Por Arturo Navarro Ceardi
Presidente Ad cultura
Chile

Hacer y pensar: he ahí dos verbos que acabo de emplear. Sí,
hacer y pensar, porque es algo falaz, o cuando menos relativa, esa distinción
entre hombres de pensamiento y hombres de acción.
El filósofo Jorge Millas tenía razón cuando afirmaba que los
hombres de pensamiento deben pensar como hombres de acción y que los
hombres de acción deben comportarse como hombres de pensamiento.
Quizás si los administradores culturales constituyan uno de los
mejores ejemplos de que esa síntesis propuesta por Millas entre pensamiento
y acción es realmente posible.
Agustín Squella
Asesor Presidencial de Cultura


Motivante pregunta la que nos reúne.

La primera reflexión que me surge es que la gestión cultural es un TRABAJO, en vías de ser una profesión. Me inspiro para ella en las reflexiones del Profesor y colega Cristián Antoine, con quién he compartido buenos momentos de pensar sobre nuestra actividad.

"Profesión", dice Antoine, es la actividad o trabajo aprendido, mediante el cual el individuo trata de solucionar sus necesidades materiales y los de las personas a su cargo, servir a la sociedad y perfeccionarse como ser moral. La profesión es el fruto de la más genuina expresión humana: "la vocación".

Para él, los deberes específicos del profesional son diez:

1. La lealtad a la profesión elegida.

2. La preparación adecuada.

3. El ejercicio competente y honesto de la profesión.

4. La entrega al trabajo profesional como corresponde a una verdadera vocación.

5. La realización de las prestaciones resultantes de este trabajo a favor del bien común y al servicio de la sociedad.

6. El constante perfeccionamiento del propio saber profesional.

7. La exigencia justa de obtener no sólo el prestigio profesional, sino también
los medios para una vida digna.

8. La lealtad al dictamen verdadero, razonado y reflexivo de su propia conveniencia, a pesar de las posibles circunstancias contrarias o contradictorias.

9. El derecho moral de permanecer en la profesión elegida.

10. El esfuerzo constante por servir a los demás, conservando plenamente al mismo tiempo, su libertad personal.

Teniendo en cuenta estos elementos, Antoine afirma que la profesión consiste en la actividad personal puesta de una manera estable y honrada al servicio de los demás y en beneficio propio, a impulsos de la propia vocación y con la dignidad que corresponde a una persona humana.

La gestión y administración de la cultura es trabajo, pero ¿es una profesión? Considero que estamos embarcados en un proceso de convertirla en ello. Somos, como agrupación gremial, un elemento esencial junto con las universidades, que deben perfeccionar más y más sus planes estudios y formación y las corporaciones y fundaciones, constituyen las fuentes más plenas de trabajo para un gestor.

Estos elementos, en juego y complementación con la labor del Estado que por una parte genera los marcos reguladores y por otra estimula la creación artística, fuente natural de nuestro trabajo.

La segunda afirmación, es que la gestión cultural es un ejercicio de la libertad y la diversidad.

Demostrándolo por absurdo. Sin libertad no hay necesidad de gestión cultural. Es decir, en un sistema teórico en que todo en cultura es financiado y organizado por un solo ente, por ejemplo el Estado, no se requiere gestión, sólo producción y el financiamiento está asegurado.

En otro sistema teórico en el que la creación no es libre, es decir, se crea sólo “a pedido” tampoco se requiere gestión cultural. Se creará sólo aquello que está “vendido” a priori.

Por tanto, la gestión cultural es una derivación de la existencia de la libertad de creación y de la diversidad de financiamientos de la actividad artística y cultural. Es decir, en un sistema en el que el financiamiento es escaso y compartido por diversos sectores, la gestión cultural es indispensable.

Podemos afirmar entonces que la gestión cultural nace desde el momento en que hay creaciones múltiples y variadas, esperando por ser conectadas con un público también diverso y variado. Es decir, parte de la afirmación de que por reducida que sea una creación, siempre habrá una audiencia – pequeña o mayor según el contenido - dispuesta a recibirla y valorarla como una manifestación artística o cultural. En los tiempos que corren, no estamos en presencia del artista que crea sólo para satisfacción personal o de un solo individuo (mecenas). La creatividad es un bien social y la forma de hacerlo explícito y concreto es a través de la gestión cultural.

Así como tenemos una diversidad de creadores y de audiencias, también debemos tener una diversidad de gestores. Es decir, gestores dispuestos a emprender acciones de la más diversa índole. No debiera ser concebible una creación cultural o artística que no pudiera lograr un administrador cultural que la gestione.

La gestión cultural es entonces, por definición, diversa y debe abarcar diferentes aspectos de la vida en sociedad.

Una tercera reflexión en que el intento de organizar una agrupación de gestores culturales se enfrenta entonces a DESAFÍOS crecientes.

1. Lo público versus lo privado. Existen gestores culturales tanto en la administración pública central y municipal como en empresas y en corporaciones y fundaciones sin fines de lucro. A todos ellos debemos dar cabida.

2. Lo universitario versus lo no universitario. Hay administradores que han egresado de los postítulos existentes en Santiago (U. de Chile y otras) y regiones (Concepción) y hay otros, seguramente la mayoría de los que están en ejercicio, que tienen una formación en otras disciplinas y han sacado su bagaje de la experiencia. Cómo integrar esa ecuación de experiencia con formación profesional académica, sin descuidar las naturales exigencias de calidad y ética que requiere toda entidad profesional.

3. Lo “francófilo” versus lo “estadounidense”. Existe, un sesgo hacia las experiencias culturales desarrolladas en Estados Unidos o en sociedades de capitalismo liberal de larga data. Por otra parte, hay un buen sector de gestores con formación en Francia y con un sesgo hacia experiencias de mayor intervención del Estado en el desarrollo de la cultura. Cómo logramos un equilibrio entre ambas posturas, que sea a la vez compatible con un mundo globalizado y con las características de nuestro país.

4. La experiencia versus la inexperiencia. Existen sectores con muchos años de trabajo en administración cultural, pero en un ambiente diferente al actual, esto es, menos propicio al desarrollo cultural y centrado más bien en los lugares y espacios ubicados en sectores de altos ingresos. Existen otros administradores con experiencia en labores más locales y de difusión cultural. Existen finalmente aquellos con estudios o gran interés en trabajar en el sector, pero sin gran experiencia.

5. Los docentes versus los “alumnos”. Existe un grupo creciente de profesores de gestión cultural tanto en el ámbito universitario como de institutos tecnológicos y de formación profesional, mientras otros grupos requieren de formación sistemática en el área. Cómo enfrentamos entonces el tema de la capacitación permanente de los gestores.

6. Centralismo versus regiones. Hay gran desconfianza en gestores de ciudades como Valparaíso o Concepción respecto de las iniciativas de la capital. Debemos asumir el desafío de incorporar a todos los gestores del país, a partir de sus propias problemáticas e inquietudes.

7. Los conceptos: gestor versus administrador. De hecho, dos universidades tienen designaciones diferentes para sus postítulos o diplomados. Debemos aclarar los conceptos con que trabajamos. Por ejemplo, se usa mucho la palabra auspicio para referirse a los “patrocinios”, donaciones para un simple intercambio. Debemos hacer un esfuerzo por uniformar lenguaje, conceptos y metodologías.

8. Las corrientes históricas: las universidades católicas versus las laicas; las corporaciones culturales versus las municipalidades... Hay egresados de diferentes universidades que tienen muchas veces visiones distintas y formaciones diferentes. Hay tradiciones de trabajo en departamentos de municipios y otras, de trabajo en corporaciones dependientes de otros
municipios. Debemos integrar a todos y reflexionar en conjunto sobre los planes y programas de formación universitaria.

9. Las organizaciones sin fines de lucro versus las empresas con fines de lucro. Legítimamente hay quienes sostienen que sólo las organizaciones sin fines de lucro son las propiamente culturales. Hay otros que piensan que la persecución del lucro también cabe en esta área. ¿Qué papel cumplen las galerías de arte? ¿Caben en una organización como ésta, sus propietarios? Es un debate a enfrentar.

10. Los administradores versus los productores; los comunicadores versus los manipuladores de medios... Muchos piensan que los productores son un estamento diferente y que de hecho, tienen sus propias organizaciones y redes. ¿Caben en nuestra asociación quienes producen eventos, más allá de su carácter cultural o no?

Pero el asumir esta diversidad no implica necesariamente una
profesionalización.
Y de hecho ha sido así. Se dice que detrás de los grandes creadores hay grandes mujeres. Y ¿qué son sino gestoras las esposas del pintor Roberto Matta, el escultor Sergio Castillo, el novelista Pepe Donoso, el poeta Raúl Zurita y tantos otros?

Otra cosa es que tengan la formación necesaria para ese trabajo y la capacidad de hacerlo profesionalmente. Pero igual la función social se cumple. Desde el momento en que un creador dice a su esposa (o viceversa) que no quiere atender el teléfono a un editor y que hable ella (o él) se está cumpliendo la primera función del gestor cultural: la intermediación. Poner algo (o alguien) entre el creador y el financista de la creación o su multiplicación. La afirmación que subyace es: “yo estoy en este mundo para escribir, no para conseguir tal o cuál cosa de mi editor y mientras más tiempo dedico a crear, mejor producto tendrán los lectores y por tanto, ese editor”. Por ende, el gestor o
intermediario beneficia tanto al creador como a su público o a quién financia la divulgación de su obra.

Es entonces ¿una profesión? No necesariamente. Porque tal función la pueden cumplir y de hecho la cumplen muchas personas que no son “profesionales” del tema. Siguen siendo dueñas de casa, comerciantes o cualquier otro oficio. Lo novedoso de los últimos tiempos es que esa función se ha ido haciendo cada vez más compleja (las audiencias son cada vez más complejas no necesariamente porque hayan variado, sino porque son cada vez más conocidas en sus diversidades y estimuladas sus posibilidades).

Ya no basta una esposa o esposo para negociar con una editorial. Se requiere saber de tiradas, de derechos de autor, de contratos, de tipos de papel, de índices de lectura en varios países, de áreas lingüísticas, de adaptaciones para cine, etc., etc.
Lo mismo con cualquier otro rubro artístico. No basta con la pareja del vocalista para organizar las giras de una banda Rock, o la esposa de un empresario para organizar el concierto de Navidad de una industria. Cada vez más el tema es de profesionales.

El debate entre el creador y quién de una u otra manera lo financia es PROFESIONAL, por ambos lados. Frente a un creador o intérprete existe normalmente una empresa que busca asociarse con su obra para obtener beneficios, sean estas deducciones de impuestos, imagen corporativa o bienestar de su personal. Estos beneficios son evaluados por gerencias de marketing, departamentos de contabilidad y altos ejecutivos, quienes a su vez suelen reportar a directorios que representan a sus accionistas. Es decir, es también un proceso complejo de toma de decisiones que requiere de información adecuada.
Esta información (encuestas, estudios de audiencia, beneficios tributarios, efectos en la imagen corporativa) es imposible que sea entregada por los propios creadores. Sea por falta de tiempo o por ausencia de conocimientos especializados. Se requiere entonces de profesionales que lo busquen, la ordenen y la presenten a quienes corresponda.
Este es un trabajo profesional. Semejante al que una agencia publicitaria hace con su cliente para persuadirlo que debe (o no) invertir en tal o cual media de comunicación).

Por tanto, vamos al menos desarrollando el perfil del profesional posible a quién llamamos el gestor cultural.

§ El primer rasgo, no necesariamente el más importante pero quizás el que nos ha abierto mayores espacios, es la capacidad de comunicación. Un colega afirmó que “en los medios masivos de comunicación no hay una mirada al proceso que hay detrás de un espectáculo. La gestión cultural NO está en la agenda de los MCM”

La difusión de la acción cultural en los Medios Masivos de Comunicación es INDISPENSABLE para obtener su financiamiento. En este terreno, la comunicación es necesaria para convocar a las audiencias a las manifestaciones culturales; para difundir las marcas que desean verse asociadas a la manifestación cultural, y para crear una imagen positiva que sensibilice a los responsables de asignar fondos públicos a la cultura.

§ Otro elemento del perfil del gestor cultural tiene que ver con su capacidad de conocer las audiencias o públicos. Es su capacidad “sociológica”. El Gestor debe ser capaz de crear producciones para diferentes audiencias. Considerar su capacidad de difusión (convocatoria). Con objetivos diferentes. Ej. Día del Patrimonio para un impacto masivo. Ej. Feria de Joyas para obtener recursos para otras producciones.

§ Un tercer elemento es su capacidad de obtener financiamientos para los productos culturales. Existen variados tipos de financiamiento cultural. El Público: busca el desarrollo cultural de la nación, Ej. Fondos concursables. El de empresas o personas: buscan publicidad, aprovechan estímulos tributarios, Ej. Ley Donaciones, y el financiamiento por la vía de las audiencias: buscan una prestación artística, Ej. Las industrias culturales y la taquilla. En este sentido, el FINANCIAMIENTO es un trabajo ESTRATÉGICO.

Debe ubicarse al más alto nivel de una organización cultural. Con capacidad de Formular Políticas de Imagen y Difusión y Proponer producciones de apoyo y usos de espacios y recursos.

Tomado de:
Portal Iberoamericano de Gestión Cultural www.gestioncultural.org
Texto cedido por el autor al Portal Iberoamericano de Gestión Cultural para su publicación en Boletín GC

ADOLFO COLOMBRES
Buenos Aires, septiembre de 2008

Aunque la UNESCO fue creada en noviembre de 1946, en su primer cuarto de siglo no avanzó mayormente en el tema de las políticas culturales, probablemente a causa de las dificultades que se advirtieron desde un principio para fijar una filosofía común en las materias de su incumbencia, por el hecho de hallarse en ella representados numerosos gobiernos retrógrados y hasta dictatoriales, a los que nada seducía el desarrollo cultural, por el alza de la conciencia que ello conlleva. Se podría decir que las piedras fundamentales en esta materia, dejando atrás una etapa meramente conservacionista del patrimonio arqueológico de la humanidad, se pusieron a partir de la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales, organizada por dicho organismo en 1970 en la ciudad de Venecia. Las líneas que allí se trazaron fueron profundizadas luego por conferencias intergubernamentales regionales. Éllas fueron: Eurocult, o Conferencia Intergubernamental Sobre las Políticas Culturales en Europa (Helsinki, 1972); Asiacult (Yogyakarta, 1973); Africacult (Accra, 1975); y Americacult (Bogotá, 1978).

En Venecia se vio ya la necesidad de superar la concepción elitista de cultura, que la definía en términos puramente artísticos, para adoptar un concepto antropológico. Si bien el arte siguió siendo la parte más relevante del concepto, éste pasó a comprender también las costumbres, creencias, modos de vida, ciencia, tecnología, etc. Se reconoció el hecho de que los grupos humanos tienen una cultura específica, y sobre todo el derecho a cultivar esta particularidad, el que se incorporó al conjunto de los derechos humanos esenciales, cubriendo un vacío de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en 1948. En Venecia se puso de manifiesto que es deber del Estado crear las condiciones para que tal derecho pueda ser ejercido.

Dicho organismo ha subrayado en múltiples documentos la gran correspondencia que existe entre desarrollo económico, desarrollo cultural y promoción social, rompiendo la creencia anterior de que el desarrollo era una cuestión puramente económica, y que sin un previo progreso en este campo no podía darse un desarrollo cultural. Se vio que difícilmente se alcanzará un desarrollo económico estable, armonioso y capaz de mejorar realmente las condiciones de vida de los pueblos sin un desarrollo cultural paralelo. Al decir cultura se decía también educación, medios de comunicación y respeto a los ecosistemas, para evitar un desarrollo irracional, ecocida y en consecuencia anti-cultural. Entendido de esta manera, el desarrollo cultural se convierte en un instrumento para alcanzar el desaRrollo económico y social, y también en un modo de reafirmar las identidades nacionales, como lo puntualizó la Conferencia de Yogyakarta. Se señaló también allí que sólo el desarrollo cultural podía actuar como elemento compensador, de equilibrio o control de una transferencia tecnológica y científica intensiva. El control exige una adaptación de los modelos incorporados a las características sociales y culturales propias, así como a las reales necesidades de los pueblos.
En Americacult, o Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas Culturales en América Latina y el Caribe, se destacó que corresponde al poder público formar especialistas en desarrollo cultural, señalándose al efecto cuatro dominios básicos, a saber:

a) Administradores de asuntos culturales;
b) Animadores culturales;
c) Especialistas en la preservación del patrimonio cultural; y
d) Archivistas, museólogos y bibliotecarios.

Las dos primeras categorías tienen que ver con el diseño y puesta en práctica de políticas culturales; las dos últimas serían de orden más técnico. Pero al hablar de administradores y animadores esta Conferencia repite un modelo elaborado en Europa, sin especificar cómo dichos operadores orientarán su práctica en una realidad signada por la dependencia, por un largo colonialismo cultural. Porque no se puede soslayar la triste circunstancia de que en América, y nuestro país no es para nada una excepción, la cultura nacional tiene que remar siempre contra la corriente, derrochar su energía en conseguir los mínimos espacios y recursos que precisa para manifestarse, porque la vía ancha sigue estando consagrada a una cultura elitista que se nutre con lo ajeno, es decir, con las modas y tendencias metropolitanas. Y qué decir ya del campo de las culturas subalternas, donde son casi inexistentes los recursos destinados a apoyar su desarrollo autónomo. En tales circunstancias, el desarrollo de la cultura nacional y popular debe pasar indefectiblemente por un proceso de descolonización profunda de la conciencia y de las prácticas simbólicas. Esto, claro, no ocurre por ejemplo en Francia y España, que son los países donde se gestaron principalmente estas políticas. La lucha por las autonomías se da allí en un plano más simétrico, pues nadie llamaría a la cultura catalana una cultura subalterna.

En consecuencia, el personal no puede formarse como si fuera a trabajar luego con vientos propicios, en el marco de una cultura reconocida, desarrollada y que goza de plena salud, sin complejo alguno de inferioridad ni vestida con el pobre ropaje de lo periférico. Hay cuestiones que deberá conocer a fondo, como la compleja interacción entre cultura popular y cultura de masas, entre cultura popular y cultura ilustrada, y entre cultura nacional y cultura universal, dialécticas casi borradas hoy por el proceso de globalización neoliberal, el que pretende acabar así con la fundamental dialéctica de lo propio y lo ajeno, que diferencia el campo de pertenencia del campo de referencia. Deberá conocer también los mecanismos de dominación, las formas históricas de penetración cultural, y sobre todo las vías para alcanzar en lo simbólico una desasimilación del modelo dominante y el pleno control de la cultura.

Lo que la Conferencia de Bogotá (Americacult) propuso, en líneas generales, es formar con igual dedicación operadores culturales tanto a nivel de las bases populares como de los sectores especializados, pensando que sus tareas no se superponen, que a cada cual le corresponde un ámbito específico. La formación de los animadores debía quedar a cargo de los gobiernos, como una parte indeclinable de su política cultural, mientras que la formación de los administradores de hecho se confiaba a los centros académicos, y en especial a las universidades.

EL TRABAJO EN LA BASE: ANIMADORES y PROMOTORES
La UNESCO definió a la animación socio-cultural -así se la caracterizó finalmente- como "el conjunto de prácticas sociales que tienen como finalidad estimular la iniciativa y la participación de las comunidades en el proceso de su propio desarrollo y en la dinámica global de la vida sociopolítica en que están integradas". Esta definición, además de ser demasiado amplia (lo que ha permitido incluir una serie de prácticas que de hecho tienen o deben tener su propio régimen, como la educación popular), no apunta a nuestro juicio al desarrollo cultural en sí, desde que se limita a utilizar elementos culturales en la promoción social de las comunidades. El desarrollo cultural es algo mucho más complejo, que debe encararse en forma orgánica. Al definir el concepto de cultura, Lévi-Strauss, junto al requisito de su originalidad (entendida como diferencia en relación a las otras culturas con las que se confronta), señalaba el de la globalidad. Para cumplir con este último requisito, una cultura, entendida en un sentido antropológico, debe abarcar todos los sectores de la actividad humana, por más simple que sea su tecnología e imaginarias sus explicaciones, y mantener entre dichos sectores cierta armonía o coherencia. Esta idea es útil para entender que el desarrollo cultural, para ser verdaderamente tal, debe ocuparse de todas las áreas de la cultura, contemplar su aspecto orgánico, sin que ello implique que no pueda privilegiar a un área sobre otra, en función de los antecedentes históricos de una sociedad. Bajo esta concepción, no puede llamarse desarrollo cultural a la utilización de elementos de la cultura para otros objetivos, por nobles que sean, y tampoco al desarrollo inorgánico, no pensado en toda su complejidad y con un sentido estratégico.

Acaso la mayor falencia de la animación socio-cultural es haber invisibilizado a las distintas formas de dominación cultural que operan en la dialéctica de nuestros países. Aun más, se podría decir que el colonialismo subyace en su propuesta, pues nació pensada como una política oficial destinada a los sectores populares, a quienes se quería desarrollar culturalmente con el mismo ánimo de servicio social con el que los enfermeros van a vacunar en un barrio pobre. Aunque se ofreciera alguna participación al grupo, se trataba de una acción realizada por especialistas ajenos a él (o sea, de agentes externos), quienes decidían lo que era conveniente o posible hacer, y tal acción le llegaba como un don. Así, el papel de uno era dar, y el del otro recibir, lo que configura la estructura binaria de la dominación paternalista, que actúa por sustitución.

Ander Egg decía que la animación socio-cultural no podía ser considerada una ciencia, simplemente porque carecía de una teoría propia, en el estricto sentido de la palabra teoría, ni tampoco una modalidad específica de conocimiento de la vida social y cultural: sería tan sólo una tecnología social. La promoción cultural, que se presenta aquí como una alternativa más ajustada a la triste realidad de nuestros países, se apoyaría en lo que he llamado escuela mexicana, por ser una práctica que pudimos realizar en dicho país con antropólogos y otros especialistas que trabajaron en los campos de la educación indígena y las culturas populares, y a la que me tocó sistematizar en el Manual del Promotor Cultural.

La promoción cultural no es una mera tecnología social, sino una teoría específica que se convierte en práctica en un contexto también específico: el popular. Es por eso que el volumen 1 de dicha obra se llama justamente "Bases teóricas de la acción". Ella no puede ser desligada de la idea de autogestión, de un movimiento cultural surgido del grupo para asumir el control y descolonización de su cultura. De lo que se trata, en definitiva, es de recuperar la integridad de una cultura fragmentada, devolverle su coherencia, explorar sus posibilidades, definirla como un modelo totalizador, oponible al modelo dominante. Más que una política, la promoción cultural es una acción de apoyo a las políticas que se fijen los sectores populares. En la elaboración de éstas, el agente externo puede asesorar, pero no tomar decisiones por su cuenta, desde que no se le asigna en dicho proceso un rol protagónico. El verdadero promotor cultural no es un agente externo sino interno, un militante del grupo al que pertenece y no alguien formado en otros contextos para actuar en cualquier parte. Quienes lo apoyan, no serían en esencia promotores culturales, sino técnicos puestos a su servicio, por su propia iniciativa o enviados por el Estado o una institución privada luego de un acuerdo previo de trabajo, cuyas condiciones deben estipularse con toda claridad para especificar los roles y evitar así conflictos.
Para poder cumplir con las múltiples acciones que requiere un desarrollo cultural debidamente planificado, la promoción cultural debe, en la medida de lo posible, atender a la especificidad de su función, dejando el manejo político y económico, así como la asistencia educativa y social, en manos de otras organizaciones del grupo o controladas por él. La importancia capital de un desarrollo cultural orgánico y manejado por los sectores populares radica por un lado en la toma de conciencia histórica que ello implica, y por el otro en el hecho de que sólo la cultura puede dar al desarrollo de una sociedad una dirección propia que le permita salvaguardar y reelaborar su identidad. Sin cultura, toda diferencia será arrastrada por las tumultuosas aguas de la globalización.

GESTIÓN CULTURAL y CUL TURAS SUBALTERNAS
El concepto de administración cultural no tardó en ser cuestionado por los sectores ilustrados, en el entendimiento de que esta función excedía el simple manejo de los recursos públicos o privados de la cultura, al requerir una gran cuota de creatividad. Fue así reemplazado por el de gestión cultural, que se consideró más pertinente. No obstante, las ciencias sociales definen a la gestión como la tarea y el efecto de administrar una empresa de cualquier tipo, así como los organismos públicos. Tanto en la esfera privada como en la pública, la gestión implica normalmente una obligación de rendir cuentas, que se instrumenta a través de informes y balances sobre el uso tanto del presupuesto asignado como de los otros recursos puestos bajo su control. El diccionario de Corominas homologa asimismo el verbo gestionar con el de gerenciar, hoy aplicado casi exclusivamente en el ámbito económico. Para redimirlo, Santillán Gliemes aclara que gestar es también dar origen, generar, producir hechos, conducir, realizar acciones. Ello puede ser correcto y pertinente como propósito en el ámbito de la cultura ilustrada y la formación académica de especialistas en desarrollo cultural, pero al aplicarse al campo popular resulta políticamente excesivo.

Es que el promotor cultural, más que gestar lo que no existe aún, recupera lo existente, lo pone en valor y potencia de manera creativa. Más que crear y generar por su cuenta, interviene en la reformulación colectiva de la cultura a la que pertenece, pues más que ante una estética de la subjetividad, que caracterizaría al gestor, se halla involucrado en una estética de la comunidad, que tiene mecanismos distintos, y hasta opuestos, para construir la realidad.

Promover es más humilde que gestar o recrear individualmente un patrimonio colectivo. Es tan sólo adelantar, hacer avanzar algo, activarlo. Su anclaje en las culturas subalternas es total, pues busca en cada caso generar una teoría y una acción ajustadas a la realidad del propio grupo al que se pertenece, con miras a su descolonización profunda. Las políticas son además diseñadas y ejecutadas por las mismas organizaciones populares, en un proceso de autogestión conducido por miembros calificados del grupo. La función de los agentes externos es sólo de apoyo, como se dijo, y su actitud debe ser de servicio, no de mando. El proceso servirá así en primer término al pueblo que lo produce y no a otros sectores. La promoción cultural no se propone llevar al opresor la cultura de los oprimidos, ponerla en sus manos como un paquete precioso que le permitirá limpiar su conciencia y enmascarar la continuidad de la situación.

Vemos entonces que un gestor cultural no puede ir a gestar creativamente las culturas subalternas, pues eso sería usurparles un rol fundamental para su liberación con un método paternalista, por seductores que resulten sus frutos. Si decide trabajar en este campo, tendrá que limitarse a promover, a activar los mecanismos de la conciencia reflexiva y apoyar humildemente el proceso con las armas de su especialidad, pero como un simple asesor. Claro que muy pocos gestores se allanarán a cumplir un papel tan simple y subordinado con un grupo popular, sin manejo gerencial alguno, después de haber estudiado varios años para conducir los "altos destinos" de la cultura. Por otra parte, la formación académica tiene en este aspecto mucho de deformante, por el papel mesiánico que la inspira, un racionalismo enamorado del pensamiento abstracto y tributario de categorías ajenas para el análisis de la realidad americana. Su vocación nace arriba, en el campo ilustrado de la cultura, y en algún momento, atraído por la cultura popular o enviado por quien lo contrata, acepta "descender" o condescender a ella, utilizando teorías y prácticas que suelen resultar ineficaces en este medio, y a menudo patéticas y hasta conflictivas, por lo que se termina haciendo a estos sectores más daños que beneficios.

Lo grave de este "descenso" redentorista de la gestión cultural hacia lo popular es que viene borrando en los últimos años la dualidad establecida por la UNESCO,  produciendo así una virtual unificación que termina de instalarla como hegemónica. Los criterios propios de lo que caracterizamos como promoción cultural son desplazados por políticas que no buscan apoyar el desarrollo cultural genuino de los pueblos, sino imponerles técnicas cada vez más despolitizadas, que ignoran su situación en el mundo, su proceso histórico específico y los valores que vertebran su imaginario. Y no puede ser de otra manera, porque el perfil del gestor cultural nada tiene ya que ver, gracias a la creciente colonialidad de las ciencias sociales, con el de un militante de base que opera en su cultura y desde ella se proyecta hacia los otros campos del quehacer, para fortalecer la identidad y conciencia de su comunidad a fines de que ésta pueda defenderse mejor de toda forma de opresión. Se trata más bien de un profesional con formación universitaria, por lo común proveniente de la clase media e incluso alta, o de un intelectual con un vasto currículum vitae y cursos de postgrado en el exterior que ostenta como broches de oro.

Entre el vasto campo de actividades que los medios académicos fijan a la gestión cultural, un estudio de la UBA pone a la administración de los recursos de la cultura, el gerenciamiento y la cooperación, la promoción artística, la integración social, la animación sociocultural (la que, como vimos, no se focaliza en el desarrollo de la cultura), el manejo del patrimonio, el turismo cultural, las industrias culturales, las relaciones interculturales a nivel nacional e internacional, la producción y comercialización de artesanías, la producción de bienes y servicios culturales, la formación de formadores, los medios de comunicación, la investigación cultural, etc. Se considera necesario para el desempeño de estas actividades contar con estudios de antropología, sociología, psicología, teoría del arte y la cultura, historia y otras disciplinas ligadas a los ámbitos especializados más que a los saberes (y la sabiduría) populares. La formación especializada en ciencias humanas, con el complemento de un buen manejo de la faz técnica, parece hoy inseparable de la idea de gestión cultural.

Desde ya, esta exigencia de una fuerte profesionalización deja fuera de registro la figura del promotor cultural, como un simple amateur que no puede ir muy lejos ni hablar de igual a igual con los profesionales. Por otra parte, es muy raro que el promotor cultural tenga recursos que administrar y sobre los cuales deba rendir cuentas. Rara vez habrá un presupuesto depositado en un banco. Los proyectos surgen de un deseo profundo o una necesidad imperiosa, y los recursos irán apareciendo sobre la marcha en escasa medida, aportados en forma solidaria por quienes se sienten militar en una causa que mejorará sensiblemente su calidad de vida, al dar a ésta un sentido profundo. Con frecuencia, incluso, esos recursos no logran juntarse y el programa se archiva como el cadáver de un sueño.

LAS MISERIAS DE LA GESTIÓN CULTURAL
Los medios académicos piden al gestor cierta sensibilidad social en el ejercicio de su profesión, lo que es de por sí una confesión de que se opera desde arriba hacia abajo, promoviendo una acción dentro de grupos subalternos ajenos a su esfera social, y sin contar mayormente con ellos, pues si se tratara de un proyecto compartido y cogestionado este requisito estaría de más. El énfasis no se pone en la formación y desarrollo de una conciencia y una identidad nacional, étnica o social, sino en la gestión de los recursos. Pareciera que nada es más importante en este terreno que conseguir fondos a como dé lugar, y a menudo para lograrlo muchos se casan con el Diablo, vistiendo a las transnacionales y a los gobiernos corruptos de vestales del fuego sagrado de la cultura. Quienes hacen todo lo posible por destruir la diversidad cultural y degradan el medio ambiente posan así de adalides de la defensa de la identidad nacional y cruzados del desarrollo sustentable. Por este camino, la gestión cultural se convierte en fiel instrumento de la mercanti!ización de la cultura, y la vemos muy ocupada tanto en cantar loas al consumo cultural (¿ver un film es consumir cine?) como en forzar las puertas de los sistemas simbólicos para que puedan irrumpir en ellos los depredadores del sentido, vestidos con los terciopelos del Progreso. Y todo esto sin perder la cacareada "excelencia" (palabreja clave de los que nunca llegan ni pretenden llegar al fondo de la realidad) de un profesionalismo garantizado por universidades del "centro" (como si toda acción cultural verdadera no tuviera su propio centro).

De más está decir que nada tiene esto que ver con el tan proclamado derecho de los pueblos de disponer de sí mismos. Si algo de tales formas de gestión les llega, no es, como se dijo, para apoyar honestamente su autogestión cultural, sino para probar en su medio nuevos productos de ese viejo mesianismo de cuño occidental, que consiste en llevar la cultura a los pobres que no la tienen (en un bonito tren, de ser posible), de ocuparse de ellos como si fueran objetos inanimados a los que hay que sacar de las sombras de la exclusión y dibujarles un futuro en el que puedan consumir mucho, entrar en la fiesta del despilfarro y la adoración de las mercancías, renunciando por cierto a todo sentido sagrado del mundo, pues eso, hoy en día, no es más que atraso y superstición.

Este nuevo paternalismo se alimenta en una representación pasiva de la condición subalterna, sin que su mirada distorsionada en los círculos áulicos le impida ver en detalle las distintas formas de resistencia de los sectores populares, a menudo dramáticas por el desamparo y escasez de medios en que se articulan, como si no hubiera nadie dispuesto a garantizarles en la pequeña parcela del mundo que les toca los derechos universales de la cultura. Las energías de estos gestores se consumen así en una graciosa danza ante los ejecutivos de las transnacionales, convencidos de que también el imperialismo cultural tiene su lado bueno, aunque más no sea por las limosnas que destina a sus víctimas. Claro que no en forma directa, sino a través de estas estructuras de mediación que garantizarán que los recursos sean bien empleados y contabilizados, porque no vaya a ser que se queden con algunas migajas.

A MODO DE COLOFÓN
Esta ponencia apunta a detener el avance de los gestores profesionales sobre el derecho de los pueblos a gestar su propia cultura y establecer sobre sus elementos un pleno control cultural, lo que requiere forzosamente un proceso de autogestión. También a comprometer al Estado en la formación de agentes internos en el seno de los grupos subalternos, vistos éstos como sujetos colectivos con un proceso histórico propio y no como una población amorfa y carenciada La función de dichos promotores será así promover desde adentro su propio desarrollo cultural, para alcanzar una modernidad paralela mediante la conciencia reflexiva de su ser en el mundo y la reelaboración actualizadora de su imaginario. Dichos cursos no pueden montarse sobre los diseños curriculares y las prácticas de la gestión cultural, sino desde esa otra mirada que arranca de abajo y puede subir hasta donde pueda o quiera, pues quien forjó sus armas en esta "periferia" puede ver mejor las enfermedades y deformaciones ideológicas del "centro", los tributos que se le rinden bajo la entusiasta coreografia del sometimiento, esas reverencias que, cuando involucran lo propio, no hacen más que enmascarar al proceso de globalización neoliberal, la colonización pedagógica y el imperialismo cultural.

Porque quien viene de abajo y ha experimentado en su propia piel el dolor de la opresión y la exclusión, tendrá más conciencia de lo que significa esta guerra de imaginarios en que estamos empeñados, así como de los desgarramiento s de la dialéctica de lo propio y lo ajeno. Sabrá también que lo propio no debe encerrarse en sí mismo, sino aspirar a otro modelo de mundialización más justo y sustentable, capaz de garantizar la diversidad cultural como patrimonio común de la humanidad. El fin no es otro que reculturar el mundo, y sobre todo a quienes lo conducen. Humanizar el desarrollo y devolver a la acción cultural su carácter emancipador, para que deje de ser un juego de niños grandes, practicado cuando el lobo no mira. Pensar la cultura como política, como acción estratégica y militante para rescatar a la humanidad del abismo en que se está precipitando.