En Cuba
Reflexiones
En la Casa Cronología Inicio
  Galería
 
Alain Joufroy
Carmen Hernández
Miguel Rojas Mix
Octavio Paz
Viñetas
 

MATTA O LA SEDICIÓN INFINITA *

Lisandro Otero

Hablar con Roberto Sebastián Matta Echaurren consistía en un ejercicio de interpretación de una avalancha de enigmas y entresijos que el pintor volcaba en su interlocutor. Muchas veces sospeché que detrás de esa deliberada oscuridad, de aquella verbosidad enajenada, existía un deseo de burlarse de su auditor, uno de los ardides surrealistas para descorrer el velo de la estulticia pública. Después descubrí la lógica de su discurso, tras muchas horas de paciente diálogo, y pude penetrar en una vasta fronda, ubérrima y delirante, donde el pintor habitaba holgadamente. Matta no valoraba tanto la pintura en sí como los conceptos que podían trasmitirse por medio de la plástica. Deshacer estereotipos era una de sus manías; y supeditar el signo a la imaginación, otra de sus obsesiones: trataba de lograr con el color y la línea lo que otros con la filosofía. Es lo que el crítico José María Moreno Galván ha llamado «desbordar la imagen con el argumento». Matta se lamentaba de la manera en que la imaginación había sido desacreditada por las necesidades materiales.

El surrealismo le enseñó a respetar la verdad y a ser riguroso consigo, negarse a hacer concesiones y tratar siempre de ver lo que se halla detrás de las meras apariencias. Comenzó rechazando sus orígenes. Su primera gran ruptura consistió en separarse de su parentela oligárquica. La segunda, ocurrió al conocer a André Breton, quien le descubrió sus aptitudes plásticas. A partir de ese instante comenzó su desarrollo como pintor. Breton elogió sus primeras obras en reseñas publicadas y reprodujo una de ellas en Minotaure, lo cual equivalía a una consagración. Cuando Breton lo expulsó del movimiento surrealista, Matta descubrió su verdadero estilo. Matta comparaba el surrealismo al sicoanálisis, la alta matemática y el marxismo como instrumentos para ver «lo que está detrás». Creía que en los momentos de crisis se abre un gran ojo que capta de manera desusada lo que está ocurriendo, pero esa mirada intensa puede cultivarse para registrar siempre los tropismos interiores, la carga eléctrica de la emoción. La poesía era el arte de extraer los significados de su contenido común y atribuirles una luz nueva. Era indispensable, estimaba, transformar los idiomas convencionales. Compartía, con Rousseau, la necesidad de acercarse a la naturaleza y limpiarse de lo que él llamaba «necesidades idiotas». Tenía el vicio de sorprenderse a sí mismo, buscaba el asombro porque ése era el combustible del entusiasmo. Pensaba que ciertas formas del arte contemporáneo eran dragones que escupen fuego, y a él los dragones no le interesaban para nada porque eran imaginación congelada y vendida al por mayor. Sus grandes maestros fueron los códices mexicanos, el arte primitivo y Eric Satie, Gabriela Mistral y Marcel Duchamp, André Breton y José Martí. Consideraba que la pintura de Velázquez era mucho más moderna que la de Picasso.

Su despertar político ocurrió cuando el golpe falangista de 1936. Fue expulsado de España y se refugió en Lisboa, donde residió en casa de Gabriela Mistral. Cuando supo del fusilamiento de Federico García Lorca, a quien había conocido y apreciado en las tertulias en casa de una de sus tías, la tragedia española le otorgó una nueva conciencia de los conflictos políticos de su tiempo. Demostró su apoyo a la Revolución Cubana, la liberación nacional angolana, la independencia argelina, la resistencia vietnamita a la ocupación norteamericana, la lucha de los vascos por su autonomía, la Unidad Popular de Allende. Visitó Cuba en ocho ocasiones, fascinado con las nuevas perspectivas que abría la Revolución de Fidel Castro, y en 1968 presidió el Congreso Cultural de La Habana, junto a otros eminentes intelectuales y artistas. Pese a haber nacido en Chile, era un desarraigado, no se sentía vinculado a su país natal, se definía como ciudadano del mundo. Quizás el relámpago durante el cual Salvador Allende encabezó la Unidad Popular fue uno de sus instantes de mayor integración con sus orígenes. Exteriorizaba su contradicción entre una sensibilidad ante la injusticia y su falta de armamento para combatirla. Creía necesario asumir la identidad de las víctimas, posesionarse de las humillaciones de las minorías, volcarse en las individualidades postergadas, buscar esas afinidades y navegar por ellas.

El sistema escolar crea reclutas fuertes para desempeñar las necesidades del Estado, así lo concebía, pero el fin último de la educación debía ser formar seres solidarios, dispuestos a asistir a los demás en sus necesidades; eso produciría una supranacionalidad, un patriotismo de la especie humana. El fin de la cultura, afirmaba, es despertar entusiasmo por lo humano, y también estaba convencido de que la cultura desarrollaba al máximo las potencialidades contenidas en cada quien, lo cual constituía la culminación de los procesos de cambios: el propósito esencial de cada revolución era cultural. Creía en la necesidad de cultivar la imaginación y también estimaba que el orden que se perturba con una provocación intelectual, crea una forma de acción, lo cual era el método operativo de los surrealistas. «Las guerras», sostenía, «son como cornadas salvajes en peleas de toros. Las batallas eran enfrentamientos de ciegos.» Marcel Duchamp expresó que el gran descubrimiento de Matta fue realizar en pinturas morfologías de la psique, mapas de la mente. Otros describieron su obra como compresiones de tiempo en las cuales podía apreciarse simultáneamente el presente, el pasado y el futuro. Él, más modestamente, confesó a un periodista del Corriere della Sera, en una de sus últimas entrevistas, que se veía como un sucesor de Charles Chaplin. Insistía en que había que crear otro tipo de ser humano. Para lograrlo, primero había que desembarazarse de lo que él llamaba «los contextos adquiridos». Fue abandonando todos los principios superfluos, los valores burgueses y los fundamentos nacionalistas para refugiarse en el axioma supremo que él confesaba que debía ser el de todos los revolucionarios: cambiar la vida. Con su visión plástica marcó los extraordinarios movimientos pictóricos que animaron el pasado siglo xx en su manera de agitador faccioso. Pintar un cuadro era, para él, apuntar a un centro de tensión. La principal característica de su personalidad era la de un dinamitero, un desconstructor, un refutador de lugares comunes, de estereotipos y dogmas y de verdades supuestamente inapelables. Solía decir que si en el artista revolucionario habla solamente lo racional es que le falta algo de artista y si habla solamente lo irracional es que le falta algo de revolucionario.

La muerte de Matta cierra una de las grandes ventanas del xx. Con él se extingue una visión única, lozana, vivaz: otra dimensión imaginativa. Su vida fue un prototipo de lo que debe ser un revolucionario de la forma y del comportamiento: rechazó el mundo que recibió en legado y trató de modificarlo.

*  Texto publicado en revista Casa de las Américas, No 230, enero–marzo, 2003, pp 40–41.










  Inicio Galería Reflexiones En la Casa En Cuba Cronología