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MATTA EN SU MUNDO Y EN SU CASA *

Adelaida de Juan

Voy con Matta a la Escuela de Arte que está en Cubanacán, en la sección oeste de La Habana. Varios alumnos lo rodean; Matta, después de hojear un libro de zoología y comentar sobre las posibles variantes de las ilustraciones, toma en sus manos una paleta, y comienza a dibujar alrededor de las manchas de pintura que cubren su superficie. Al mismo tiempo, conversa con los muchachos y les hace ver, también con la palabra incesante, los posibles paisajes, flores, insectos que, rodeando las manchas, sólo él había vislumbrado hasta el momento.

Tal incitación de la imaginación es una de las claves primordiales de la obra de Matta durante la segunda mitad del siglo xx. Extendida a la palabra que utiliza para sus títulos, éstos desempeñan, además de la función de paratexto que con razón suele atribuírseles, otro juego imaginativo del creador. Utilizo el término juego con toda intención: no sólo en su acepción puramente lúdicra, que también tiene, sino en la convicción de Matta de que lo serio puede acentuar su carácter reflexivo tras hacernos sonreír, para luego penetrar en el sentido más profundo de su creador. Le vertige d’Eros puede ser también leído como Le vert tige des roses; como también La banal de Venise, o Ellminonde, o Nasser o no nasser, o tantos otros suyos, pueden ser leídos en más de un sentido. Cuando otro creador notable como Cartier Bresson calificó algunas de las obras del chileno como «fuegos de artificio», apuntaba a la llamada de atención que hacen, que provocan sus obras de diversa técnica. Su conversación catalizadora, como con razón ha sido denominada alguna vez, acompaña su presencia y sigue en la memoria de los que tuvimos el privilegio del diálogo con él, estimulante siempre. Esos «fuegos de artificio», esos «juegos», no son obras de ligera autoría: todo lo contrario. Matta es extraordinariamente exigente. El «juego» lo es en serio, él no tolera un desliz o un detalle descuidado o falso, pues todo debe responder a una necesidad expresiva sentida verdaderamente y en profundidad. Tal fue su enseñanza ejemplar siempre: su papel singular dentro del movimiento surrealista, su decisiva influencia sobre los expresionistas abstractos neoyorquinos en los inicios de la década de los 40, al dárseles impulso en esa ciudad a los jóvenes con los cuales entró en contacto él, quien había salido de Europa ante la persecución nazi: no poco deben a su incitación por la pintura y la conversación artistas del calibre de Archille Gorky y otros de su promoción. Las criaturas que pueblan los cuadros de Matta son de muy diversa índole, y cumplen funciones variadas, imbuidas siempre de la imaginación libre del artista. Durante un período, materializó el ambiente mismo en el cual se mueven sus criaturas: creó un espacio original que consiste en un cubo que se abre en sus seis lados para indicar un ámbito totalizador, que engloba a la persona veedora. Crea así una continuidad que ha de ser completada por el espectador. Aunque no fue éste su único modo de manejar el ámbito pictórico, sí era un principio axiomático de su manera de concebir la obra. Por ello manifestó en una ocasión:

Yo lo hago así cuando pinto. Cuando hago un cuadro, pinto alrededor de mí; he tratado de hacer como si estuviera en el centro del cubo, y el cuadro, en vez de ser una ventana delante de mí, es los seis lados de un cubo. Entonces el espectador no es ya un espectador, sino un «ser», ya que adquiere conciencia de ser [...] Ser artista es una razón social, es la condición de algunos hombres. Es necesario hablar por el oprimido, darle conciencia de su situación, y poco a poco, crear una sociedad basada en la solidaridad y no en la concurrencia.

Y aquí tenemos otra característica de la vida y de la obra de Roberto Matta (quien a veces jugaba con su propio nombre completo, y firmaba Sebastián Echaurren). Su fidelidad a esos principios, manifestados en más de una ocasión lo llevó a adherirse activamente a la causa de Allende en su país natal (recordemos que, en 1974, a Matta le es otorgado el pasaporte cubano, al negársele usar el chileno tras el golpe de estado que costó la vida al presidente). A partir del triunfo de la Revolución Cubana, mantiene un generoso e ininterrumpido vínculo con Cuba, particularmente a través de la Casa de las Américas. Ésta, a inicios de 1963, lo invita a viajar a Cuba por primera vez, y él pinta dos murales para los que, resolviendo con práctica y significativa imaginación cierta escasez de pigmentos, emplea la tierra del jardín de la institución, manejándola con cal. Uno de ellos, Han tomado las estrellas, para la Escuela Nacional de Arte, se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes. El otro, titulado Cuba es la capital, da la bienvenida a los visitantes en el vestíbulo de la Casa.

Al año siguiente, expone pinturas y dibujos en la Casa, a cuya Colección Arte de Nuestra América dona El vicario, de 1958. En 1967, expone en la Galería Latinoamericana de la Casa la muestra titulada Para que la libertad no se convierta en estatua: una magna obra de esta muestra (un óleo sobre tela de 299 x 994 cm) que se encuentra permanentemente expuesta en la Sala Che Guevara del tercer piso de la Casa y que fue pintada entre 1963 y 1964,[1] estancia durante la cual realiza los dibujos previos para el mural Cuba es la capital, que ya he mencionado. Estos dibujos también forman parte de los fondos de la Colección.

Como ya he citado, Matta, fiel a sus convicciones, no se limita sólo a su labor pictórica: participa en agosto de 1967 en la inauguración del Salón de Mayo en La Habana; pronuncia un discurso, La guerrilla interior, en el Congreso Cultural de La Habana en 1968 y viaja a diferentes países latinoamericanos divulgando sus acuerdos. En 1981, integra el Comité Permanente del Encuentro Internacional de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos, organizado por la Casa de las Américas, y en marzo del año siguiente expone en la Casa la serie Don Quijote; traducción gráfica de Matta.[2] Los dibujos que integran la muestra están situados en bandas superpuestas horizontalmente, pobladas por figuras que nos remiten a las criaturas que llenan el mundo plástico de Matta desde hace cuatro décadas. En esos años, Matta recibe los más altos honores culturales de Cuba, como la Orden Félix Varela y la medalla Haydee Santamaría, en ocasión del trigésimo aniversario de la Casa de las Américas. El número 200 de la revista Casa de las Américas (julio-septiembre 1995) fue ilustrado con dibujos y autógrafos de Matta, tomados de su amplia correspondencia con la Casa. Esa correspondencia continuó hasta sus últimos días: el más reciente mensaje que le enviara «a la Marcia / al Reta-mares» dice, de modo característico: «Yo no pinto, muerdo» y luego: «Siempre retando al mar / yo no “pinto”, muerdo» También el número de Casa al que se destinan estas líneas estará ilustrado por obras suyas.

Con la desaparición de Roberto Matta, muere una de las figuras capitales del arte del siglo xx. Pero sus «propogandas [...] cosas que yo propongo como posibilidades», siguen siéndolo, ya que el poder de su imaginación, el rigor de sus propias exigencias y su ejemplo de trabajo incesante están presentes en nuestra memoria y en nuestra labor. Sus obras conservan la frescura de lo verdaderamente original e incitan a lecturas renovadas. Matta sigue –y seguirá– mordiendo nuestra conciencia y proporcionando el continuado goce de una creación auténtica.



*  Texto aparecido en revista Casa, No 230 , enero–marzo, 2003, pp 42–44.

[1] Cf. Adelaida de Juan: «El sol para quien sabe reunir», Casa de las Américas, No. 42, mayo-junio de 1967, pp. 141-142.

[2] Cf. Adelaida de Juan: «De Trujillo a Matta», Casa de las Américas, No. 133, julio-agosto de 1982, p. 100.














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