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Los nuevos
centros de la esfera
(fragmento)
“Si huyen de mí, yo soy las alas”
4. La poesía del porvenir
“El mundo –escribió algunas vez Bertrand Russell-
acaba de ser creado, provisto de una humanidad que recuerda un pasado
ilusorio”. Hoy sentimos que el tiempo es hijo de la memoria,
que sólo existe para las criaturas que la poseen, y que el
resto de la diversa y compleja naturaleza vive en la eternidad,
en una suerte de instante perpetuo. Es verdad que hay animales que
participan parcialmente de nuestra memoria, por su vecindad biológica
con nosotros, por el tamaño de su cerebro o porque hace mucho
tiempo han unido su destino al de la especie humana. Pero las especies
parecen en general sujetas a esa ley del instinto donde casi no
cabe lo individual, programadas para una repetición incesante.
El eterno instante sin ayer ni mañana, sin innovación
ni nostalgia, en que la abeja cumple su ciclo de libar y espesar
su miel y su cera, en que el tigre cae sobre su indistinta gacela,
y el árbol entrega su dádiva de fruto y de sombra.
Allí cada critura es la especie, no fluye en el tiempo de
la transformación y de la individualidad sino en la intemporalidad
del instinto: esa idea de nuestro tiempo está bien razonada
en Schopenhauer y bien cantada en la “Oda a un ruiseñor”
de John Keats.
Para el hombre, en cambio, ese instante que es todo el tiempo se
ahonda en dos reinos inasibles e ilustres: uno, donde cabe toda
nuestra memoria, y otro donde vuela toda nuestra esperanza. El pasado,
podemos decir, es de hierro; el futuro, de cera. Ello significa,
no que el pasado sea inmodificable, sino que alterarlo suele ser
más difícil; pero también es dócil a
las trampas de la memoria y a los halagos de la ilusión.
Por ese doble reino legendario llegamos a fundar algunos de nuestros
más indiscutibles valores: la voluntad, la libertad. $Cómo
creer en la libertad y en la voluntad si no existiera el pasado,
la acumulación de nuestras experiencias, si no existiera
el futuro, el reino donde podemos ejercerlas? Se dirá que
también el presente es un campo de acción donde ejercer
la libertad, pero no por inmediato ese futuro deja de serlo. Sólo
existe la realidad o la ficción del tiempo cuando podemos
hacer cosas inesperadas, y por eso las abejas y las estrellas no
están inscritas en esa red maravillosa y terrible del tiempo
humano, abierto por igual a la previsión y a la incertidumbre.
El tiempo, al que alarga y abrevia caprichosamente nuestra ansiedad,
es la sustancia de lo humano, la red misma de nuestros nervios,
el tigre y el río que según Borges nos devora y nos
arrastra.
Una antigua tradición literaria de Occidente juega a suscitar
en el lenguaje todo aquello que fue alguna vez y que ya no es más
que memoria: “$Mais oú sont les neiges d’antan?”
pregunta insistentemente Villon en su “Balada”. “$Qué
se fizo el rey don Juan/ los infantes de Aragón/ que se ficieron?”,
pregunta Jorge Manrique, para no tener que preguntar sin tregua:
$Qué se ha hecho mi padre, dónde estará mi
propia vida, qué río es éste a la vez generoso
y despiadado? Todas esas variaciones del viejo ubi sunt latino expresan
el modo como nuestra cultura vio siempre en el tiempo un saqueo
incesante, a la manera de aquellos versos de Quevedo:
Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido,
falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Pero otra vez en tiempos más recientes la fuga del pasado
empezó a ser vista como una dádiva: a medida que el
imperfecto ayer huía, el tiempo generoso y próspero
vendría a nosotros trayendo los tesoros del porvenir. Casi
se hacían verdaderos en nuestra conciencia esos versos de
Miguel de Unamuno que sostienen que el tiempo mana del futuro:
Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno.
Los futurólogos de la Edad Media eran anunciadores de
desastres, porque la mirada que hundía la civilización
de Occidente en las entrañas del porvenir estaba demasiado
marcada por las promesas de la escatología cristiana, y todo
futuro era región de ruinas. $No se oía en sus lejanos
desiertos el galope de los portos del Apocalipsis? A partir del
Renacimiento, de la irrupción de América, de las sucesivas
utopías, de las nuevas atlántidas, de los falansterios
y de las migraciones, el futuro empezó a hermosearse, primero
como una versión fabulosa de la Tierra Prometida, como los
desbordantes graneros de un reino feliz, y después gradualmente
como el modificador de nuestra vida, hasta que un día el
pasado fuera irreconocible por rústico, por precario y oscuro.
Otra vez la historia era un camino recto hacia mejor, no un laberinto
circular que nos dejaba siglo a siglo en el mismo lugar o en uno
análogo. Los siglos XVIII y XIX se embriagaron de ese licor
bautizado por Voltaire, el optimismo: todo sería óptimo,
el futuro nos liberaría de las opresiones seculares, de las
enfermedades milenarias, de las supersticiones intemporales. El
hombre libre, vigoroso, razonable, haría de esta tierra su
cielo.
Ya era un logro notable que el cielo antes prometido en el orbe
inasible y perfectísimo de las ideas platónicas volviera
a ser concebible en este bajo mundo de nuestros destinos, que el
cuerpo dejara de ser excluido en la economía de la redención.
Pero la obsesión del paraíso y la tentación
de lo absoluto seguían firmes en la conciencia cristiana
de Occidente, y los evolucionismos del siglo XIX –los biológicos
y los históricos, los antropológicos y los psicológicos-,
siguieron estimulando la idea de una suerte de creciente perfección
y de creciente beatitud a expensas del pasado. La síntesis
de ese optimismo fue la consagración de la palabra modernidad,
a la que Baudelaire llenó de trazos audaces y de presentimientos,
y en cuyos altares oficiaron por igual rebeldes cerriles como Rimbaud,
y enamorados de la tradición como Victor Hugo.
Para ser absolutamente modernos había que descartar el peso
del pasado. El error de la Revolución Francesa había
sido su veneración de viejos modelos y de viejos símbolos.
Se había dejado fascinar muy a menudo por los señuelos
de edades remotas, había asumido los ropajes de la república
romana en los tiempos de la Convención y del Consulado, y
después los ropajes del Imperio Romano. Estaba inventando
el porvenir, pero con tal veneración por el pasado, que finalmente
ese pasado terminaba pesando demasiado sobre la realidad, y lo inaudito
naufragaba en las ceremonias de la repetición. Ello llevó
a los más impacientes a proponer, con mayor radicalidad que
nunca, la necesidad de decir adiós en la historia a todo
pasado.
“La tradición de todas las generaciones muertas –escribió
Karl Marx- oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.
Argumentó brillantemente la idea de que las épocas
renovadoras, las grandes revoluciones, siempre se ven atrapadas
por la evocación y por la nostalgia, toman prestadas las
consignas y los trajes del pasado, y representan la nueva escena
de la historia universal vestidas con un “disfraz de vejez
venerable”. Eso tenía que cambiar. “Las revoluciones
del siglo XIX –añadió- no deben sacar su poesía
del pasado sino únicamente del porvenir”. Había
llegado el momento de la mayor aventura: ahora sólo existiría
el futuro, y se nutriría sólo de sí mismo.
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