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Julio García Espinosa

En el hervor de los años 60 del pasado siglo muchas cosas surgieron para enriquecer nuestras vidas, y otras pasaron sin saber que pasaron. Otras también, como el llamado realismo socialista, llegaron y fuimos nosotros los que no permitimos que pasaran. En ese ir y venir, en ese aparecer y desaparecer, llegaron revelaciones tan importantes como las de los formalistas y constructivistas rusos, los llamados izquierdistas de la cultura, en los albores de la Revolución Bolchevique.

En nuestro afán de impedir el paso del realismo socialista (tendencia, como se sabe, que planteaba vaciar las formas clásicas y llenarlas de contenido «proletario») no reparamos en que también sacábamos de nuestras vidas el fuego más legítimo de esa época, formados por una vanguardia que incluía nombres como los de Maiakovski, haciendo de la poesía, vida, y de la vida, poesía; Arvatov y sus delirantes teorías sobre el productivismo; Eisenstein, mezclando el circo con el teatro y el teatro con el cine; Vladimir Tatlin, punta acerada del constructivismo, o también el del formalista Shclovski y su lucha frontal contra el sociologismo. De hecho, nos volvíamos cómplices del realismo socialista, es decir, de aquellos que en la naciente Unión Soviética terminaban radicalmente con todo un movimiento artístico que, de una parte, estaba gestando la modernidad en el arte del siglo xx y, por otra, hacía aportes de trascendencia imponderable en la búsqueda de un arte popular, de un arte orgánicamente vinculado a la vida cotidiana.

Aquel primer impulso del arte que marcaría toda la corriente moderna de la cultura contemporánea, fue asumido por los artistas más progresistas de Occidente y, afortunadamente, también por nosotros. Pero se nos quedó fuera la necesaria reflexión de la otra vertiente, aquella que se planteaba no limitar el arte a los espacios separados del quehacer cotidiano.

Es cierto que artistas de la talla de los Kandinski y los Chagall sufrieron los embates no sólo del realismo socialista, sino también de sus propios compañeros de viaje; extremismos que provocaron divisiones y enfrentamientos dignos de mejor causa. Finalmente, tanto unos como otros fueron barridos por los abanderados de las concepciones más arcaicas y excluyentes de la cultura.

Hoy, cuando no es la cultura sino la seudocultura lo que se impone en el mundo, cuando es el ideal pequeño burgués lo que lo impregna todo, volver la mirada hacia los que se esforzaron por darle a la cultura un soplo tanto de modernidad como de amplitud, no es volver atrás nuestra sensibilidad sino recoger la herencia de todos aquellos que se esforzaron por hacer realidad sus sueños, por hacer del arte y de la vida espacios de autenticidad no excluyentes.

Entre nosotros, la pintura de caballete era poseedora de una muy fecunda tradición. Fuerzas de izquierda la habían siempre amparado ante el desinterés de una burguesía que, ignorándola, se negaba a sí misma. A diferencia de lo que ocurrió en aquellos primeros años de la Revolución Bolchevique, la Revolución Cubana asumió y promovió aquella prodigiosa herencia como patrimonio de la cultura cubana. No se limitó a conservarla como hecho del pasado, sino que continuó auspiciando su persistente aliento de modernidad. Aunque no han sido pocas las perturbaciones a enfrentar, así como los trastornos que ocasionó, y que aún ocasiona, el incremento de un mercado prepotente, manipulador, perverso, que hace vivir al artista entre la infraestructura de ese mercado y la superestructura del museo. Si en el pasado el signo más consistente, el que definía la imagen de mayor autenticidad, era el de ir en contra del mercado, hoy no es fácil despojarse de las seducciones que éste ofrece. El artista, en el mejor de los casos, vive el presente como hervidero de contradicciones e incoherencias; en el peor, refugiado, junto con su obra, en un espacio de autocomplacencia que poco lo retroalimenta.

Otra diferencia con aquellos primeros años del siglo xx era que, entonces, el espacio del ocio no estaba tan contaminado. Apenas el cine balbuceaba por alcanzar su madurez. Eisenstein, Pudovkin y tantos otros, junto con cineastas norteamericanos y europeos, se afanaban por hacer del nuevo medio algo más que un espectáculo de feria. La televisión, desde luego, ni se preveía. Pero, con el cine, desde sus inicios, sucedía que no podía desarrollarse, como hasta entonces lo habían hecho las bellas artes y la literatura, sólo para públicos letrados e instruidos. Más bien, el potencial del nuevo arte seguía una dirección opuesta, no podía dejar de comunicarse con públicos analfabetos y con espacios para nada excluyentes. Esta presión desde abajo no impidió el desarrollo del cine, pero, a su vez, los mercaderes, que no dejan de estar presentes en ningún templo, se aprovecharon para hacer del nuevo arte una expresión cada vez menos popular o, lo que es lo mismo, cada vez más groseramente comercial. En los años 60, los defensores de un destino más noble para el cine se enfrentaron a los festivales. Festivales del más alto nivel, como Cannes y Venecia, fueron cuestionados. Se criticaba, por una parte, su carácter elitista y, por otra, se indicaba la necesidad de sacar a los mercaderes de los santuarios festivaleros. También denunciaban la imposibilidad de la exploración, de la búsqueda, de opciones alternativas. Hoy, los mercaderes han vuelto a la carga, y el cine, junto con la televisión, en lugar de contribuir a que sea el espacio del ocio el más productivo y enriquecedor del ser humano, lo promueven como espacio cada vez más degradado.

Si antes el ocio era enriquecido por la buena lectura, las bellas artes, el ballet, los conciertos, hoy los espacios de nuestra vida cotidiana son invadidos implacablemente por películas y programas de televisión ante los cuales apenas podemos hacer resistencia. No dejarían de sorprenderse los entonces afiebrados propulsores del arte moderno, viendo cómo hoy escritores, pintores, músicos, del más alto signo de contemporaneidad, se ven envueltos en las madejas de las peores películas y los más abyectos programas de televisión, sin apenas poder discernir sobre semejante contradicción. No deja de sorprender también cómo la alta cultura ha logrado convivir y sobrevivir, adaptándose al proceso de idiotización de la sociedad promovido por películas, seriales, reality shows, etc. ¿Antídoto posible? Lograr que las buenas películas y los buenos programas de televisión, como la buena música que todavía se produce en el mundo, pueblen cada vez más las pantallas grandes y chicas, de manera que se les garantice a los públicos su derecho a elegir.

En el caso nuestro, sería un esfuerzo indispensable, dado el alcance masivo que está logrando entre nosotros la promoción de la cultura. Es urgente que, junto a los clásicos de la literatura o de la pintura, lleguen también hasta el último rincón del país las mejores películas. Al descomunal trabajo educativo que se desarrolla hoy a través de la televisión, le falta el recreo. No quiere decir esto que los programas de televisión, tanto dramatizados como musicales o humorísticos, no existan. Pero no existen en la misma dimensión, con la misma jerarquía, que el esfuerzo que se hace para la promoción de la cultura. Es más, en general, no es muy feliz el menú que suele ofrecerse. Sin embargo, existe potencial propio y extranjero que pudiera dar un viraje total a nuestras actuales opciones del entretenimiento. Es urgente en la medida en que el entretenimiento que subestimemos, es entretenimiento que limita el alcance de nuestros más altos propósitos. El entretenimiento no es el escalón inferior de la cultura: es, más bien, el otro eslabón que equilibra las necesidades de nuestro espíritu. No hay que olvidar que los planes educacionales se reciben como una extensión de nuestra jornada de trabajo, mientras que el entretenimiento se recibe como el espacio de placer que debemos tener en la jornada.

Aquellos soñadores de principios del siglo xx llevaron más lejos sus ambiciones. Pensaron que había llegado el momento de no limitar la cultura a ghettos, a espacios separados de la vida cotidiana, de no seguir manteniendo la cultura exclusivamente en galerías, museos, teatros, salas de concierto, etc. Llevar la cultura a las mayorías era, ayer como hoy, una necesidad inaplazable. Mucho más en la actualidad, cuando los espacios del ocio están cubiertos por la seudocultura que propugnan los medios, y la vida cotidiana, por la peor de las ambientaciones domésticas. Llevar la cultura a las mayorías era paso esencial, pero no debía ser el único. Lejos de llenar el vacío de cultura, contribuyendo a enriquecer sus vidas cotidianas, se establecía una relación donde pesaba más una inversión empobrecedora de lo que se recibía, o sea, lejos de transformar la cultura su vida cotidiana, era esa propia vida la que transformaba, a su medida, la cultura recibida. La conclusión era evidente: necesidad de que la operación fuera doble y simultánea, masividad de la cultura, pero, al mismo tiempo, crear mejores condiciones culturales en la propia vida cotidiana. De ahí que el concepto de cultura no se limitara a los espacios exclusivos, sino que también pasara a formar parte orgánica en el diario bregar de la vida. Desarrollar la sensibilidad y el potencial creador del pueblo, condiciones indispensables para una mejor receptividad de la cultura toda, lograba garantizarse mediante la inserción de la cultura en el propio quehacer cotidiano.

El espectro cultural que abarca la vida cotidiana, como se sabe, es tan arcaico como resistente y, lo que es peor, se manifiesta como algo que la cultura, desde afuera, superará. Sin embargo, los ruidos inútiles, hablar gritando, no lo resuelve solamente una relación más sistemática y estrecha con la música de concierto. Es necesario no sólo que los niños, desde la primaria, se familiaricen con lo mejor de la música, sino que se les creen las condiciones para que les resulten molestos todos los ruidos parásitos. Otro tanto se pudiera decir con los objetos que nos rodean desde que nacemos. ¿Favorecen estos objetos el desarrollo de nuestra sensibilidad o, por el contrario, la retrasan? No es posible que sólo el contacto con la mejor de las pinturas de caballete resuelva el problema. Desde ya, esos objetos deben estar destinados a ser, precisamente, los que favorezcan nuestro acercamiento a lo mejor de la pintura de todos los tiempos. La dificultad del problema debe estar en los recursos pero no en una concepción más amplia de la cultura. Como es lógico, es en la Industria Ligera donde recae el mayor peso de esta perspectiva. Es el diseño industrial el que, poco a poco, de acuerdo con las posibilidades del país, irá abriendo el camino de una vida más cargada de cultura cotidiana. Contamos con magníficos diseñadores industriales. Es lo principal. Los recursos vendrán de acuerdo con el desarrollo del país. Pero lo importante es que se jerarquice el concepto. Lo importante es que los diseñadores industriales lleguen a considerarse tan importantes como los artistas de la pintura de caballete. No hay por qué hacer una diferencia abismal entre el arte no utilitario y el arte utilitario. Que rescatemos hoy los afiches de las películas latinoamericanas de los años 30 porque han perdido su valor de uso, no quiere decir que un afiche con objetivos funcionales no tenga que ser artístico. Mucho han cambiado los conceptos desde que Walter Benjamin escribió su famoso ensayo «La obra de arte en la época de la reproducción técnica». A un diseñador industrial que, por ejemplo, logre concebir un mueble que sea, a la vez, funcional, bello y económico, debe concedérsele tanto reconocimiento social como al mejor de los pintores de caballete. Asimismo, lograr modificar las importaciones de tantas cerámicas y artesanías anacrónicas o de tantos muebles propios de países invernales o de tanta ropa «pacotillera», debía ser objeto de las mayores consideraciones.

Es cierto que los países industrializados han logrado desarrollar la producción de objetos. Pero su afán comercial nada tiene que ver con la concepción de una cultura integral, de una cultura capaz de retroalimentarse en sus distintos niveles. Una producción industrial, en una sociedad cuya meta superior es el consumo como fin en sí mismo y el objeto como símbolo de status social, no puede privilegiar el desarrollo humano por encima de la producción de las cosas.

En nuestras condiciones, situar la cultura en el primer plano de nuestras vidas es la única manera de frenar la involución que hoy padece el mundo, de rescatar las posibilidades idóneas para un destino mayor del ser humano. La apuesta por una clase media que sirviera de locomotora al resto de la sociedad, aparte de no arrastrar a nadie a niveles superiores de vida, trajo como consecuencia una cultura de la mediocridad, del consume y tira, del tanto tienes tanto vales. En efecto, para ese proyecto de sociedad, la utopía dejaba de existir, se había logrado la realidad que se quería. Gozosos se sentían de navegar en un mar de seducciones baratas, de conformismos tranquilizadores, de enmascaramientos pueriles, en fin, de rechazo a todo compromiso social que pusiera en peligro su bienestar material. Sociedades que arrancaron de sus vidas todo vestigio de humanismo, abriéndole paso al pragmatismo más arrogante y pedestre. Surgió, por tanto, la tecnocracia, un amplio sector gerencial, tecnológico, economicista, para el cual, sentimientos aparte, la sociedad se convirtió en una especie de insecto, al que, para su bienestar, se le podían aplicar recetas esterilizadoras. Mientras más asépticos y autosuficientes, más parecían empedrar el camino al paraíso. Tenían la convicción de que mientras más se alejaran de todo tipo de humanismo, más objetivos eran y menos sangre provocaría la aplicación del bisturí. Esta imagen de personas que habían dejado de soñar para poner los pies sobre la tierra, resultaba farsesca cuando, con el mismo empeño, se las veía afanarse por tierras del tercer mundo. Esta flemática actitud se daba de cachetes con las terribles realidades que, al mismo tiempo, pisaban esas tierras: entre otras, las de una clase media que no lograba estabilizarse, a la cual le resultaba imposible salir de sus perennes crisis. Por lo menos, era ridículo ver a estos personajes de cuello blanco, incoloros e inodoros, pretendiendo andar por el tercer mundo con aires de primer mundo. El contraste era brutal. En esta nuestra parte del mundo, cuando se había tratado de aplicar el bisturí, se había aplicado de la forma más sanguinaria, sin asepsia ni escrúpulo alguno.

Pero asimismo las sociedades que habían logrado algún desarrollo material pagaban el precio de la insolidaridad más absoluta con el resto del mundo. No lograban acabar ni con la corrupción ni con el desempleo. Cuando llegaba la ocasión, no vacilaban en propiciar la fuerza bruta por encima de la fuerza de la razón. Impotentes ante sus jóvenes sin futuro, entrampados en las redes de la drogadicción, satisfechos de ver a sus artistas más preocupados por su economía que por su arte y a la población más interesada en las «crónicas del corazón» que en las realidades de la vida, tenían, además, como única información posible aquella que, por una parte, favorecía las divisiones internas de la sociedad y, por la otra, alentaba la uniformidad en la visión externa del mundo.

Ni la parte rica del mundo ni la pobre encuentran solución a sus problemas. La palabra del Fondo Monetario Internacional es hoy más importante que las más sabias palabras de cualquier premio Nobel. La degradación del planeta, así como la de las propias sociedades, no parecen encontrar una salida. Para unos como para otros, la democracia ha perdido su contenido. Es evidente que el capitalismo real, en las distintas formas hasta hoy ensayadas, no ha podido garantizar la utopía democrática. El resultado histórico dista mucho de la retórica que se pregona. Es curioso que en los propios Estados Unidos se hable del fin de las utopías, cuando precisamente es en ese país donde se debía plantear, con más fervor que en ninguna otra parte, la utopía de alcanzar un día la verdadera democracia.

La importancia de jerarquizar, entre nosotros, la cultura, es la importancia de jerarquizar entre nosotros el humanismo. Con más razón cuando estaremos obligados a convivir, durante mucho tiempo, con los que sólo cifran sus aspiraciones más altas en las efímeras seducciones del bienestar material. Desde el famoso 11 de septiembre el mundo nos alerta persistentemente que no habrá posibilidad de vida futura si no se abre el corazón al humanismo más ardiente.

  La Habana, 15 de marzo de 2002.