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EL VIAJE DE MATTA *
Edmundo Desnoes

En 1911 Roberto Sebastián Antonio Matta Echaurren nació en Santiago de Chile. Doce años más tarde aparece el Primer Manifiesto Surrealista. Pasan otros diez años y encontramos a Matta en París estudiando arquitectura con Le Corbusier. ¿Existe alguna razón para unir estos elementos aislados en el tiempo?

El imán del surrealismo atrajo a numerosos jóvenes arquitectos: Max Ernst, Aragón, André Masson, Paul Eluard, Antonin Artaud, Juan Miró, Hans Arp, Salvador Dalí, Francisco Picabia, Alberto Giacometti

Las ideas matrices del movimiento salen de cabezas europeas: André Bretón, Tristán Tzara, Marcel Duchamp. El surrealismo surge como un grito de protesta de la juventud ante un mundo cerrado. La industria exigía una organización racional del trabajo; la burguesía, a pesar de la Guerra del Catorce, se aferraba a un orden falso y artificial, que no correspondía con la realidad. Los surrealistas toman de Freud una potente arma de combate: los instintos y deseos reprimidos por el hombre para vivir en sociedad. Pretenden, oponiéndose al espíritu reaccionario de la burguesía, liberar al hombre. Primero a través de la conciencia, y más tarde, incorporando elementos del marxismo, exigiendo un orden social más equitativo.

Matta deja sus estudios de arquitectura en 1937. Ingresa en el surrealismo y comienza a pintar una serie de paisajes interiores. Es un mundo de formas orgánicas envueltas en una extraña membrana lechosa. En lugar de construir edificios rectangulares y sólidos, los ojos de Matta giran en sus cuencas para expresar lo que llamó una “morfología psicológica”. En 1939 pasa de París a Nueva York.

Resulta sorprendente comprobar la cantidad de artistas procedentes de países atrasados que se sintió atraída por el surrealismo. De países donde no existía una clase media como la francesa, por ejemplo, ni el alto nivel técnico e industrial de las grandes naciones europeas. Tristán Tzara era rumano; Miró, español; Neruda y Matta, chilenos; Cesar Vallejo, peruano; Octavio Paz, mexicano; Lam, cubano. ¿Los hispanoamericanos que asimilan el surrealismo, lo hacen por las mismas razones que los europeos?

No lo creo. El hispanoamericano se encuentra en el surrealismo, el europeo protesta. El artista europeo se encuentra en una sociedad estratificada, donde los diferentes aspectos de la vida han sido estudiados y la conducta codificada; el artista hispanoamericano se encuentra con un mundo desconocido, caótico, donde las relaciones entre los hombres son fluidas, donde la naturaleza es aplastante. Cuando Breton plantea que el surrealismo acepta el dictado del pensamiento “eliminando todo control ejercido por la razón y fuera de cualquier preocupación moral o estética” sabe lúcidamente que se esta oponiendo a una de las corrientes mas poderosas del pensamiento europeo. Pero cuando Matta o Lam emplean el automatismo psíquico, el simbolismo onírico y las alucinaciones en su pintura, actúan con absoluta ingenuidad, expresan con mayor naturalidad su propia experiencia histórica. En Hispanoamérica, por ejemplo, no se ha producido la separación racional entre la realidad y la fantasía. Todavía existe una sociedad amorfa y un poderoso mundo primitivo indio y africano que en su visión del mundo lo une todo.

Es un novelista hispanoamericano, Alejo Carpentier, el que plantea la tesis de lo “real maravilloso” en nuestro continente. Carpentier también se alimentó de la experiencia surrealista durante sus años de residencia en Francia.

El surrealismo, a su vez, recibió la vitalidad y la crueldad de nuestro continente. Cuando Bretón plantea, en el Tercer Manifiesto Surrealista, la insignificancia del hombre “considerando perturbaciones como los ciclones ante los cuales el hombre no puede ser otra cosa que una víctima”, no podemos descartar la posibilidad de que el cubano Lam le hubiese descrito los ciclones tropicales. Es el impacto de América en la conciencia europea. Cuando Bretón pasó por Haití durante la guerra huyendo de los nazis, comprendió que en América el surrealismo era un estado natural del ambiente.

Una vez que el artista hispanoamericano domina el enfoque y los recursos del surrealismo, encuentra su tema en el mundo mágico de nuestra vida. Se encuentra ante la realidad de un continente que todavía no ha encontrado su destino. El instrumento europeo más la contingencia americana se funde en hombres como Neruda, Lam, y Paz. Logran la madurez a través de un reencuentro con su paisaje. Se establece así un diálogo real entre la conciencia y el ambiente, entre la mirada y el paisaje. El artista se inserta en un mundo que tendrá que humanizar con imágenes y palabras.[1]

Matta, sin embargo, nunca creó esta órbita. Su pintura, a lo largo de los últimos veinte años, ha mantenido la ingenuidad y el vigor de Nuestra América (la vitalidad americana no puede aceptar el pesimismo europeo). Fuera de esta predisposición, Matta es probablemente nuestro artista más internacional. Esto da a su obra un aire de universalidad y desarraigo.[2]

En 1941 Matta visita a México. Allí estudia los paisajes volcánicos; la fiereza del ambiente cambia los colores que chorrean y se transparentan en sus cuadros. Ahora se avivan con amarillos, verdes y naranjas. Pero el paisaje continúa siendo inferior. En 1944 pinta El vértigo de Eros. En el cuadro luchan la germinación y el vacío. Es la dualidad que plantea Freud entre el instinto erótico y un principio que está más allá del placer: la muerte. Ahora Matta nunca pinta los temas de sus cuadros en términos literarios. Nunca recurre a la forma aparente de la realidad. Eros se expresa en formas blancas, ovoides, en espirales que crecen como la satisfacción sensual, en la explosión de pequeñas partículas. El surrealismo de Matta rechaza totalmente la figuración evidente y retórica de Dalí. Matta crea  nuevas formas relacionadas directamente con las galaxias que se acercan a través de los telescopios y las partículas de materias que se agigantan en los microscopios. Sus espacios, trabajados como campos magnéticos, están cargados de lucha y tensión.

“Quiero revelar las contradicciones implícitas en la realidad. Es el espacio creado por las contradicciones, el espacio de esa lucha, lo que me interesa como expresión de nuestra condición real. El defecto de la mayoría de los cuadros actuales es que enseñan una libertad a priori de la que se han eliminado toda contradicción, toda semejanza con la realidad.” Así explica Matta el campo de batalla de sus cuadros.

En muchos sentidos Matta es uno de los precursores del expresionismo abstracto de los pintores neoyorquinos. A su llegada, estos pintores –desde Gorky hasta Pollock– estaban produciendo imitaciones pobres de Picasso y Miró. Aunque los norteamericanos habían visto pintura moderna no dominaban su oficio. El material se resistía a obedecerles. Matta llegó a Nueva York empleando en su pintura toda la libertad surrealista. Utilizaba automatismo, frottage (fricción) y accidente en sus cuadros. Los pintores de la Calle Diez se apoderaron de estos métodos, eliminando el contenido literario y simbólico del surrealismo, para crear el action painting o expresionismo abstracto.

Después de la II Guerra Mundial –devastación de Europa, Japón, campos de concentración, dos bombas atómicas: Hiroshima y NagasakiMatta comprendió la necesidad de enfrentar su mundo interior con la realidad exterior. “Mi principal preocupación –afirma Matta– durante la etapa de El vértigo de Eros fue la mirada interior. De pronto comprendí que mientras llevaba esto a cabo me encontraba inmerso en una horrible crisis de la sociedad. La visión de mí mismo se estaba quedando ciega por no haberse integrado a las personas que me rodeaban, y busqué crear una nueva morfología de los demás dentro del terreno de mi propia conciencia.” Entonces el paisaje interior de Matta se puebla de figuras y objetos.

Las figuras de estos cuadros son voraces y viven desarraigadas en el laberinto habitado por el hombre. En Cada hombre es un rey (1947) vemos una figura viril con la cara de un insecto y largos brazos disputándole una extraña criatura a la mujer con fauces abiertas en le vientre. Es el ansia de poder que desfigura a los hombres. Matta ha empleado los planos arquitectónicos, las máquinas y los insectos para crear la imagen enajenada del hombre moderno. En la línea y la composición de estos cuadros Matta recurre insistentemente a sus conocimientos de arquitectura. El espacio está lleno de paredes, placas voladas y pasillos. Los hombres tienen bocas enormes llenas de púas y oscuridad; recuerdan las fotos monstruosas del mundo de los insectos. Estas figuras cambian su aspecto físico de acuerdo con el ambiente.

Después de la guerra Matta recorrió Francia e Italia. Vio los desastres de la contienda  y la miseria de la posguerra. Cuando la ejecución de los esposos Rosenberg, Matta pintó una serie de cuadros titulados The United Snakes (Las serpientes unidas). De nuevo establece su residencia en París.

Matta recibe constantemente el impacto de la realidad y lo traduce en pintura. Siempre dentro de términos estrictamente contemporáneos. La materia en sus cuadros –como en la ciencia– está en constante metamorfosis, su espacio está dominado por una tensión casi eléctrica. En 1962, Matta recibió el premio Marzotto por su cuadro Las torturas de Tjamila, premio científico que sólo han merecido dos artistas. El importe fue donado íntegro a los familiares de los presos políticos españoles.

A pesar de haber unido en su pintura el mundo interior con la realidad exterior, Matta no ha detenido aún su búsqueda. De ahí el aire de inquietud y desarraigo que lo acompañó a todas partes durante su visita a Cuba este año. “He pasado treinta años moviéndome por todas partes –dijo aquí– y como es importante que me mueva, vengo a ser una especie de vago–tónico.” Detrás de las experiencias alucinantes del surrealismo, de las mujeres que amó apasionadamente y del éxito que le ha permitido moverse en todos los ambientes sociales, vemos al muchacho que abandonó Chile a los veinte años. “Aunque haya vivido tanto fuera de mi tierra natal –declaró–, puedo decir que estoy en Chile.” En medio de una conversación, mientras comíamos con él una noche, exclamó: “De pronto me sentí oyéndolos hablar, el muchachito que era en Chile. Ustedes hablan igual que mis amigos, así era, antes de irme a París.”

Desde su entrada en el surrealismo, Matta fue el niño mimado del movimiento: tenía 25 años entonces y era uno de los miembros más jóvenes. De ahí también el aire ingenuo y travieso de Matta. Jamás completó el ciclo que Neruda, Lam, Paz cerraron al regresar a sus primeros años americanos. Esta madurez le ha sido negada. “Todo artista –como dijo Hemingway– debe destruir o perpetuar el lugar que más conoce.”

Matta nuca volvió a su tierra. Su obra refleja el mundo interior, erótico, del niño, en la primera etapa, y más tarde, la crueldad del ambiente que descubre el adolescente. Todo esto expresado con enorme habilidad técnica y una precisa conciencia de las formas.

Matta no se conformó con mirar en Cuba. Expresó su experiencia en varios cuadros y numerosos dibujos. A penas habían pasado cinco meses del bloqueo naval con el que Estados Unidos pretendió asfixiarnos. “Cuba se alza entre el amor y el furor –exclamó–. Se puede intentar todo, se puede hacer todo.” El bloqueo económico había provocado escasez de material para artistas. Matta decidió entonces emplear la propia tierra cubana para textura de sus cuadros, para el color rojizo  del fondo. Con tierra extraída del jardín de La Casa de las Américas y cal de lechada, pintó Cuba es la capital y Han tomado las estrellas, donados a nuestro pueblo.

Aquí Matta expresó sus primeras impresiones cubanas. Tradujo la vitalidad alegre de la revolución a la fertilidad de la maternidad. Las figuras se mueven libremente con el espacio, la madre y el niño forman una sola imagen plástica. Los hombres flotan en el aire, los niños bailan con estrellas en las manos. Matta expresó hace unos años, en estallidos de color, la alegría del nacimiento. Su esposa acababa de parir. Inclusive la pintó grávida, con el vientre lleno de formas en el momento caótico de la creación. Por falta de una experiencia más profunda de la Revolución –Matta apenas permaneció un mes en Cuba– utilizó lo que para él significaba la vida nueva: la maternidad, el amor, el espacio libre, la conquista posible de las estrellas. Aunque la composición de los cuadros es sencilla y la figuras están rematadas apresuradamente, con detalles convencionales, estos cuadros confirman la ingenuidad vital de Matta, pero son de una sinceridad que acaba por desarmarnos. Ciertas figuras, además, tienen el ritmo y la silueta que Matta descubrió en el cubano. Las mujeres de enorme trasero y los gestos desenfadados del cubano están captados dentro de un primitivismo que por las tierras y la línea nos recuerdan las pinturas rupestres.

En los dibujos, que Matta considera “sensualizados” por el ambiente cubano, veremos las figuras que en muchos de sus cuadros quedan agobiadas por el contorno, moviéndose libremente, abriendo los brazos a los cuatro puntos cardinales.

Comentando la política cultural cubana de amplia experimentación de todas las corrientes del arte, Matta dijo: “Yo prefiero esta innumerable variedad de formas y ‘un solo amor no más’ que lo contrario, que es el caso de los artistas de la escuela de Nueva York, donde todos quieren decir cosas distintas y los cuadros son todos iguales. Este impacto de la revolución cubana determina la necesidad de una introspección de los creadores de Hispanoamérica. Para crear una base al arte revolucionario hay que buscar por todos lados. El objeto del arte es dar salida a un nuevo humanismo, hallar una manera distinta de decir una cosa precisa y grande.”



*  Texto publicado en revista Casa, No 20–21, sept–dic, 1963, pp 29–33.

[1] Martí se propuso, en los Versos Libres, la integración prosódica de “la enorme incoherencia americana”.

[2] “Nuestro exceso de sensibilidad –piensa Gabriela Mistral del hispanoamericanismo–, nuestra piel toda poros, es lo mejor y lo peor que nos ha tocado en suerte, porque a causa de ella vivimos a merced de la atmósfera.”
























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