómo es la huevonada ¡coño! es que uno no se puede descuidar con nadie, porque ahí mismo le quieren coger la mujer, no joda. ¿Y es que tú me conseguiste a mí en un burdel, chico? Yo soy una mujer de familia pobre, pero muy honrada. Él es tu amigo ¿no? No seas tonto, mi amor. Tú sabes que yo soy sólo para ti –ella baja el tono, lo hace meloso, intensifica los arrumacos–. No te vayas por otro lado. Estábamos hablando del apartamento para donde nos vamos a mudar. ¿Sabes qué voy a poner en la mesita de la sala? Un retrato de nosotros y uno de mis padres y con un jarrón siempre lleno de flores, aunque sé que a ti no te gustan. Ésos son detalles de los que siempre las mujeres, algunas mujeres, estamos pendientes. Tú tienes que asentarte, mi vidita, en un sitio, con tu mujercita que te quiera, que soy yo, por supuesto, y esté pendiente de ti las veinticuatro horas: de tu comida, de tus pastillas para la tensión, de la ropa limpia, como yo lo estoy. Él la oye desde muy lejos. (¿Cuántos millones le podrían quedar a él si se engancha el contrato con el Ministerio? ¿Y si el doctor González Durán les «hace el puente» y le ponen la mano al contrato con el Instituto de Puertos y Aeropuertos?) Que cuándo vas a volver ¿mañana, pasado? (Una bola de real les va a entrar. Deberían irse preparando: consiguiendo las armas para los cuarenta o cincuenta nuevos centinelas que hay que firmar. Las cosas deben facilitarse con el contacto en el Ministerio de la Defensa Nacional). No te pierdas, cielo. Le haces muchísima falta a ella, muchísima. (Hay que adiestrar a los nuevos vigilantes. No importa que traigan preparación militar. La seguridad es otro asunto. Bueno, tampoco es que van a ser doctores en la materia, pero hay que darles su charlita, su cursito de inteligencia, avivarles la malicia). Promete que si vienes mañana, te va esperar con una receta de pescado que aprendió la semana pasada con la cocinera de la casa donde trabaja. (El dinero viene por la vía de la compañía de vigilancia. González Durán le «abrió los ojos» cuando él le trabajaba como su chofer de confianza y uno de sus guardaespaldas favoritos. No te quedes estancado en esto –le aconsejó–. Trata de estudiar una carrera en la universidad o de tener tu propio negocio. Lo de seguridad y vigilancia va a convertirse, en pocos años, en un asunto bastante lucrativo. Cuando le tuvo más confianza, se ofreció para interceder por él para que fundase su empresa.) Y, además, te va a consentir más, mucho más que ahorita. (Al salir de allí irá hasta la camuflajeada unidad local de la U.E.C., reposará un momento en la «cuadra», tomará un baño, esperará las órdenes e instrucciones para el día siguiente y aguardará la noche para verse con «La Doña» en el discreto sitio acordado y recibir los datos de la semana). Por los lados de la Avenida Principal vio una cartera de ensueño. Es sólo imitación de una auténtica italiana, y menos cara también, pero engaña a muchos. (Ella tiene un buen «datero», que casi nunca yerra, pero es eventual. Ella no revela quién es, ni cómo suministra la información, que aunque poca es valiosa. Él sospecha que al tipo se le va un poco la lengua cuando está muy borracho.) Te combina con todo, porque es beige, le dijo Lastenia. Ese color «pega» con cualquiera, complementó Irma. (Aquí, entre nosotros, Doña, y no lo repitas: hay un cerro de billetes esperando por el que nos ponga en la pista y captura del hijueputa que llaman Zapata: Carlos Augusto Ramírez Córdova. Tú dices si estás dispuesta a ganártelos.) El sujeto se viste con relativa prisa. Se me hizo un poco tarde, apunta con desgano. Se acomoda la pistola en el cinto, se coloca y ata la tobillera en el miembro izquierdo y luego calza allí la segunda arma, la de relevo, menos voluminosa que la primera. Toma –y le alcanza a la mujer un mediano fajo de billetes de alta denominación. Ella se le mete entre los brazos y el corpachón, se levanta un poco para besarlo en los labios. Él la muerde duro en la boca y, de forma grotesca, la agarra por el sexo, a la vez que restriega su manaza por las posaderas que tanto lo atraen–. Chao –se despide con prisa, arrellanándose en el asiento trasero–. Pon ese aire al máximo, Víctor. Chancleta a fondo, Bambam, rumbo a la «cueva». Yo no había visto una mujer tan espectacular como ésa ¡Tremendo polvo, caballeros! ¡Tremendo polvo! A propósito, Víctor, ¿cómo es esa vaina de que tú te interesas por la seguridad de Jesusa?