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MATTA O LA SEDICIÓN
INFINITA *
Lisandro Otero
Hablar con Roberto Sebastián Matta
Echaurren consistía en un ejercicio
de interpretación de una avalancha de enigmas y entresijos que
el pintor volcaba en su interlocutor. Muchas veces sospeché
que detrás de esa deliberada oscuridad, de aquella verbosidad
enajenada, existía un deseo de burlarse de su auditor, uno de
los ardides surrealistas para descorrer el velo de la estulticia
pública. Después descubrí la lógica de su discurso, tras muchas
horas de paciente diálogo, y pude penetrar en una vasta fronda,
ubérrima y delirante, donde el pintor habitaba holgadamente.
Matta no valoraba tanto la pintura en sí como los conceptos
que podían trasmitirse por medio de la plástica. Deshacer estereotipos
era una de sus manías; y supeditar el signo a la imaginación,
otra de sus obsesiones: trataba de lograr con el color y la
línea lo que otros con la filosofía. Es lo que el crítico José
María Moreno Galván ha llamado «desbordar la imagen con el argumento».
Matta se lamentaba de la manera en
que la imaginación había sido desacreditada por las necesidades
materiales.
El
surrealismo le enseñó a respetar la verdad y a ser riguroso
consigo, negarse a hacer concesiones y tratar siempre de ver
lo que se halla detrás de las meras apariencias. Comenzó rechazando
sus orígenes. Su primera gran ruptura consistió en separarse
de su parentela oligárquica. La segunda, ocurrió al conocer
a André Breton, quien le descubrió
sus aptitudes plásticas. A partir de ese instante comenzó su
desarrollo como pintor. Breton elogió
sus primeras obras en reseñas publicadas y reprodujo una de
ellas en Minotaure, lo cual
equivalía a una consagración. Cuando Breton
lo expulsó del movimiento surrealista, Matta
descubrió su verdadero estilo. Matta
comparaba el surrealismo al sicoanálisis,
la alta matemática y el marxismo como instrumentos para ver
«lo que está detrás». Creía que en los momentos de crisis se
abre un gran ojo que capta de manera desusada lo que está ocurriendo,
pero esa mirada intensa puede cultivarse para registrar siempre
los tropismos interiores, la carga eléctrica de la emoción.
La poesía era el arte de extraer los significados de su contenido
común y atribuirles una luz nueva. Era indispensable, estimaba,
transformar los idiomas convencionales. Compartía, con Rousseau,
la necesidad de acercarse a la naturaleza y limpiarse de lo
que él llamaba «necesidades idiotas». Tenía el vicio de sorprenderse
a sí mismo, buscaba el asombro porque ése era el combustible
del entusiasmo. Pensaba que ciertas formas del arte contemporáneo
eran dragones que escupen fuego, y a él los dragones no le interesaban
para nada porque eran imaginación congelada y vendida al por
mayor. Sus grandes maestros fueron los códices mexicanos, el
arte primitivo y Eric Satie, Gabriela Mistral y Marcel Duchamp,
André Breton
y José Martí. Consideraba que la pintura de Velázquez
era mucho más moderna que la de Picasso.
Su
despertar político ocurrió cuando el golpe falangista de 1936.
Fue expulsado de España y se refugió en Lisboa, donde residió
en casa de Gabriela Mistral. Cuando supo del fusilamiento de
Federico García Lorca, a quien había
conocido y apreciado en las tertulias en casa de una de sus
tías, la tragedia española le otorgó una nueva conciencia de
los conflictos políticos de su tiempo. Demostró su apoyo a la Revolución
Cubana,
la liberación nacional angolana, la
independencia argelina, la resistencia vietnamita a la ocupación
norteamericana, la lucha de los vascos por su autonomía, la Unidad Popular de Allende. Visitó Cuba en ocho ocasiones, fascinado
con las nuevas perspectivas que abría la Revolución de Fidel Castro, y en 1968 presidió el Congreso Cultural
de La Habana, junto a otros eminentes intelectuales y artistas. Pese
a haber nacido en Chile, era un desarraigado, no se sentía vinculado
a su país natal, se definía como ciudadano del mundo. Quizás
el relámpago durante el cual Salvador Allende encabezó la Unidad Popular fue uno de sus instantes de mayor integración con sus
orígenes. Exteriorizaba su contradicción entre una sensibilidad
ante la injusticia y su falta de armamento para combatirla.
Creía necesario asumir la identidad de las víctimas, posesionarse
de las humillaciones de las minorías, volcarse en las individualidades
postergadas, buscar esas afinidades y navegar por ellas.
El
sistema escolar crea reclutas fuertes para desempeñar las necesidades
del Estado, así lo concebía, pero el fin último de la educación
debía ser formar seres solidarios, dispuestos a asistir a los
demás en sus necesidades; eso produciría una supranacionalidad,
un patriotismo de la especie humana. El fin de la cultura, afirmaba,
es despertar entusiasmo por lo humano, y también estaba convencido
de que la cultura desarrollaba al máximo las potencialidades
contenidas en cada quien, lo cual constituía la culminación
de los procesos de cambios: el propósito esencial de cada revolución
era cultural. Creía en la necesidad de cultivar la imaginación
y también estimaba que el orden que se perturba con una provocación
intelectual, crea una forma de acción, lo cual era el método
operativo de los surrealistas. «Las guerras», sostenía, «son
como cornadas salvajes en peleas de toros. Las batallas eran
enfrentamientos de ciegos.» Marcel Duchamp
expresó que el gran descubrimiento de Matta fue realizar en pinturas morfologías de la psique, mapas
de la mente. Otros describieron su obra como compresiones de
tiempo en las cuales podía apreciarse simultáneamente el presente,
el pasado y el futuro. Él, más modestamente, confesó a un periodista
del Corriere della Sera, en una de sus últimas
entrevistas, que se veía como un sucesor de Charles Chaplin.
Insistía en que había que crear otro tipo de ser humano. Para
lograrlo, primero había que desembarazarse de lo que él llamaba
«los contextos adquiridos». Fue abandonando todos los principios
superfluos, los valores burgueses y los fundamentos nacionalistas
para refugiarse en el axioma supremo que él confesaba que debía
ser el de todos los revolucionarios: cambiar la vida. Con su
visión plástica marcó los extraordinarios movimientos pictóricos
que animaron el pasado siglo xx
en su manera de agitador faccioso. Pintar un cuadro era, para
él, apuntar a un centro de tensión. La principal característica
de su personalidad era la de un dinamitero, un desconstructor,
un refutador de lugares comunes, de
estereotipos y dogmas y de verdades supuestamente inapelables.
Solía decir que si en el artista revolucionario habla solamente
lo racional es que le falta algo de artista y si habla solamente
lo irracional es que le falta algo de revolucionario.
La
muerte de Matta cierra una de las
grandes ventanas del xx.
Con él se extingue una visión única, lozana, vivaz: otra dimensión
imaginativa. Su vida fue un prototipo de lo que debe ser un
revolucionario de la forma y del comportamiento: rechazó el
mundo que recibió en legado y trató de modificarlo.
* Texto publicado
en revista Casa de las Américas, No 230, enero–marzo,
2003, pp 40–41. |
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