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Cristóbal Colón entre el Paraíso y el Infierno


DOMINGO MILIANI

La muerte de Domingo Miliani (Venezuela, 1934-2002) nos privó de un gran amigo; y al proyecto bolivariano que vive su patria, de un leal y esclarecido colaborador. Al frente del Centro de Estudios Literarios Rómulo Gallegos, como embajador de su país en Chile, como intelectual caracterizado por la seriedad, en todas las tareas a las que se entregó, dio pruebas de su valía. Con estas «Páginas salvadas» le rendimos tributo y ratificamos nuestro afecto a quien fue jurado del Premio Literario Casa de las Américas, entre otras expresiones de la solidaridad que profesó a Cuba y a esta institución. (N. de la R.)


Entre «los pocos sabios que en el mundo han sido» y aún se recuerdan con admiración, antes
de Leonardo, Copérnico o Galileo, con las distancias del caso, resalta un rey leonés a cuya
iniciativa se debe la más vasta compilación del conocimiento astronómico de España. Es
Alfonso X. Iluso y contemplativo, se cuenta de él que mientras miraba las estrellas perdía
tierras de su reino, aunque también sabía pelear. Sus traductores plurilingües, radicados en Toledo bajo una ejemplar convivencia de credos religiosos y visiones del mundo, dieron forma en lengua española a un Tratado de Astronomía y a unas Tablas conocidas con el nombre de alfonsíes (1272). Fueron, según afirma Ernesto Sábato, la base o, por lo menos, el antecedente del conocimiento geográfico náutico de Colón y sus compañeros lanzados a navegar por el Mar Océano hasta más allá de la ecumene. Escribe Sábato:

La navegación de altura fue posible gracias al legado de la astronomía griega, enriquecido luego por los árabes, judíos y cristianos de la Edad Media, que eran impulsados por necesidades técnicas y por prejuicios astrológicos; las Tablas alfonsíes son la recopilación de todo lo que en la época se sabía de esencial en las ciencias astronómicas. La astronomía náutica es ibérica y su origen está en los Regimientos de las navegaciones portuguesas.1

Cristóbal Colón, hombre-mito, por disputas fue dueño de cunas y sepulturas múltiples. Azar y viento lo arrastraron entre sirenas con cara de hombre, tesoros salomónicos ya extraídos y gastados como todos los nuestros, saqueados a lo largo de la historia. Encontró tierras infinitas para que el sol de otro emperador no se ocultara. Se hizo nombrar Virrey de aquel inmenso mundo y, como a Alfonso el Sabio, también lo despojaron de títulos y bienes. Vivió el espejismo del Trópico. Casi naufragó en la duda y el delirio de un mundo de oro que aún atrae de vez en cuando a algún inversionista privado. Es nuestra herencia y nuestra continuidad. Al extremo oriental de Europa somos el Paraíso. Vistos desde fuera, ante ciertos ojos somos un infierno de levantiscos y desordenados. Como Paraíso, levantamos asombros. Como nativos, no pasamos de ser unos buenos salvajes. Como mercado, somos un universo de indigentes sin capacidad adquisitiva. Como geografía, somos un reservorio insólito de materias primas que avalan endeudamientos interminables. No producimos mucho. Importamos todo. Lo único que no importamos somos nosotros. Terminamos olvidados más allá de la última Tule. Fatalismo y azar siguen rigiendo nuestro itinerario y la depresión colectiva o el complejo de minusvalía histórica.
Desde el primer viaje colombino la prosa reseca de las crónicas imperiales se refresca y airea. Para contar la América, que él nunca supo otro Continente, no había antecedentes.2
Fantaseador atiborrado de Marco Polo y Toscanelli, inmerso en una visión demoníaca de fabuladores medievales, obnubilado por una avidez de hallar tesoros ocultos leídos en la Biblia y en Josepho, navega y presiente haber llegado a Cipango. Busca la tierra de Catay y persigue por entre montes que llegan al cielo y ríos preñados de oro, la inaccesible figura del Gran Khan. Lee, pues Il milione, sobre las piedras y las hojas y los hombres de una tierra inusitada. De allí surge para un lector de hoy la visión fantástica, imposible y a ratos sobrenatural de su discurso. Las proas marineras apuntan a develar nuevos espacios. La prosa enrevesada encubre y desfigura una realidad que para él no era desconocida por pensar que ya la había leído en Il milione. Más que descubrimiento su lectura de nosotros fue «encubrimiento», ficcionalización de nuestra realidad.3
Tocar tierra de las Indias fue el comienzo de la incertidumbre. Precursor de Alonso Quijano, en su cabalgata oceánica, el Almirante cree haber llegado a las tierras exploradas por Marco Polo. Muere sin saber adónde lo llevaron los vientos bondadosos que lo pusieron a homologar tempranamente nuestro suelo con el Fin del Oriente, donde se hallaba el Paraíso Terrenal.4 Ya en el primer viaje, relatado a través del Padre Las Casas, el Almirante presentía haber llegado al espacio paradisíaco. Pero será en el tercer viaje cuando la mole gigantesca de agua dulce que surte por las bocas del Orinoco se revele como la evidencia. Duda acerca de la redondez de la Tierra, porque ahora allí una forma de pera con pezón desata otra vez la fantasía, para nutrir una de sus más agradables descripciones. La esfericidad del planeta había regido la navegación en sus dos viajes anteriores.5 Cartas y referencias lo afirmaban. Faltaba demostrarlo. Ahora, en otra latitud, más al sur, la escurridiza Estrella Polar se bajaba y se subía en las mediciones. En la tierra firme venezolana de Paria ocurre el cambio. Colón piensa que es una isla. El Almirante navega hacia el sureste. Y relata:

Yo siempre leí qu’el mundo, tierra e agua era espérico e[n] las auctoridades y esperiençias que Ptolomeo y todos los otros qu’escrivieron d’este sitio davan e amostraban para ello, así por eclipses de la luna y otras demostraçiones que hazen de Oriente fasta Ocçidente como de la elevaçión del polo Septentrión en Austro. Agora vi tanta disformidad como ya dixe; y por esto me puse a tener esto del mundo, y fallé que no era redondo en la forma qu’escriven, salvo qu’es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el peçón que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda y en lugar d’ella fuesse como una teta de muger allí puesta, y qu’esta parte d’este peçón sea la más alta e más propinca al cielo, y sea debaxo la línea equinoçial, y en esta mar Ocçeana, el fin del Oriente (llamo yo fin de Oriente adonde acaba toda la tierra e islas).6

En el extremo opuesto de Europa, final de ecumene (recordemos que era el único lugar habitado por el hombre), estaba, pues, sin duda, el Paraíso Terrenal. Para colmo de comprobaciones de su delirio, hunde una barrica al mar y extrae agua dulce, que no es otra sino la que surte por las bocas del Orinoco, por una de las cuales se aventuró para regresar enseguida. Sin duda, aquel pezón de la pera era el Paraíso Terrenal. Apoya su aserto en la opinión de los santos teólogos. Pero en la realidad americana, asimismo «las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí tanta cantidad de agua dulce fuesse así dentro e vezina con la salada; y en ello ayuda asimismo la suavissima temperancia. Y de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo».7
Colón retorna a España. En sus textos la escritura epistolar se llena de consideraciones y reclamaciones prácticas, acerca de diezmos y octavos que le son escamoteados. Es el contraste. Se abre ya la puerta del Infierno existencial. Las Indias son el asombro y el galope fantasioso. Europa es el requerimiento material y las cadenas de la cárcel. Sus huesos siguen disputados por varias ciudades. Como en el canto de Troya, las huellas del origen y del final están borradas. Las del origen –posiblemente de judío converso–, las oculta el propio navegante, pues emprende su aventura de mar justamente cuando los protectores católico están expulsando del reino español a los «infieles» en una impracticable unidad de la fe. Las del final, porque el hombre gotoso que termina un dramático cuarto viaje, vuelve a Europa y desaparece como todos los héroes de los mitos.
Culto y alucinado abuelo del Quijote, don Cristóbal fundió y confundió aquellas remotas premoniciones clásicas con otros tantos equívocos medievales de navegantes y cartógrafos. Así, escritor fantástico, concibió un mundo en el cual era posible que coexistieran la isla de San Brandan, tomada de las leyendas portuguesas de navegantes marinos, con la isla de Pracir o Prasil, dibujada en el Atlas Medicis (1351) y en el Pizigani (1367), junto a la Antilia de Andrea Bianco (1436). Si el conocimiento científico del Almirante rompió supersticiones y miedos a cuanto estuviera más allá de la ecumene, con lo cual se entraba en «la revolución mental del Renacimiento», como escribe Sábato, en el mismo hombre-mito surgía la gran deformación de un mundo confundido con Cipango y Catay, primero, luego inventado, después desmantelado en sus culturas de origen. Don Cristóbal, asiduo lector de Jehan de Mandeville, en su famoso Libro de las maravillas, murió pues victimado por el propio infierno que levantó su hazaña marinera. Si el audaz navegante murió sin saber adónde había llegado, al menos tenía bien calculado cuánto le correspondía en el reparto de un inconmensurable botín, en lo cual tampoco salió muy bien librado, por todo cuanto le quedamos debiendo desde entonces los herederos de su proeza.
Muchos años después, José Arcadio Buendía, armado de un sextante y un astrolabio, pretendió convencer a Úrsula y a sus hijos, sobre lo posible que era probar científicamente la redondez de la Tierra si se navegaba desde América hacia Oriente, que respecto a nosotros es Europa. Úrsula consideró aquella afirmación como una herejía indigna de ser transmitida a sus descendientes. Desde entonces, en un cenagal de Macondo, cierta carabela permanece encallada, invadida por algas, hongos e indignaciones proclamadas en nombre de unos aborígenes a quienes vemos desde muy lejos.
Quinientos años antes, una reina castellana pretendió con su esposo aragonés la inútil empresa de fundir los pedazos de heterogeneidad que configuraban y aún configuran la cultura peninsular. ¿Y qué cultura no es por definición heterogénea? ¿Pensó doña Isabel que por decreto (o real cédula) exterminaría a los judíos en el territorio español, como lo había hecho Ruy Díaz con los moros? Era un entrenamiento en las estrategias para imponer la fe y corregir algunas heterodoxias implantadas por cierto Rey Sabio intramuros de Toledo. Dedujo así que otro decreto impondría una sola fe religiosa y que un dialecto –el suyo, castellano– garantizaría, por obra de su voluntad, la unidad lingüística al ser erigido idioma oficial de sus dominios, y al menos podría atenuar la enorme complejidad de una telaraña de culturas que había precedido en la historia a su afanosa iniciativa unificadora. Un amasijo de coexistencias celtas, iberas, fenicias, romanas, arábigas, hebraicas, germánicas que se expresarían en castellano para silenciar de algún modo aquel mosaico de pequeños principados de hablantes de éuskaro, gallego, catalán y otros. Cinco siglos después, ¿qué pensaría la reina ante las rebeldías indoblegables de las provincias vascas?, para no hablar de otras.
En todo caso, la gobernante católica, persuadida por su gran consejera humanística, Beatriz Galindo, La Latina, fue más crédula que la mujer de José Arcadio y aceptó los planteamientos de don Cristóbal, a quien autorizó para emprender viaje a las Indias por la ruta occidental, viaje en el que toparía con un continente del cual jamás tuvo conciencia. Inauguró así una tragicomedia de las equivocaciones que dura hasta hoy, cuando aún seguimos peleando en favor o en contra de una identidad inventada, proliferación de un mismo diálogo interdiscursivo de asombros y desencuentros, bajo el cual, según algunos, prevalece un mestizaje que nos caracteriza. Historia y ficción tejen así un maravilloso8 nacido de la sorpresa que está en el relato aunque a veces se inserte en una realidad cuyo absurdo recíproco hacía preguntar al Vizconde de Chateaubriand, en 1799, qué habría sido de Europa si, en una inversión de rutas e historias, los indios americanos hubieran sido los «descubridores» del «Viejo Mundo», que en la visión al revés habría resultado el «Nuevo».9 En ello se adelantó a José Arcadio, tanto como el almirante Cristóbal fue el primero en admitir la existencia de hombres con cola (¿de cochino?) en alguna isla de su delirante navegación inicial. El 15 de febrero de 1493 escribe a Luis Santángel: «Ya dije cómo había andado CVII leguas por la costa de la mar, por la derecha línea de Osidente a Oriente, por la isla Iuana. Según el cual camino puedo decir que esta isla es maior que Inglaterra y Escocia juntas, porque, allende d’estas CVII leguas, me quedan de la parte del Poniente dos provinsias que io no he andado, una de las cuales llaman Auan, donde nase la gente con cola.»10
Quienes vinieron después, lectores de aventuras caballerescas, según Leonard, tiñeron la conquista americana «con relatos aparentemente auténticos de lugares fantásticos, de riquezas, monstruos y encantamientos y desde entonces ardieron en deseos de descubrir las realidades que describían y de posesionarse de ellas».11 Ni siquiera Cervantes escapó a la tentación de emigrar hacia el Paraíso americano. Por tierras venezolanas de Indias deambuló un hermano de don Francisco de Quevedo y Villegas. Era sacerdote y filósofo escotista. Se llamaba Monseñor Agustín y fue provincial del Convento de San Francisco en Caracas.
En medio de monstruos descomunales que transitaban por una geografía ambigua cuyas coordenadas nos situaban entre el Paraíso Terrenal y tal vez el Hades o el Mictlan, qué pequeña, débil y deslucida se presentaba aquella criatura morena de quien se dudó hasta el extremo de discutir teológicamente si tendría alma acreedora a ser cristianizada como los habitantes humanos de ecumene, o era exterminable en cacería, bestia nacida del fondo del Mar Tenebroso. La discusión no importó mucho. De todas maneras lo cazaron igual.
Así que de conquista en conquista, de siglo a siglo, de corriente en corriente ideológica gastada en Europa y otras geografías más próximas, seguimos siendo descubiertos o confundidos, ignorados o engullidos por una globalidad que sería más exacto denominar englobamiento: es decir, fagocitosis; es una redundante manera de distorsionarnos con hipérboles fantásticas o minimizaciones que, de tan repetidas, pudieron generar nuestra minusvalía social, si no tuviéramos una definición étnica vigorosa por lo mezclada, para soportar las elucubraciones de una falaz homogeneidad. El Mundo del Almirante aún mantiene la continuidad de un péndulo que oscila entre su paraíso natural y su propio infierno de contradicciones sociohistóricas.

Boconó, julio de 1988