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...y
abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance...
San Juan de la Cruz
Además era el día de mi cumpleaños. Desde
el balcón de la Alameda vi cruzar parsimoniosamente el cielo
ese Sputnik ruso del que hablaron tanto los periódicos y
no tomé ni así tanto porque al día siguiente
era la primera prueba de ascensión de la temporada y mi madre
estaba enferma en una pieza que no sería más grande
que un clóset. No me quedaba más que pedalear en el
vacío con la nuca contra las baldosas para que la carne se
me endureciera firmeza y pudiera patear mañana los pedales
con ese estilo mío al que dedicaron un artículo en
Estadio. Mientras mamá levitaba por la fiebre, comencé
a pasearme por los pasillos consumiendo de a migaja los queques
que me había regalado la tía Margarita, apartando
acuciosamente los trozos de fruta confitada con la punta de la lengua
y escupiéndolos por un costado que era una inmundicia. Mi
viejo salía cada cierto tiempo a probar el ponche, pero se
demoraba cada vez cinco minutos en revolverlo, y suspiraba, y después
le metía picotones con los dedos a las presas de duraznos
que flotaban como náufragos en la mezcla de blanco barato,
y pisco, y orange, y panimávida.
..... Los dos necesitábamos cosas que apuraran la noche y
trajeran urgente la mañana. Yo me propuse suspender la gimnasia
y lustrarme los zapatos; el viejo le daba vueltas al guía
con la probable idea de llamar una ambulancia, y el cielo estaba
despejado, y la noche muy cálida, y mamá decía
entre sueños, "estoy incendiándome", no
tan débil como para que no la oyéramos por entre la
puerta abierta.
..... Pero ésa era una noche tiesa de mechas. No aflojaba
un ápice la crestona. Pasar la vista por cada estrella era
o mismo que contar cactus en un desierto, que morderse hasta sangrar
las cutículas, que leer una novela de Dostoyevski. Entonces
papá entraba a la pieza y le repetía a la oreja de
mi madre los mismos argumentos inverosímiles, que la inyección
le bajaría la fiebre, que ya amanecía, que el doctor
iba a pasar bien temprano de mañana antes de irse de pesca
a Cartagena.
..... Por último le argumentamos trampas a la oscuridad.
Nos valimos de una cosa lechosa que tiene el cielo cuando está
trasnochado y quisimos confundirla con la madrugada (si me apuraban
un poco hubieran podido distinguir en pleno centro algún
gallo cacareando).
..... Podría ser cualquier hora entre las tres y las cuatro
cuando entré a la cocina a preparar el desayuno. Como si
estuvieran concertados, el pitido de la tetera y los gritos de mi
madre se fueron intensificando. Papá apareció en el
marco de la puerta.
..... -No me atrevo a entrar -dijo.
..... Estaba gordo y pálido y la camisa le chorreaba simplemente.
Alcanzamos a oír a mamá diciendo: "que venga
el médico..."
..... -Dijo que pasaría a primera hora en la mañana
-repitió por quinta vez mi viejo.
..... Yo me había quedado fascinado con los brincos que iba
dando la tapa sobre las patadas del vapor.
..... -Va a morirse -dije.
..... Papá comenzó a palparse los bolsillos de todo
el cuerpo. Señal de que quería fumar. Ahora le costaría
una barbaridad hallar los cigarrillos y luego pasaría lo
mismo con los fósforos y entonces yo tendría que encendérselo
con el gas.
..... -¿Tú crees?
..... Abrí las cejas así tanto, y suspiré.
..... -Pásame que te encienda el cigarrillo.
..... Al aproximarme a la llama, noté confundido que el fuego
no me dañaba la nariz como todas las otras veces. Extendí
el cigarro a mi padre, sin dar vuelta la cabeza, y conscientemente
puse el meñique sobre el pequeño manojo de fuego.
Era lo mismo que nada. Pensé: se me murió este dedo
o algo, pero uno no podía pensar en la muerte de un dedo
sin reírse un poco, de modo que extendí toda la palma
y esta vez toqué con las yemas las cañerías
del gas, cada uno de sus orificios, revolviendo las raíces
mismas de las llamas. Papá se paseaba entre los extremos
del pasillo cuidando de echarse toda la ceniza sobre la solapa,
de llenarse los bigotes de mota de tabaco. Aproveché para
llevar la cosa un poco más adelante, y puse a tostar mis
muñecas, y luego los codos, y después otra vez todos
los dedos. Apagué el gas, le eché un poco de escupíto
a las manos, que las sentía secas, y llevé hasta el
comedor la cesta con pan viejo, la mermelada en tarro, un paquete
flamante de mantequilla.
..... Cuando papá se sentó a la mesa, yo debía
haberme puesto a llorar. Con el cuello torcido hundió la
vista en el café amargo como si allí estuviera concentrada
la resignación del planeta, y entonces dijo algo, pero no
alcancé a oírlo, porque más bien parecía
sostener un incrédulo diálogo con algo íntimo,
un riñón por ejemplo, o un fémur. Después
se metió la mano por la camisa abierta y se mesó el
ensamble de pelos que le enredaban el pecho. En la mesa había
una cesta de ciruelas, damascos y duraznos un poco machucados. Durante
un momento las frutas permanecieron vírgenes y acunadas,
y yo me puse a mirar a la pared como si me estuvieran pasando una
película o algo. Por último agarré un prisco
y me lo froté sobre la solapa hasta sacarle un brillo harto
pasable. El viejo nada más que por contagio levantó
una ciruela.
..... -La vieja va a morirse -dijo.
..... Me sobé fuertemente el cuello. Ahora estaba dándole
vueltas al hecho de que no me hubiera quemado. Con la lengua le
lamí los conchos al cuesco y con las manos comencé
a apretar las migas sobre la mesa, y las fui arrejuntando en montoncitos,
y luego las disparaba con el índice entre la taza y la panera.
En el mismo instante que tiraba el cuesco contra un pómulo,
y me imaginaba que tenía manso cocho en la muela poniendo
cara de circunstancia, creí descubrir el sentido de por qué
me había puesto incombustible, si puede decirse. La cosa
no era muy clara, pero tenía la misma evidencia que hace
pronosticar una lluvia cuando el queltehue se viene soplando fuerte:
si mamá iba a morirse, yo también tendría que
emigrar del planeta. Lo del fuego era como una sinopsis de una película
de miedo, o a lo mejor era puro bla-bla mío, y lo único
que pasaba era que las idas al biógrafo me habían
enviciado.
..... Miré a papá, y cuando iba a contárselo,
apretó delante de los ojos, sus mofletudas palmas hasta hacer
el espacio entre ellas impenetrable.
..... -Vivirá -dije-. Uno se asusta con la fiebre.
..... Es como la defensa del cuerpo.
..... Carraspeé.
..... -Si gano la carrera tendremos plata. La podríamos meter
en una clínica pasable.
..... -Si acaso no se muere.
..... Escupí sobre el hombro el cuesco lijadito de tanto
meneallo. El viejo se alentó a pegarle un mordiscón
a un durazno harto potable. Oímos a mamá quejarse
en la pieza, esta vez sin palabras. De tres tragadas acabé
con el café, casi reconfortado que me hiriera el paladar.
Me eché una marraqueta al bolsillo, y al levantarme, el pelotón
de migas fue a refrescarse en una especie de pocilla de vino sólo
en apariencia fresca, porque desde que mamá estaba en cama
las manchas en el mantelito duraban de a mes, pidiendo por lo bajo.
..... Adopté un tono casual para despedirme, medio agringado
dijéramos.
..... -Me voy.
..... Por toda respuesta, papá torció el cuello y
aquilató la noche.
..... -¿A qué hora es la carrera? -preguntó,
sorbiendo un poco del café.
..... Me sentí un cerdo, y no precisamente de esos giles
simpáticos que salen en las historietas.
..... -A las nueve. Voy a hacer un poco de precalentamiento.
..... Saqué del bolsillo las horquetas para sujetarme las
bastillas, y agarré de un tirón la bolsa con el equipo.
Simultaneamente estaba tarareando un disco de los Beatles, uno de
esos psicodélicos.
..... -Tal vez te convendría dormir un poco -sugirió
papá-. Hace ya dos noches que...
..... -Me siento bien -dije, avanzando hacia la puerta.
..... -Bueno, entonces.
..... -Que no se te enfríe el café.
..... Cerré la puerta tan dulcemente como si me fuera de
besos con una chica, y luego le aflojé el candado a la bicicleta
desprendiéndola de las barras de la baranda. Me la instalé
bajo el sobaco, y sin esperar el ascensor corrí los cuatro
pisos hasta la calle. Allí me quedé un minuto acariciando
las llantas sin saber para dónde emprenderla, mientras que
ahora sí soplaba un aire madrugado, un poco frío,
lento.
..... La monté, y de un solo envión de los pedales
resbalé por la cuneta y me fui bordeando la Alameda hasta
la Plaza Bulnes, y le ajusté la redondela a la fuente de
la plaza, y enseguida torcí a la izquierda hasta la boite
del Negro Tobar y me ahuaché bajo el toldo a oír la
música que salía del subterráneo. Lo que fregaba
la cachimba era no poder fumar, no romper la imagen del atleta perfecto
que nuestro entrenador nos había metido al fondo de la cabeza.
A la hora que llegaba entabacado, me olía la lengua y pa´fuera
se ha dicho. Pero además de todo, yo era como un extranjero
en la madrugada santiaguina. Tal vez fuera el único muchacho
de Santiago que tenía a su madre muriéndose, el único
y absoluto gil en la galaxia que no había sabido agenciarse
una chica para amenizar las noches sabatinas sin fiestas, el único
y definitivo animal que lloraba cuando le contaban historias tristes.
Y de pronto ubiqué el tema del cuarteto, y precisamente la
trompeta de Lucho Aránguiz fraseando eso de "No puedo
darte más que amor, nena, eso es todo lo que te puedo dar",
y pasaron dos parejas silenciosas frente al toldo, como cenizas
que el malón del colegio había derramado por las aceras,
y había algo lúgubre e inolvidable en el susurro del
grifo esquinero, y parecía surgido del mar plateado encima
de la pileta el carricoche del lechero, lento a pesar del brío
de sus caballos, y el viento se venía llevando envoltorios
de cigarrillos, de chupetes helados, y el baterista arrastraba el
tema como un largo cordel que no tiene amarrado nada en la punta
-shá-shá-dá-dá- y salió del subterráneo
un joven ebrio a secarse las narices, transpirando, los ojos patinándole,
rojos de humo, el nudo de la corbata dislocado, el pelo agolpado
sobre las sienes, y la orquesta le metió al tango, sophisticated,
siempre el mismo, siempre uno busca lleno de esperanzas, y los edificios
de la Avenida Bulnes en cualquier momento podían caerse muertos,
y después el viento soplaría aún más
descoyuntador, haría veletas de navío, barcazas y
mástiles de los andamiajes, haría barriles de alcohol
de los calefactores modernos, transformaría en gaviotas las
puertas, en espuma los parquets, en peces las radios y las planchas,
los lechos de los amantes se incendiarían, los trajes de
gala los calzoncillos los brazaletes serían cangrejos, y
serían moluscos, y serían arenilla, y a cada rostro
el huracán le daría lo suyo, la máscara al
anciano, la carcajada rota al liceano, a la joven virgen el polen
más dulce, todos derribados por las nubes, todos estrellados
contra los planetas, ahuecándose en la muerte, y yo entre
ellos pedaleando el huracán con mi bicicleta diciendo no
te mueras mamá, yo cantando Lucy en el cielo y con diamantes,
y los policías inútiles con sus fustas azotando potros
imagnarios, a horcajadas sobre el viento, azotados por parques altos
como volantines, por estatuas, y yo recitando los últimos
versos aprendidos en clase de castellano, casi a desgano, dibujándole
algo pornográfico al cuaderno de Aguilera, hurtándole
el cocaví a Kojman, clavándole un lapíz en
el trasero al Flaco Leiva, yo recitando, y el joven se apretaba
el cinturón con la misma parsimonia con que un sediento de
ternura abandona un lecho amante, y de pronto cantaba frívolo,
distraído de la letra, como si cada canción fuera
apenas un chubasco antes del sereno, y después bajaba tambaleando
la escalera, y Luchito Aranguiz agarraba un solo de "uno"
en trompeta y comenzaba a apurarlo, y todo se hacia jazz, y cuando
quise buscar un poco del aire de la madrugada que me enfriase el
paladar, la garganta, la fiebre que se me rompía entre el
vientre y el hígado, la cabeza se me fue contra la muralla,
violenta, ruidosa, y me aturdí, y escarbé en los pantalones,
y extraje la cajetilla y fumé con ganas, con codicia, mientras
me iba resbalando sobre la pared hasta poner mi cuerpo contra las
baldosas, y entonces crucé las palmas y me puse a dormir
dedicadamente.
..... Me despertaron los tambores, guaripolas y clarines de algún
glorioso que daba vueltas a la noria de Santiago rumbo a ninguna
guerra, aunque engalanados como para una fiesta. Me bastó
montarme y acelerar la bici un par de cuadras, para asistir a la
resurrección de los barquilleros, de las ancianas míseras,
de los vendedores de maní, de los adolescentes lampiños
con camisas y botas de moda. Si el reloj de San Francisco no mentía
esta vez, me quedaban justo siete minutos para llegar al punto de
la largada en el borde del San Cristóbal. Aunque a mi cuerpo
se lo comían los calambres, no había perdido la precisión
de la puntada sobre la goma de los pedales. Por lo demás
había un sol de este volado y las aceras se veían
casi despobladas.
..... Cuando crucé el Pío Nono, la cosa comenzó
a animarse. Noté que los competidores que bordeaban el cerro
calentando el cuerpo me piropeaban unas miradas de reojo. Distinguí
a López del Audax limpiándose las narices, a Ferruto
del Green trabajando con un bombín la llanta, y a los cabros
de mi equipo oyendo las instrucciones de nuestro entrenador.
..... Cuando me uní al grupo, me miraron con reproche pero
no soltaron la pepa. Yo aproveché la coyuntura para botarme
a divo.
..... -¿Tengo tiempo para llamar por teléfono? -dije.
..... El entrenador señaló el camarín.
..... -Vaya a vestirse.
..... Le pasé la máquina al utilero.
..... -Es urgente -expliqué-. Tengo que llamar a la casa.
..... -¿Para qué?
..... Pero antes de que pudiera explicárselo, me imaginé
en la fuente de soda del frente entre niños, candidatos al
zoológico y borrachítos pálidos, marcando el
número de casa para preguntarle a mi padre... ¿qué?
¿Murió la vieja? ¿Pasó el doctor por
la casa? ¿Como sigue mamá?
..... -No tiene importancia -respondí-. Voy a vestirme.
..... Me zambullí en la carpa, y fui empiluchándome
con determinación. Cuando estuve desnudo procedí a
arañarme los muslos y luego las pantorrillas y los talones
hasta que sentí el cuerpo respondiéndome. Comprimí
minuciosamente el vientre con la banda elástica, y luego
cubrí con las medias de lana todas las huellas granates de
mis uñas. Mientras me ajustaba los pantaloncillos y apretaba
con su elástico la camiseta, supe que iba a ganar la carrera.
Trasnochado, con la garganta partida y la lengua amarga, con las
piernas tiesas como de mula, iba a ganar la carrera. Iba a ganarla
contra el entrenador, contra López, contra Ferruto, contra
mis propios compañeros de equipo, contra mi padre, contra
mis compañeros de colegio y mis profesores, contra mis mismos
huesos, mi cabeza, mi vientre, mi disolución, contra mi muerte
y la de mi madre, contra el presidente de la república, contra
Rusia y Estados Unidos, contra las abejas, los peces, los pájaros,
el polen de las flores, iba a ganarla contra la galaxia.
..... Agarré una venda elástica y fui prensándome
con doble vuelta el empeine, la planta y el tobillo de cada pie.
Cuando los tuve amarrados como un solo puñetazo, sólo
los diez dedos se me asomaban carnosos, agresivos, flexibles.
..... Salí de la carpa. "Soy un animal -pensé
cuando el juez levantó la pistola-, voy a ganar esta carrera
porque tengo garras y pezuñas en cada pata". Oí
el pistoletazo y de dos arremetidas fluidas, cortante sobre los
pedales cogí la primera cuesta puntero. En cuanto aflojó
el declive, dejé no más que el sol se me fuera licuando
lentamente en la nuca. No tuve necesidad de mirar muy atrás
para descubrir a Pizarnick del Ferroviario pegado a mi trasera.
Sentí piedad por el muchacho, por su equipo, por su entrenador
que le había dicho "si toma la delantera, pégate
a él hasta donde aguantes, calmadito, con seso, ¿entiendes?",
porque si yo quería era capaz ahí mismo de imoner
un tren que tendría al muchacho vomitando en menos de cinco
minutos, con los pulmones revueltos, fracasado, incrédulo.
En la primera curva desapareció el sol, y alcé la
cabeza hasta la Virgen del Cerro, y se veía dulcemente ajena,
incorruptible. Decidí ser inteligente, y disminuyendo bruscamente
el ritmo del pedaleo, dejé que Pizarnick tomara la delantera.
Pero el chico estaba corriendo con la biblia en el sillín:
aflojó hasta ponérseme a la par, y pasó fuerte
a la cabeza un muchacho rubio del Stade Francais. Ladeé el
cuello hacia la izquierda y le sonreí a Pizarnick.
..... -¿Quién es? -le dije.
..... El muchacho no me devolvió la mirada
..... -¿Qué? -jadeó.
..... -¿Quién es? -repetí-. El que pasó
adelante.
..... Parecía no haberse percatado de que íbamos quedando
unos metros atrás.
..... No lo conozco -dijo-. ¿Viste qué máquina
era?
..... -Una Legnano -repuse-. ¿En qué piensas?
..... Pero esta vez no conseguí respuesta. Comprendí
que había estado todo el tiempo pensando si ahora que yo
que había perdido la punta, debía pegarse al nuevo
líder. Si siquiera me hubiese preguntado, yo le habría
prevenido, lástima que su biblia transmitía con sólo
una antena. Una cuesta más pronunciada, y buenas noches los
pastores. Pateó y pateó hasta arrimársele al
rucio, y casi con desesperación miró para atrás
tanteando la distancia. Yo busqué por los costados a algún
otro competidor para meterle conversa, pero estaba solo a unos veinte
metros de los cabecillas, y al resto de los rivales recién
se les asomaban las narices en la curvatura. Me amarré con
los dedos el repiqueteo del corazón, y con una sola mano
ubicada en el centro fui maniobrando la manigueta. ¡Cómo
podía estar tan solo, de pronto! ¿Dónde estaban
el rucio y Pizarnick? ¿Y González, y los cabros del
club, y los del Audax Italiano? ¿Porqué comenzaba
ahora a faltarme el aire, por qué el espacio se arrumaba
sobre los techos de Santiago aplastante? ¿Por qué
el sudor hería las pestañas y se encerraba en los
ojos para nublar todo? Ese corazón mío no estaba laiendo
así de fuerte para meterle sangre a mis piernas, ni para
arderme las orejas, ni para hacerme más duro el trasero en
el sillín, y más coces los enviones. Ese corazón
mío me estaba traicionando, le hacía el asco a la
empinada, me estaba botando sangre por las narices, instalándome
vapores en los ojos, me iba revolviendo las arterias, me rotaba
en el diafragma, me dejaba perfectamente entregado a un ancla, a
mi cuerpo hecho una soga, a mi falta de gracia, a mi sucumbimiento.
..... -¡Pizarnick! -grité-. ¡Para carajo, que
me estoy muriendo!
..... Pero mis palabras ondulaban entre sien y sien, entre los dientes
de arriba y los de abajo, entre la saliva y las carótidas.
Mis palabras eran un perfecto círculo de carne: yo jamás
había dicho nada. Nunca había conversado con nadie
sobre la tierra. Había estado todo el tiempo repitiendo una
imagen en las vitrinas, en los espejos, en las charcas invernales,
en los ojos espesos de pintura negra de las muchachas. Y tal ez
ahora -pedal con pedal, pisa y pisa, revienta y revienta- le viniera
entrando el mismo silencio a mamá -y yo iba subiendo y subiendo
y bajando y bajando- la misma muerte azul de la asfixia -pega y
pega rota y rota- la muerte de narices sucias y sonidos líquidos
en la garganta- y yo torbellino serpenteo turbina engranaje corcoveo-
la muerte blanca y definitiva -¡a mí nadie me revolcaba,
madre! -y el jadeo de cuántos tres cuatro cinco diez ciclistas
que me irían pasando, o era yo que alcanzaba a los punteros,
y por un instante tuve los ojos entreabiertos sobre el abismo y
debí apretar así duramente fuertemente las pestañas
para que todo Santiago no se lanzase a flotar y me ahogara llevándome
alto y luego me precipitara, astillándome la cabeza contra
una calle empedrada, sobre basureros llenos de gatos, sobre esquinas
canallas. Envenenado, con la mano libre hundida en la boca, mordiéndome
luego las muñecas, tuve el último momento de claridad:
una certeza sin juicio, intraducible, cautivadora, lentamente dichosa,
de que sí, que muy bien, que pefectamente hermano, que este
final era mío, que mi aniquilación era mía,
que bastaba que yo pedaleara más fuerte y ganara esa carrera
para que se la jugara a mi muerte, que hasta yo mismo podía
administrar lo poco que me quedaba de cuerpo, esos dedos palpitantes
de mis pies, afiebrados, finales, dedos ángeles pezuñas
tentáculos, dedos garras bisturíes, dedos apocalípticos,
dedos definitivos, deditos de mierda, y tirar el timón a
cualquier lado, este u oeste, norte o sur, cara y sello, o nada,
o tal vez permanecer siempre nortesudesteoestecarasello, moviéndome
inmóvil, contundente. Entonces me llené la cara con
este mano y me abofeteé el sudor y me volé la cobardía;
ríete imbécil me dije, ríete poco hombre, carcajéate
porque estás solo en la punta, porque nadie mete finito como
tú la pata para la curva del descenso.
..... Y de un último encumbramiento que me venia desde las
plantas llenando de sangre linda, bulliciosa, caliente,los muslos
y las caderas y el pecho y la nuca y la frente de un coronamiento,
de una agresión de mi cuerpo a Dios, de un curso irresistible,
sentí que la cuesta aflojaba un segundo y abrí los
ojos y se los aguanté al sol, y entonces sí las llantas
se despidieron humosas y chirriantes, las cadenas cantaron, el manubrio
se fue volando como una cabeza de pájaro, agudo contra el
cielo, y los rayos de la rueda hacían al sol mil pedazos
y los tiraban por todas partes, y entonces oí, ¡oí
Dios mío!, a la gente avivándome sobre camionetas,
a los muchachitos que chillaban al borde de la curva del descenso,
al altoparlante dando las ubicaciones de los cinco primeros puestos;
y mientras venía la caída libre, salvaje sobre el
nuevo asfalto, uno de los organizadores me baldeó de pe a
pa riéndose, y veinte metros adelante, chorreando, riendo
fácil, alguien me miró, una chica colorina, y dijo
"mojado como un joven pollo", y ya era hora de dejarme
de pamplinas, la pista se resbalaba, y era otra vez tiempo de ser
inteligente, de usar el freno, de ir bailando la curva como un tango
o un vals a toda orquesta.
..... Ahora el viento que yo iba inventando (el espacio estaba sereno
y transparente) me removía la tierra de las pupilas, y casi
me desnuco cuando torcí el cogote para ver quién era
el segundo. El Rucio, por supuesto. Pero a menos que tuviera pacto
con el diablo podría superarme en el descenso, y nada más
que por un motivo bien simple que aparece técnicamente explicado
en las revistas de deportes y que puede resumirse así: yo
nunca utilizaba el freno de mano, me limitaba a plantificar el zapato
en las llantas cuando se esquinaban las curvas.Vuelta a vuelta,
era la única fiera compacta de la ciudad con mi bicicleta.
Los fierros, las latas, el cuero, el sillín, los ojos, el
foco, el manubrio,eran un mismo argumento con mi lomo, mi vientre,
mi rigido montón de huesos.
..... Atravesé la meta y me descolgué de la bici sobre
la marcha. Aguanté los palmoteos en el hombro, los abrazos
del entrenador, las fotos de los cabros de Estadio, y liquidé
la coca-cola de una zampada. Después tomé la máquina
y me fui bordeando la cuneta rumbo al departamento.
..... Una vacilación tuve frente a la puerta, una última
desconfianza, tal vez la sombra de una incertidumbre, el pensamiento
de que todo hubiera sido una trampa, un truco, como si el destello
de la Vía Láctea, la multiplicación del sol
en las calles, el silencio, fueran la sinopsis de una película
que no se daría jamás, ni en el centro, ni en los
biógrafos de barrio, en la imaginación de ningún
hombre.
..... Apreté el timbre, dos, tres veces, breve y dramático.
Papá abrio la puerta, apenitas, como si hubiera olvidado
que vivía en una ciudad donde la gente va de casa en casa
golpeando portones, apretando timbres, visitándose.
.... -¿Mamá?- pregunté.
..... El viejo amplió la abertura, sonriendo.
..... -Esta bien -me pasó la mano por la espalda e indicó
el dormitorio-: entra a verla.
..... Carraspeé que era un escándalo y me di vuelta
en la mitad del pasillo.
..... -¿Qué hace?
..... -Está almorzando -repuso papá
..... Avancé hasta el lecho, sigiloso, fascinado por el modo
elegante con que iba echando las cucharadas de sopa entre los labios.
Su piel estaba lívida y las arrugas de la frente se le habían
metido un centímetro más adentro, pero cuchareaba
con gracia, con ritmo, con... hambre.
..... Me senté en la punta del lecho, absorto.
..... -¿Cómo te fue? -preguntó, pellizcando
una galleta de soda.
..... Esgrimí una sonrisa de película
..... -Bien, mamá. Bien.
..... El chal rosado tenía un fideo cabello de ángel
sobre la solapa. Me adelanté a retirarlo. Mamá me
suspendió la mano en el movimiento, y me besó dulcemente
la muñeca.
.... -¿Cómo te sientes, vieja?
..... Me pasó ahora la mano por la nuca, y luego me ordenó
las mechas sobre la frente.
..... -Bien, hijito. Hazle un favor a tu madre, ¿quieres?
..... La consulté con las cejas.
.....-Ve a buscar un poco de sal. Esta sopa está desabrida.
..... Me levanté, y antes de dirigirme al comedor, pasé
por la cocina a ver a mi padre.
..... -¿Hablaste con ella? ¿Está animada, cierto?
..... Lo quedé mirando mientras me rascaba con fruición
el pómulo.
..... -¿Sabes lo que quiere, papá? ¿Sabes lo
que me mandó a buscar?
..... Mi viejo echó una bocanada de humo.
..... -Quiere sal, viejo. Quiere sal. Dice que está desabrida
la sopa, y que quiere sal.
..... Giré de un envión sobre los talones y me dirigí
al aparador en busca del salero. Cuando me disponía a retirarlo,
vi la ponchera destapada en el centro de la mesa. Sin usar el cucharón,
metí hasta el fondo un vaso, y chorreándome sin lástima,
me instalé el líquido en el fondo de la barriga. Sólo
cuando vino la resaca, me percaté de que estaba un poco picadito.
Culpa del viejo de mierda que no aprende nunca a ponerle la tapa
de la cacerola al ponche. Me serví otro trago, qué
iba a hacerle.
El ciclista del San Cristóbales uno de los
seis cuentos del libro Desnudo en el tejado de la Colección
Premio Casa de las Américas.
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