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MATTA, REALISTA DEL SUR
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Miguel Rojas Mix |
¡Qué
bella cosa es la perspectiva!
Paolo Ucello, en Vasari: Vida de artistas |
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Los numerosos periódicos que se hicieron eco de su muerte,
decían de él que era el último surrealista. Todavía en vivo
y en directo al catalogarlo un periodista de surrealista,
replicó: «No. Yo soy un realista del Sur.» Es probable que,
como ningún otro creador –al menos de los que yo he conocido–,
Matta haya encarnado el prototipo
del homo ludens que describió
el perspicaz Huizinga. Retozaba
con las palabras y con las formas; jugaba la cultura, con
el candor de un niño y la profundidad del sabio, recreándola
con los malabarismos prodigiosos del jugador que saca sin
cesar «cartas de las mangas». El pensamiento unido al gesto,
la inteligencia a la mano. Una mano y una facilidad de factura
que, prodigiosas, le permitían pintar con la misma rapidez
y los mismos humor y agilidad con que pensaba y hablaba.
En
efecto, después de la muerte de Dalí, Roberto Sebastián Matta
Echaurren era el último surrealista.
Como se le ha catalogado para la historia del arte. Pero si
ya en vivo formaba parte de ella, no había sido por longevo,
sino por precoz. Tenía sólo treinta años en 1942 cuando posó
en Nueva York, junto a Breton, Max Ernst,
Léger, Mondrian,
Masson y otros, para el más famoso de los retratos del grupo;
y todavía parece un adolescente en la foto en que se le ve
con el pintor catalán Esteban Francés, de apenas tres años
antes. Es que Matta era ya un maestro
cuando los jóvenes de su generación seguían siendo aprendices.
Desembarcó
en París en 1936 y de inmediato se juntó a Breton,
Picasso, Max Ernst
y paro de contar, para fundar un movimiento plástico que reivindicaba
el sueño, los automatismos y los fondos primitivos del ser
humano. El surrealismo fue, sin duda, la escuela originaria
de Matta, y su espíritu el que sopla
en su humor y en su inteligencia. Pero si el surrealismo lo
crió, él dio al surrealismo una dimensión original, un espacio
único y múltiple. Dicen que Paolo Ucello
despertaba en las noches a su mujer diciéndole «¡qué bella
cosa es la perspectiva!», algo semejante debe haber sentido
Matta en las noches cuando pensaba
en sus pinturas. El espacio era una obsesión, gestada en su
formación de arquitecto. Matta creó
un paisaje original, hecho de dimensiones en movimiento, donde
se superponían las atmósferas, los elementos, las perspectivas,
las acciones, las sensaciones, las ensambladuras, los acoplamientos,
las extraversiones. Un espacio lúdico, espacio de sentidos
múltiples y donde su locuacidad perseguía las palabras, porque
de él sólo el sentido común estaba excluido. Esta alquimia
dio como quinta esencia lo más valioso de su estilo: un espacio
expresivo, un espacio verbum...
Marcel
Duchamp decía en 1946: «la primera
contribución de la obra de Matta
a la pintura surrealista, y la más importante, fue el descubrimiento
de regiones del espacio, desconocidas hasta entonces, en el
campo del arte. Matta siguió a los
físicos modernos en la búsqueda de su nuevo espacio, espacio
que, a pesar de describirse en la tela, no de-bía
ser confundido con una nueva ilusión tridimensional».
No
sé si Matta siguió a los físicos
modernos, que entonces se llamaban Einstein
y Heisenberg. Tal vez le bastó imaginarse
un «espacio vivo», telúrico, magmático, o reflexionar como
arquitecto sobre el espacio habitado, ¡qué sé yo!: un «espacio-génesis»,
«espacio-acción» o, mejor, un «verbo-espacio», pues rebasado
lo puramente geogónico e histórico, agregando a la acción
el sueño, la fantasía, la utopía, y sobre todo el «verbo»
en sus múltiples acepciones y relaciones: vox, verba, verbum
y dictum: palabra, sonido
articulado, sentimiento, pensamiento, proverbio, máxima y
sentencia, incluso humor y sátira, pues un dictum
es una expresión feliz, un rasgo de ingenio, una agudeza,
pero también puede ser un dicterium,
una expresión picante, sarcástica, hija del talento de la
persona que la pronuncia y de sus relaciones con la sociedad.
El verbo es palabra en el sentido del verbum
latino, acción y estado en sentido gramatical, creación y
divinidad en los sentidos de que «en principio era el verbo»
y «el verbo se hizo carne»...
Bien
que esta idea de verbo no se halle desarrollada lingüísticamente
en Matta (él, más que teorizar, prefería verbalizar), está presente
en numerosas obras: Verbe
arbre se titula un óleo de 1981; y Verbo América
no es sólo una gran tela de 1981, sino el título de la exposición
retrospectiva que organizó en España el Ministerio de Cultura
en 1983: El Mediterráneo o el Verbo América.
Es
posible que Matta haya descubierto
este espacio del verbo siguiendo la física moderna. Lo paradójico
es que, si es verdad que lo descubrió en la física, ella le
condujo a encontrarse con las formas de expresión de los «medios»
modernos considerados los menos científicos: y, a la vez,
con las más antiguas tradiciones de la pintura. Por una parte,
con los cómics; por otra, con los códices precolombinos. Dos formas
gráficas en que el espacio está destinado a la narración.
¿Qué tomó, pues, de la física moderna? El espacio-tiempo.
Restituyó al espacio la dimensión del tiempo a la que había
renunciado hacía casi medio siglo la perspectiva occidental.
Era un espacio que ya conocían los códices y los murales precortesianos,
el arte oriental y que había practicado durante siglos la
pintura medieval, antes de que el Renacimiento institucionalizara
la estética de la «modelo que no se mueve». Esta recuperación
del tiempo, además de entregarle un espacio rico en posibilidades
narrativas puesto que le permitía representar la acción exterior
e interior, los movimientos y las fluctuaciones de la materia
y del ente sensible, ser a la vez realista y surrealista,
lo vinculaba a las más viejas tradiciones americanas, al telurismo
de sus tierras natales y a la escritura de los primeros hombres
que la habitaron; le permitía ser más que un sur-realista,
un realista del sur. A diferencia, eso sí, de los que le precedieron
en esas «crono-arquitecturas», Matta
no va a inscribir el tiempo en un entorno óptimamente plano,
trivializado, que sirva únicamente
para contar la historia, sino que va a hacer del espacio un
escenario. En este sentido su pintura tiene una dimensión
teatral, barroca. Es una escenificación con luces, telones
transparentes, tornavoces y tramoyas; porque tiene una doble
función: narrar y comunicar. Cuenta y hace actuar, por un
lado, y, por otro, es una dimensión sensible que transmite
los movimientos del ser y del cosmos, las erupciones del magma
y las pulsiones del espíritu.
Paul Klee en el Teatro botánico crea un paisaje que no puede
identificarse con el panorama exterior, sino que es eminentemente
interior, donde lo visible se funde con lo sensible. Semejante
es la actitud de Matta en sus obras
más tempranas. Escucha vivir, de 1941, es la primera
de una serie que realiza el artista durante su viaje a México.
Ese año parte Matta con Motherwell,
Ann (su primera esposa) y Bárbara
Rice desde Nueva York con destino a Veracruz. Después de una breve escala en
La Habana se dirigen a pasar el verano a Texaco,
donde se había instalado ya una verdadera colonia de escritores
americanos. Se encontraban todos los días en el café frente
a la Catedral, pero se trabajaba intensamente. Fue casi por
casualidad –confiesa él mismo– que sus pinturas comenzaron
a tomar la forma de volcanes. Comenzó a utilizar la luz, no
como un foco que viene del exterior y que refleja superficies
y crea volúmenes con la lógica de la vela o del plein
air, sino como un fuego interior que puede prenderse en
diversos puntos, sin estar sometido a otra lógica que la del
sentimiento: «Sólo los sentimientos que hacen mal son visibles»,
afirma; y agrega: «El tratamiento que hacía de la llama me
llevaba a eso. Yo veía todo en llamas, pero desde un punto
de vista metafísico, yo hablaba de “Más allá del volcán”.»
Es difícil no asociar esta frase a lo que representó, pocos
años más tarde (1947), la aparición del libro de Malcolm
Lowry Under
the Volcano (otro contacto sensible con México), donde a semejanza
de los espacios telúricos-sicológicos de Matta,
el escritor utiliza como trama de la historia novelesca una
infinidad de planos que vamos descubriendo poco a poco en
la medida en que rompemos sus resistencias, forzándolos con
nuestros deseos de ir más allá o con nuestro apetito de saber.
Pero si Lowry tiene en común con
Matta un insaciable deseo de conocer, difiere de él en que
su obra muestra la imposibilidad de comunión con el otro,
la dificultad de salir de la sombra y del enclaustramiento
del «Yo», tiempo y mundo, y llegar a la transparencia del
«nosotros». Donde Lowry es desesperanzado,
Matta es optimista. Veremos cómo
más tarde hará intervenir el vitreur,
ese personaje insólito, serio y humorístico, que anda creando
las transparencias necesarias para la comunicación. Es posible
que sea incluso en esos años cuando haya nacido en Matta
la idea de este personaje... Pocos meses después de su llegada
a México, le tocó asistir al nacimiento de un volcán, el Paricutín,
en plena zona de lo que había sido la cultura tarasca. Allí
presenció no sólo las erupciones del magma, sino que se encontró
con un dios que era a la vez serio y humorístico, un «ideal-ídolo»,
cuya apariencia hierática y autoritaria de dios resultaba
notablemente socavada por el hecho de que dependía de los
hombres para que lo alimentaran... Escucha vivir se
desarrolló en el mismo sentido de La Tierra es un hombre.
Quizá una forma de ecología inconsciente (la ecología es otra
de las grandes preocupaciones del artista). Yo veía que sólo
el equilibrio podía permitir la vida libre y en paz. Un paisaje
está en paz cuando no hay catástrofe visible y, sin embargo,
ecológi-camente es terriblemente violento: se están devorando. Hay
que captar lo que está detrás de la apariencia. La vida no
es solamente antropomórfica, es aventura, ecuación, relámpagos
de energía, de afecto, de deseo.
La
Tierra es un hombre,
de 1942, es un auto-paisaje, donde, a partir de sus sensaciones,
transforma la vista de México. Nada se puede leer en forma
literal ni geológica, ni ninguna cosa es permanente. Rápido,
pintado con esponjas para disolver y «airear» los colores,
superponiéndolos, el paisaje se encuentra en una ebullición
permanente de flujos y reflujos: un espacio detrás del otro.
Es el telurismo de la creación: lo infinito y el misterio
interior del hombre. Un crítico señalaba: |
La pintura todavía inconclusa de Matta,
contenía exactamente las implicaciones de su título; una
nebulosa cósmica que palpita, que es a la vez explosión
e implosión, un centro visceral tan extenso como cualquier
otro universo que podamos imaginar. Con una penetración
quirúrgica que frisaba con la locura, Matta
había invadido una de las enigmáticas máquinas de carne
de Tanguy y descubierto una totalidad
cósmica que era a la vez tierra y hombre.
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Como
el mismo Matta lo sugiere en un
comentario, La Tierra es un hombre es una referencia
fundamental en su filosofía pictórica. Desde el principio,
la hipótesis de trabajo es que hay en el ser una energía no
identificada, la de la materia mental... |
En ese primer día del mundo, las imágenes más importantes
deben de haber sido explosiones de gas, llamas, desintegraciones:
fenómenos que no pueden imaginarse sino en el dominio de
la química... Si pudiéramos avanzar más en la geología mental,
ir a lo más profundo de este estado, veríamos un hervidero
de energías funcionando eternamente en cada especie. Gracias
a las matemáticas, al lenguaje, podríamos llegar a separar
las unas de las otras, a identificarlas, a nombrarlas. Las
llamaríamos cólera, voluntad, pero yo veo una imagen que
se asemeja más a la energía del sol. El sol es una pelota
de energía que se reconstituye explotando, que se da vuelta
sobre él mismo, se «reorganima»
constantemente. En cada individuo hay un núcleo de donde
viene la energía y que, al mismo tiempo, modifica y ritma.
Este núcleo, a falta de otra palabra, sólo se puede llamar
sol (soleil), pero se le
podría bautizar umbral (seuil).
Es el principio de que «La entrada está a la salida», un
foco energético comparable al sistema solar, porque tenemos
dentro de nosotros otros núcleos que tratan de separarse
pero que son retenidos por las leyes de la gravitación alrededor
de Mí, del Yo, de lo único de cada uno. La energía humana
es un sistema en expansión en un universo, como un cosmos.
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«El
espacio es el vacuum donde tiene lugar la vida», escribía
Matta en su Scribble:
In Book, 1939-1940. En este
espacio que muestra el destino del planeta que se disuelve
en innumerables posibilidades hacia el pasado y hacia el futuro,
en este espacio en que todo se diluye antes de llegar a objetivizarse,
a representar, sólo unas pocas manchas de color brillante
funcionan como indicadores y anclan la imagen en determinados
puntos. Son las luces del desorden. Les Puissances
du desordre
es una gran tela de 1964-1965 que conserva el Museo de Arte
Moderno del Centro Pompidou en París y que tiene escrito al dorso, en cada lado:
«L’Heure de la verité» (La hora
de la verdad). «El orden perfecto se parece a la muerte...
Me interesa el desorden en cuanto a la luz, en cuanto a fuente
de energía y renacimiento», sigue repitiendo Matta cuarenta años después en el Catálogo de su exposición
de Madrid. En este «caos», los colores desempeñan el papel
de figuras u objetos, por su audacia y por su enfrentamiento
con los grandes espacios. Son objetos en el sentido etimológico
del término, en el sentido objectus: lo que se opone al ser, o se presenta a la
vista, una evidencia de sentido que ha sabido conservar mejor
la palabra alemana Gengenstand:
literalmente, lo que se levanta contra.
Además
de su dimensión Génesis («En el principio era el Verbo»).
La obra de Matta en esos años se «levanta contra» la guerra. Del año
1941 son una serie de telas de colores fríos en que los espacios
orgánicos se combinan con perspectivas lineales, esquemáticas,
frías y vacías. A ellas pertenece El centro del agua,
Years of Fear, que indica el espíritu
de la serie, y, sobre todo Locus solus.
Locus solus fue un intento
de representarse el espacio de la guerra, el locus,
no en lo físico, sino en el en-sí. «¿Cómo representarse
el campo de batalla, no materialmente, sino dentro de uno
mismo, el miedo contra el coraje, la crítica y el odio, la
desconfianza y la confianza? Se trataba de un bombardeo interior».
«Cache-tol guerre»,
dice Matta con Lautreamont, porque quiere concluir con Antonin
Artaud: «Quand
la guerre s’en va, la poésie rentre».
Fue
este espacio el que fascinó a los artistas de Nueva York
que lo siguieron en esos años: el malhadado Gorky,
Motherwell y Pollock, que sólo se
apartaron de él cuando comenzó a poblar las perspectivas de
figuras. El expresionismo abstracto partió del lado de la
abstracción pura, del gran gesto, en el momento mismo en que
Matta comenzaba a narrar con personajes.
Los
espacios de Matta se transformaron
entonces en mundos imaginarios, caos habitados por los herederos
de ese «ideal-ídolo» que encontró entre los tarascas. Dimensiones
con funciones polivalentes, pues sus universos no dejaban
de ser paisajes interiores ni de evocar y recrear lo real.
A
partir de 1944-1945, sus mundos, sus universos o sus galaxias
(como quiera que se los vea) comenzaron a ser habitados por
insólitas anatomías gestuales que se debatían entre el tótem
y el astronauta: son los vitreurs.
Antropomorfismos esquemáticos que pueden evocar las formas
de robots, de faunos o de personajes precolombinos, prestarse
para evocar una escena erótica o una crítica política. En
Les Témoins de l´univers (1947-1948), en un fondo como el de la carta
de naipe, del que ya se sirviera Manet
en Le Fifre, Matta introduce figuras
en escorzos encontrados que tienen puntos de fuga diversos.
A semejanza de las famosas batallas de Ucello,
son los cuerpos los que engendran el espacio. Crea, así, Matta,
la sensación de universo que, precisamente por infinito, no
tiene dirección. El espacio que deja de lado la lógica rutinaria
sirve al mensaje subversivo de esos vitreurs
que, llenos de humor y sarcasmo, se enfrentan a los grandes
problemas de nuestra época o se entregan a un puro ludismo erotómano. La crítica a la sociedad, a la deshumanización
tecnológica, al poder, a la represión surge de la relación
entre los vitreurs, endriagos
de hombre y máquina, y los espacios: lúdicos de amor, angustiosos
de incomunicación: o de pesadilla cuando recuerdan laboratorios
o cámaras de torturas, como en How Ever, la gran
tela que cuelga en el Museo de Stedlijk
en Ámsterdam. A veces, como si se inspirara en la Fisiognómica
de Lavater, los rostros animalizados
reflejan la personalidad de los actores. En Morire
per amore, de 1973, todos los
personajes, aparte del muerto, tienen rostros de cerdo. Matta
estaba bajo el impacto del golpe militar que había derribado
a Salvador Allende.
Frente
al universo abierto está el universo compartimentado, donde
cada situación cristaliza. La forma del cristal es también
una dimensión multiespacial, por
la que todos los artistas del espacio se han sentido fascinados.
Para Matta el cristal es una forma y una metáfora. Son las múltiples
caras del cristal, pero también el vidrio que es invadido
por la opacidad con que lo cubren los liberticidas y los «con
vaincus», juego de palabras que
en francés quiere significar a la vez convencidos y estúpidos
vencidos (pendejos, boludos
o huevones vencidos, según lo transcriban
las variadas malas palabras de nuestra América). Es a este
universo al que el vitreur vuelve a dar transparencia. El vitreur, personaje en quien debemos transformarnos
cada uno de nosotros, exorciza el mal con el humor, el amor
y la inteligencia. «El deseo cambia al hombre», afirma Matta...
«Allí tiene usted las estructuras extremas del deseo: el hombre
como ausencia y el hombre como monstruo, los extremos –y todo
lo que se encuentra entre ellos– debe ser visto en perspectiva
y expresarse en un espacio especial –en el espacio del sentido–
una estructura de hechos y de trampantojos. Lo que yo busco
es más bien la trampa-ante-el-ser».
En
La Banal de Venecia, los actores se sitúan en el espacio
como en una sucesión de viñetas, al estilo de los cómics.
Sólo que allí son las telas, los bastidores, los entrepaños
de los stands los que crean los recuadros. A menudo
en los dibujos y en los grabados de Matta
se encuentran auténticos emparrillados: rejilla que separa
una viñeta de otra y permite seguir el hilo de la narración.
La serie de grabados Es-Erótica, de 1968, o Puro
pueblo es tu cielo azulado, de 1971, así como otras serigrafías
hechas en los años 1971 y 1972 en Chile, son los mejores ejemplos.
En éstas incluso recurre al «balón» para incluir textos y
hacer hablar a los personajes. Las numerosas series de grabados
que hace entre los años 70 y 80 muestran que Matta
jamás ha abandonado su gusto por las secuencias narrativas.
En El arco oscuro de las horas, serie de diez aguafuertes
realizados en 1975, o en el gigantesco Hom´mere,
treinta aguafuertes que termina entre 1973-1977, cada plancha
corresponde a una viñeta y la narración sólo se obtiene en
el conjunto del árbol. Su más reciente «cómic-strip» es su
biografía, con que presenta el libro magno sobre su vida y
su obra que escribe Germana Ferrari. Es además una historia
por entregas, pues dado que sólo se ha publicado el primer
tomo, que alcanza hasta 1949, la biografía se detiene allí,
pareciendo anunciar como es la costumbre: «Continuará.»
Curiosamente,
en los grandes cuadros no recurre a la imagen seriada, sino
simultánea. Simplemente crea un espacio abierto, una extensión
que, gracias a las transparencias y la multiplicidad de perspectivas,
permite las complejas posibilidades del tráfago sensible y
de la agitación real. La diversidad y el esfumado de perspectivas
simultáneas construyen un «escenario móvil» para una figuración
de nuestras vidas que es a la vez burlesca, sicológica y poética.
La variedad de perspectivas permite abrir igual número de
vías de acceso al ser, al acontecimiento. Frente al hombre
unidimensional, Matta crea un espacio
donde la unidimensionalidad se desdobla:
en tiempo, en evoluciones que componen los diversos momentos
de la acción. Sus perspectivas permiten hacer circular la
vida. La falta de punto de fuga hace que sus espacios no tengan
gravedad y que pueda situar a sus personajes todos en el mismo
plano, en las caras de un cubo abierto, unos sobre otros o
en registros sucesivos. En este aglomerarse de la historia
y la naturaleza, hecha de fuerzas y de vida, de presente y
futuro, es donde nosotros recortamos el cubo de nuestra existencia.
¿Será tal vez su concepción de arquitecto? ¿Su proximidad
a Le Corbusier? El hecho es que
Matta ve la existencia individual desarrollándose en un cubo:
pieza, taller, oficina u otro volumen cerrado.
Abrir
este cubo es abrir la historia del hombre y sacarlo de su
soledad y su egoísmo, romper su unidimensionalidad.
En cada una de las caras del cubo quedará una página del ser,
un gesto, un acto, desde el amor y la paz hasta el odio y
la guerra. Abrir el cubo es abrir el espacio. La dimensión
franca permite la comunicación, la solidaridad. Por el espacio,
Matta llega a lo social.
En las atmósferas
de Matta coexisten diversos cubos
abiertos. Ellos crean el espacio situacional: el individuo
y su entorno: las circunstancias armoniosas o contradictorias:
la accidentalidad. Matta une estas «imágenes-situaciones» con trayectorias luminosas
o las separa con «hoyos», que son las distancias que separan
a los cubos de la existencia, acentúa la velocidad de los
movimientos y las relaciones mediante las turbulencias, abre
nuevos espacios con los graffiti o crea nuevos volúmenes
con las manchas. Las «manchas-personajes» y los «graffiti-ondas»
que dan la sensación de espejos de agua apenas alterados por
el roce de la piedra plana que se hace rebotar sobre su superficie
(Matta aprendió a hacer «tagüitas»
cuando era niño en los campos de Chile). Unas y otros recortan
nuevas perspectivas y volúmenes. Estas diversas perspectivas
se unen en un espacio central, que, como hemos visto, pueden
ser galaxias, fábricas, cámaras de torturas, océanos...
Si
en 1960 Matta compuso el políptico
Étre Atout, que tiene
la forma de un cubo abierto, en 1980 imprimió un grabado que
es el volumen real de un cubo, L’Altra Euridice;
fueron dos litografías-cubo. Las litografías debían ser montadas
para formar dos cubos, uno dentro del otro, este último por
cierto no era visible desde el exterior. Matta
decía entonces: «El cubo interno es el espacio de Eurídice
bajo la luz del infierno. El cubo externo es el germinar de
Eurídice hacia la luz del sol. Como
en el cuerpo los órganos no se ven, pero se sienten, así en
cada situación uno debe sentirse el centro de la accidentalidad».
Ha habido críticos que han visto el «cubo» de Matta
como el deseo del artista de encerrar en él al espectador.
La verdad es que el cubo es una metáfora que pretende expresar
exactamente lo contrario.
Dos
pulsiones fundamentales se expresan en los espacios en trompe
l’etre de Matta: su fascinación
por lo arcano y el voluntarismo de la anticipación. Lo arcano,
la historia y el tótem lo unen a América, a su pasado, a su
niñez, a su cultura original. Véase su serie de L’homme
descend du
signe (El hombre desciende del signo). Juega con la ambigüedad
que en francés tienen los términos signe y singe
(signo y simio). En esta misma línea de trampa-ante-el-ser
hay que situar sus múltiples versiones del crucificado, o
sus ilustraciones del Don Quixote
y de La Araucana, poema fundador de Chile.
El
crucificado es un tema fundamental de la iconografía mental
del hombre hispánico. Se dice que si El Cristo de Velázquez
mostró en la Península lo que era el misticismo español, en
el Nuevo Mundo marcó la idea de la vida, imponiendo una imagen
de Dios al colonizado. Matta, desde que comienza a pintar, se vuelca repetidamente
sobre el tema de la Crucifixión: Cristifixion,
de 1938, es la primera versión; le siguen Crucifixhim,
de 1947, y El Cristo del Labrador, que realizó en Chile
en 1971... La metáfora religiosa es fuerte y corriente en
Matta. El hombre crucificado es
otro vitreur. Sacrificado
por el odio y la opacidad de la deshumanización. El tema se
repite en Les Golgoteurs,
de 1952-1953, y en Morire per Amore, de 1974.
Tanto
los dos grandes pasteles, Dog the
Father y Asesinaron Cristón
en la Madre Visible, que forman parte de la exposición
L’Homme descend du signe, que expuso
en 1975 en la Galleria dell’Oca,
como las ilustraciones de La Araucana, editada por
la Comuna de Florencia en 1979, son un darse vuelta hacia
la gramática formal de los códices precolombinos (aparte de
que en ambas series renueva el tema de la crucifixión). Matta
se inspira en los códices casi sin modificarlos. Lo que le
interesa es el espacio narrativo que encuentra en ellos. Un
espacio que es a la vez historia y profecía, pues en la concepción
circular del tiempo de mayas y aztecas los libros de historia
eran a la vez libros proféticos. La exposición de El Quijote
de Matta en The
Spanish Institute de Nueva York, alude,
más o menos con la misma técnica, a otra de las raíces arcanas
del pintor: la raíz hispánica. Pero el Quijote es además lo
universal. El personaje del Quijote, su código moral, a la
vez que su mundo «irracional» y «alucinado», ¡y qué decir
de su humor!, fascinan a Matta,
que trata de recrear el espíritu de Cervantes en una serie
de pasteles y litografías. Un poema acompaña este delirio,
o tal vez «capricho», como lo habría llamado Goya, que ilustra
la función del héroe al que Matta
rinde homenaje. Sin duda que el Quijote es para él otro vitreur:
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¡Venid, colmena de locos, a auscultar el espacio
invisible!
¡Todos los horizontes son posibles!
¡Colocad colmos!
¡Locarios de la tierra, uníos!
¡LOCOLOCACIA LOCURANTE!
¡A cabalgar en tropel de Ronrocinantes
hacia la relatividad total y relativa de la
vida!
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Si la anticipación hace de su obra ensayo, adivinanza, trabalenguas,
en los que se descubren a cada instante nuevos valores semánticos,
lo proyecta hacia el futuro, permitiéndole provocar, proponer,
desear, incluso sancionar; lo arcano le hace concebir la pintura
como mito, dar a su imagen un valor demiúrgico, actuar sobre
el mundo, del mismo modo que los aztecas hacían llover pintando
a un dios.
De
este encuentro entre lo arcano y el futuro es posible que
haya nacido la mayor preocupación de Matta:
la función del arte y el creador. El artista debe provocar
sin tregua la realidad para lograr la emancipación integral
del hombre. Debe ser un vitreur,
un vidriador que haga desaparecer
la opacidad del ser de que hablaba Breton.
Frente a lo «ya visto», que se instala en el confort, que
se ha hecho opaco, debe buscar lo «nunca visto», crear la
transparencia, el vértigo. Éste es el sentido demiúrgico que
Matta le atribuye al arte y donde radica, tal vez, uno de
los mayores valores de su obra. El vértigo es un desequilibrio
y una sensación de vacío, una permanente provocación a la
inteligencia, que desafía al hombre y al artista a renovar
su creación. Pero en un juego de palabras con que titula una
de sus telas más conocidas Le vertige
d’Eros, es también el tallo verde (la tige
verte) en que se afirma el poder de Eros y que sostiene
la belleza de la rosa.
Matta utiliza
cada vez más los planos transparentes en sus pinturas. En
I’Susigne, de 1976 (Tasende
Gallery), es un tête à tête
entre dos anatomías separadas por una placa de vidrio:
|
Oui, j’emploi des plaques de verre, des plans transparents,
également dans mes peintures. C’est parce que je m’interesse
plus a ce qui existe entre les choses. Le verre symbolise un
monde á la fois clos et ouvert. Je peins deux étres humains
et une plaque de verre entre eux. Ils sont isolés, mais ils
ont en même temps la possibilité de se voir mutuellement, de
s’ouvrir un pasaje, par ou se rapprocher. Et voici que je peins
une explosion, un vol d’éclats: c’est un dialogue, une action.
Ou biens je peins des cristaux entre persones: c’est une actino
à rétardement, etc. Tout cela constitue un tout, constitue l’être
humain et sa voie lactée...[1]
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En
Les doutes du
trois mondes, realizado para la UNESCO en 1956, abre la
obra en la obra, como titulará más tarde una tela de 1974,
y muestra que su espacio es un verbo, un pensamiento. El cubo
es el enclaustramiento, abrirlo es función del vitreur
y su apertura es rica en consecuencias porque genera nuevos
espacios, multiplicidad de escorzos y perspectivas que enriquecen
el movimiento y el desplazamiento de sus actores. Esta apertura
está también permanentemente expresada en sus juegos lingüísticos.
Es el sentido oculto de las palabras lo que él busca, descomponiéndolas
en significados polivalentes. Ir más allá de la palabra, de
la idea, de la imagen, del concepto, que apenas emitido se
petrifica, es la búsqueda del Santo Graal,
o el Graal-Art, de Matta. Dejar el mundo
en acción, abierto al cambio, en evolución, no detener ni
la imagen ni el concepto, su propósito. Sólo un espacio cósmico
sin límites permite esta filosofía, este verbo: el «verbo-espacio».
La
desaparición de Matta renovó el
mito de su biografía, tendida entre América y Europa. Salía
de la Araucana para llegar a la Odisea, a Gargantúa
y al Quijote... Su andadura lo llevó a entrar por la imagen
en la letra. Todo en Matta es profundamente
cierto, pero más que real es verosímil. Matta
capta ese profundo sentido de la imagen y del imaginario:
desde lo verosímil nos habla de lo real. Como la fecha de
su nacimiento: el once‑del once‑del once. Tal vez no fuera exactamente así, pero
nos maravilla que así sea, y ¿por qué no?: año más año menos.
Lo que le importaba era simbolizar su nacimiento. Más que
las certidumbres horarias, que historia el calendario, más
que las canónicas crónicas cronológicas, son las incertidumbres
del tiempo, del espacio y de la vida misma las que nos hace
crear y renuevan la historia. Ésa es la verdad de lo humano.
El
juego semántico de Matta siempre
excitaba y acomplejaba a la intelligentzia.
Ésa es al menos la impresión que se tiene leyendo los textos
que anticipan sus catálogos. Todos quieren ser tan listos
y agudos como él y se lanzan al juego de montar y desmontar
las palabras en busca de nuevos y múltiples sentidos para
que la inteligencia no los deje atrás. El resultado es probatorio:
el maestro del juego sigue siendo Matta.
Como tal lo despedimos,
como maestro de juego. En particular quienes lo conocimos
desde el «realismo del sur» lo recordaremos como maestro de
un juego perfectamente serio: el de imaginar y pensar el verbo
América, desde lo humano y universal.
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* Texto publicado
en revista Casa, No 230 , enero-marzo, 2003, pp 32-39.
[1] "Sí, yo empleo dos placas de vidrios, dos planos transparentes, igualmente en mis pinturas. Porque me interesa más lo que existe entre las cosas. El vidrio simboliza un mundo a la vez cerrado y abierto. Yo pinto los seres humanos y una placa de vidrio entre ellos. Ellos son islas, pero al mismo tiempo tienen la posibilidad mutuamente de abrirse un pasaje por donde se ponen más cerca. Y he aquí que yo pinto una explosión, un vuelo de astillas: es decir, un diálogo, una acción. O bien yo pinto dos cristales entre personas: o sea, una acción retardada. Todo eso constituye un todo, constituye el ser humano y su vía láctea..." (T. de la R.) |
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