Explorar el universo pictórico de Roberto Matta
es ingresar en la aventura del verbo ver
y de la palabra verdad,
que el artista descompone en ver
y dar. Lo que el individuo percibe en la
acción de ver es una verdad relativa y parcial, porque culturalmente
ha aprendido a ver de manera selectiva. Frente a esto, Matta
propone una manera distinta de ver, en cuyo acto –ver la verdad–
vaya implícito el conocimiento consciente del fenómeno, dicho
con sus propias palabras: saber cómo se da
ese ver, qué ocurre en el proceso mismo.
Para Matta, el arte es el medio que nos permite
conocer mejor la realidad, pero no la realidad visual, aparente,
sino también la realidad cultural manifestada en el ser psicológico
social. Entre las muchas definiciones, encontramos que para
él: “El arte es el deseo de lo que no existe, y a la vez la
herramienta para realizar ese deseo”.
[1]
Aquello que no existe es un verdadero sentido de humanismo,
concebido como el conocimiento integral del hombre, de la
significación de la vida y su relación con el cosmos. Por
eso, para Matta el acto de ver supera
lo fisiológico para convertirse en un despertar de la conciencia,
un ingresar en la psique individual y colectiva: es el viaje
infinito hacia y desde el mundo interior y exterior. La verdad
se encuentra en la zona desconocida del inconsciente, en lo
más profundo de la mente humana. Por este motivo, el artista
escudriña el caos dentro y fuera para que se pueda generar
lo que él denominó, en 1968, la guerrilla
interior, es decir, la necesaria e inminente revolución
personal que, insertada en un plano mayor, provocará la revolución
de la sociedad.
Su planteamiento estético sobrepasa lo puramente plástico para concretarse
en una preocupación de orden moral, que se va definiendo a
partir de sus primeros dibujos
experimentales. El joven arquitecto, inconsciente,
comienza a dibujar como una necesidad de conocerse a sí mismo
y conocer al mundo. La expresión lineal: gráfica, analítica
y sintética, se pone a disposición de representar formas abstractas,
sugerentes y orgánicas, que impresionan a André
Breton, en 1937, al punto de definirlo como muy surrealista, determinando su ingreso
como miembro activo de ese grupo artístico e intelectual.
El dibujo resulta entonces el punto de enlace entre la arquitectura
y la pintura. La transición es la síntesis de una idea, de
una situación: es la herramienta para comenzar a indagar en
la psique. La línea y el color de estos primeros dibujos serán
los elementos principales para consolidar un lenguaje pictórico.
A lo largo de su trayectoria, el dibujo será siempre la vía
para experimentar, y constituirá la fuente nutriente de su
obra pictórica. Desde sus comienzos se percibe una preocupación
que se tornará en constante: la expresión del interior de
la mente humana, pues el humanismo se genera primero en el
individuo y luego en la sociedad.
La psique individual y el paisaje cósmico.
La primeras pinturas de Matta, en 1938, denominadas
Morfologías psicológicas,
son una transcripción pictórica de sus planteamientos gráficos.
Ya incorporado al Surrealismo, se interesa de manera consciente
y constante por el mundo interior. Desde esta época el artista
manifiesta su concepción de la vida como una sucesión de imágenes
espacio–temporales. La vida es movimiento y Matta intenta expresar visualmente –de manera más real y concreta–
los distintos estados de la conciencia y llevar a la tela
una forma capaz de representar la génesis del pensamiento.
Así, crea verdaderos paisajes mentales en los cuales se conjugan
lo orgánico y lo inorgánico: grutas habitadas por membranas,
mucosas, terminaciones nerviosas, arterias y músculos, entremezclados
con rocas, guijarros y formas calcáreas variadas, entre los
cuales circulan diversos fluidos. Todo ello interconectado
por una luminosidad tenue, inmanente a los cuerpos y que se
destaca sobre el fondo oscuro del ámbito total, otorgando
unidad y sensación de intimidad a la composición. Estamos
frente a las zonas más íntimas de nuestro pensamiento, en
el recinto donde se procesan las imágenes recibidas por el
cerebro cuando aún existe la totalidad de lo percibido, a
modo de collage.
En ese intento de revelar las “relaciones invisibles entre los objetos”, Matta considera importante que una pintura contenga cuatro
elementos básicos “…una piedra, una vegetación, un hombre
y un objeto de su propia creación”.
[2]
Así representa la materia en todos sus estados: mineral,
vegetal, animal y cultural, con la intención de relacionarlos
todos para generar un continuum,
una interconexión. A petición de André
Breton, Matta elabora en 1938 una
definición de la morfología psicológica: “Llamo morfología
psicológica al gráfico de transformaciones en la absorción
y emisión de energías dentro del objeto, desde su aspecto
inicial hasta su forma final en el medio geodésico de la psicología”.
[3]
El objeto es potencialmente capaz de generar numerosas
interpretaciones y el artista intenta plasmar el momento en
que se produce el pasaje
–el tránsito de un estado espiritual a otro–, esa transformación
que no puede ser conscientizada por la mente humana.
[4]
Y aclara: “La imagen óptica es solo un corte teórico
en la caída morfológica del objeto. La imagen es retenida
para calmar la inquietud y no conservamos sino una de las
formas posibles del objeto”.
[5]
Se trata entonces de representar imaginariamente el proceso
de la percepción visual a través de la superposición de imágenes,
expresando así la totalidad de la experiencia espacio-temporal.
La noción de continuum explica
la experiencia como la interacción entre el organismo y el
medio, sin cortes, sin separaciones; por eso en la obra de
Matta no se presenta el fenómeno
figura–fondo, no hay un delante y un detrás, no hay entidades
individuales sino una continuidad entre los cuerpos; un dinamismo
constante de transparencias, líneas y espacios múltiples en
recíprocas relaciones. El artista sabe que el individuo es
incapaz de percibir conscientemente la multiplicidad y asume
la tarea de enseñar a ver la realidad, el caso real.
El hombre no puede entender la experiencia múltiple de la percepción y hacerla
consciente. ¿Cómo percibir la materia
como energía ¿ ¿Cómo asimilar la relatividad y el dinamismo
de las nuevas concepciones de la física? La realidad, en su
naturaleza filológica, no puede ser totalmente percibida porque
“…no parece que a la mente le sea directamente accesible un
proceso de interacción”.
[6]
No se puede visualizar el funcionamiento real del pensamiento
aunque teóricamente se comprenda el proceso. Nuestro ojo se
centra en una imagen y destaca la unidad en la pluralidad.
Pero, contrariamente a lo que vemos, sabemos que lo estático y eterno ha sido
reemplazado por lo dinámico y relativo. Frente a este hecho,
Matta sufre la angustia del individuo que no puede asir la
realidad, porque está lejos de la compresión humana e intentar
tratar de expresarla a través de la experiencia pictórica.
La concepción del universo como continuum,
del espacio físico como principio no-homogéneo, son construcciones
matemáticas, abstractas, que no tienen formas posibles de
ser comprendidas, de ahí que el artista invente imágenes –campos
gravitacionales lineales, por ejemplo– para enseñarnos a ver
la cuarta dimensión. Matta desarrolla
la simultaneidad visual: “La percepción del crecimiento y
accidentes del objeto realizados simultáneamente permitirá
sentir la biología psicológica del objeto”.
[7]
Ir más allá de la realidad establecida por nuestra limitada
percepción visual y explorar las profundidades de la psique,
que es el lugar donde se transforma la realidad.
Para representar lo relativo y lo dinámico, el artista recurre
a formas energéticas sin límites definidos, palpitantes en
su luminosidad, volumétricas frente al paisaje oscuro de la
cavidad del inconsciente. La profundidad está dada por una
perspectiva atmosférica, creada por la aplicación de capas
sucesivas de pintura muy diluida. Según Gordon
Onslow Ford, para esa época Matta había descubierto los aspectos femenino y masculino
de la psique: energías vitales generadoras de vida cósmica,
que sugieren vulvas redondeadas y formas erectas de carácter
fálico. En alguna obras aparece la unión de ambos aspectos
como la génesis de un mundo más completo, más espiritual:
lo voluptuoso, cálido y luminoso enfrentado a lo ascendente,
agresivo, frío y oscuro; esencia de la vida orgánica y psíquica.
Existe una relación con la alquimia, que concibe los orígenes
de la naturaleza como la interacción de polaridades duales:
el cielo y la tierra, lo femenino y lo masculino, que se podrá
apreciar mejor en los países de Matta
de los años cuarenta.
El paisaje cataclísmico.
Durante sus primeros años de estadía en Nueva York,
1939-41, desarrolla los inscapes
o paisajes psicológicos, hasta cristalizar en lo que sería
la plataforma de su vocabulario pictórico. La composición
se torna compleja por las relaciones cada vez más dinámicas
entre los elementos y, esencialmente, porque se amplía el
campo visual: el espacio comienza a expandirse en múltiples
perspectivas que se superponen desde una visión a vuelo de
pájaro, enfatizando al mismo tiempo la profundidad del mundo
psíquico. Los paisajes interiores son reemplazados por paisajes
cósmicos, pero se mantiene una ambivalencia entre lo exterior
y lo interior. Se acentúa el gesto, la mancha, la transparencia
y se hace notar la actuación cada vez más participativa de
la línea generadora de energía y movimiento a través de ondas.
Hay un mayor desarrollo del frotagge para crear más luminosidad
e indefinición de las formas, enfatizando la interacción entre
los elementos. La abstracción se pone de manifiesto en imágenes
genéricas, de gran amplitud sígnica,
para representar las formas cosmológicas que aluden al origen
y a las características del mundo físico. El volumen se condensa
en los soles o centros de energía. Domina la síntesis, a pesar
de la introducción de mayor cantidad de elementos: intersecciones
lineales y de planos corpóreos y virtuales, que destacan la
simultaneidad en una cohesión de colorido fulgurante y dinamismo
compositivo. En grandes telas aparecen los torbellinos y los
volcanes como generadores de vida, simbolizando la dualidad
de lo fértil y lo destructor de la fuerza vital, expresado
en lo femenino y lo masculino a través del color y las formas
de los flujos volcánicos; existe pues una energía que asciende
y se libera, y otra que está dentro y que actúa bajo la tierra.
El volcán simboliza psicológicamente las pasiones básicas,
capaces de ser orientadas para cristalizar en la energía espiritual.
Para Matta, en sus primeros dibujos y pinturas había
algo así como “…el embrión de algo que quería nacer”.
[8]
Es la aventura inicial de introspección del individuo
al inconsciente, al conocimiento de las fuerzas vitales que
rigen nuestro pensamiento. El primer paso en este viaje es
el cataclismo, la erupción, la revisión de todo lo conocido
para desentrañar la verdad: el origen de lo nuevo es el cisma.
Estos paisajes llaman la atención de algunos jóvenes artistas
neoyorquinos (Robert Motherwell, Arshile Gorky, William Baziotes, Mark Rothko y Jackson Pollock, entre otros), porque presentan fondos automáticos,
realizados por medio de la aplicación espontánea de la pintura,
resultando manchas adecuadas para expresar la mayor subjetividad.
La coincidencia entre lo que Matta
experimenta en este período y lo que buscan expresar los neoyorquinos,
coloca al artista como un verdadero guía y promotor del expresionismo
abstracto, aunque los fines estéticos sean distintos. Para
Matta, la mancha casual es el origen de revelación de una
expresión definida y racional: “Si todo el rumor contiene
desde ya un sentido, el automatismo es el método para desentrañar
el orden de cada situación de desorden, y no creación de desorden,
(mi conflicto con el expresionismo abstracto). Se desarregla
el sentido, pero siempre para tener sentido”.
[9]
En 1942, desarrolla un nuevo concepto del espacio, en
parte por influencia de algunas obras de Marcel Duchamp,
así como por la incorporación de la idea de los Grandes
Transparentes, planteada por Breton
en la publicación de Prolegómenos,
considerada como el Tercer Manifiesto Surrealista. El caos
orgánico del magma original, que amplía la noción duchampiana
de passage, se representa
visualmente en un espacio múltiple, creado por una estructura
lineal compuesta de planos fragmentados en numerosas perspectivas.
Esta irrupción de energías y planos es la alusión al individuo
y sus distintos estados de conciencia: se emplean los recursos
de la perspectiva lineal, de orden racional, para representar
el espacio interior, irracional. Se mantienen los centros
de energía: soles opalescentes que remiten a la piedra filosofal
y que simbolizan lo embrionario. El individuo nuevo que proclama
Breton aparece simbolizado en elementos
antropomórficos, flotantes y aislados, como huesos y vértebras.
La idea de una vitrificación del ser influirá en la posterior
creación de su primer personaje mítico: el vitreur (vidreador).
Siguiendo aún el concepto de passage, sustituye poco a poco la necesidad de indagar en los
orígenes cósmicos para profundizar en las relaciones del individuo
con el entorno social y expresar los distintos estados de
existencia. Para ello incorpora líneas de fuerza así como
pantallas perpendiculares, transparentes y opacas, que encierran
distintas situaciones y que se interconectan a través de líneas.
Se simbolizan así los obstáculos de los cuales debe desprenderse
el individuo para comprometerse con el mundo: luego de responsabilizarse
de sí mismo debe responsabilizarse con el exterior. Estas
trampas creadas con líneas de tensión y planos que se fragmentan,
son las contradicciones de la realidad psíquica.
El vértigo de Eros, de 1944, marca el momento en que el artista expresa
su propia relación con el mundo social. Su código plástico,
establecido básicamente por planos, ondas y nódulos embrionarios,
lo emplea para manifestar un espacio infinito, sin horizontes.
El vértigo podría definirse como el sentimiento de abandono
–consciente o inconsciente– de todos los esquemas establecidos.
Es el estar solo frente a la elección de ser; es la toma de
conciencia de la autodecisión. El vértigo es carecer de pautas
que obstaculicen la visión. Para llegar a esta situación.
Para llegar a esta situación se debe haber observado la realidad
desde diferentes perspectivas, pero sobre todo, vivir al mismo
tiempo dentro y fuera en una misma situación. El vértigo es
el punto de apoyo verdadero –el no apoyo–, la realidad más
segura: la libertad. El vértigo de Eros es la metáfora visual
de la bóveda celeste y también el espacio de las emociones:
profundo y oscuro, donde flotan las imágenes simbólicas de
la energía. En esta iconografía del inconsciente, Matta
llega a la culminación de sus primeras búsquedas.
Hacia la creación del hombre cósmico.
La necesidad de conocerse a sí mismo era la fase necesaria para establecer
la relación con el mundo externo y asumir una nueva etapa:
la representación del pensamiento colectivo –la psique como
ente social–, por lo cual debe asumir un lenguaje plástico
más figurativo, menos abstracto.
Entre 1945 y 1947, época de crisis existencial del artista, Matta incorpora a la pintura las figuras humanas que ha desarrollado
a través de sus dibujos. Aparecen los héroes: el vidreador, el peregrino de la duda, el electricista, el ciego,
entre otros. El vidreador es el
portador de diversos lentes transparentes que muestran la
realidad, aunque de manera fragmentada. Es el mediador: el
propio artista que ha asumido esa tarea luego de tomar consciencia
–y posición– frente a la realidad para mostrar la verdadera
visión del mundo a través de su propia autoconciencia, y los
vidrios (sus herramientas) dejan ver lo que hay más allá.
En general, los porcentajes fantásticos de estas pinturas
se insertan en situaciones dramáticas, con sus rostros-máscaras
que los hacen fluctuar entre totems y robots. No hay un tiempo definido ni particularidades
porque se alude al hombre universal. Seres enredados entre
numerosos filamentos –seres en
situación– y en posiciones desgarradoras, muchas veces
aislados de los demás. Inspirándose en las formas de arte
primitivo de América y Oceanía, Matta
aplica aquí la noción de tótem para representar al individuo
hierático, simbólicamente atado a sus propios esquemas. Se
representa lo inamovible envuelto en líneas energéticas porque
es el hombre encerrado en sus propias trampas, incapaz de
relacionarse con el resto de la humanidad. Es el ser en acción
y –contradictoriamente– estático, que habita un espacio estructuralmente
convulsionado. El artista ha transgredido el orden establecido
porque ha perdido la fe frente a la tecnología. La guerra
representa el fracaso de la ciencia en cuanto se ha llegado
a la utilización de la razón en contra del hombre mismo, y
el costo humano no justifica esa irreflexión y optimismo desmesurado
en los avances científicos. En su obra Étre avec, de 1945,
por ejemplo, los seres torturados no pueden relacionarse entre
ellos. Se expresa así la imposibilidad de compartir, de ser
social, de sobrepasar el excesivo individualismo que caracteriza
al hombre contemporáneo. Matta desarrolla una visión del espacio más compleja aún:
numerosos ámbitos forman un gran laboratorio. Es la visión
del maquinista del ser humano, el interior de una suerte de
fábrica donde se desarrollan simultáneamente distintas situaciones.
Los individuos, frente a sus tableros de control, realizan
sus labores independientemente de los demás. Es una gran composición
intrincada de trampas individuales que encierran al ser colectivo:
el espacio celular de sus primeras pinturas ha sido reemplazado
por el espacio molecular. Este proceso ha ido revelando la
realidad desde lo simple hasta lo complejo, desde el conocimiento
del individuo hasta el de la sociedad. Breton señala al respecto: “Para expresar el desgarramiento
del mundo, él debe haber conocido todo el desgarramiento en
los límites de sí mismo”.
[10]
Todo un proceso psicoanalítico propio para llegar a descubrir
a la consciencia humana y sus posibilidades de elección.
Para mostrar la totalidad de las situaciones a que está expuesto el individuo,
en 1947 crea el concepto de cubo
abierto y proyecta las dimensiones psicológicas simultáneas:
lo superior, lo inferior, lo anterior, lo posterior y lo lateral
de una situación. Las ataduras son sustituidas por las energías
envolventes de sutiles atmósferas luminosas. El individuo
debe conocer las posibilidades de existencia a las que está
expuesto para poder elegir; por lo tanto, se sugieren los
obstáculos que simbolizan las reglas establecidas culturalmente
para despertar la consciencia, primero individual y luego colectiva.
Entre 1950 y 1954, se inspira en una iconografía universal de torturas y sacrificios
humanos para representar los conflictos sociales contemporáneos.
Los personajes habitan un escenario teatral en actitudes rígidas,
a modo de ejércitos autómatas, robotizados, que nos recuerdan
las figuras de la ciencia ficción, como en la obra Les
Roses sont belles,
de 1951, que se refiere al juicio de los Rosenberg.
Desde los años cincuenta, Matta desarrolla la misma
temática con leves alteraciones estilísticas. Por ejemplo,
el engrosamiento de la línea, el espacio menos profundo debido
a las capas pictóricas más espesas y la mancha más evidente.
Permanece la musicalidad atonal de los ritmos así como las
fosforescencias de los centros de energía y la simultaneidad
espacial, para expresar el comportamiento psíquico del individuo
en su relación con el cosmos.
Su constante preocupación estética consiste en la realización de una constelación
de las situaciones simultáneas –que se intersectan por ejes y planos– para
que se conjuguen los distintos estados del ser y se produzca
una verdadera participación social, una vida plena. La participación
del individuo debe asumir un ritmo constante de contracción-dilatación,
a modo de las arterias del corazón, para que en un movimiento
de introspección el hombre se conozca a sí mismo y en un segundo
movimiento de extraversión, pueda conocer el mundo exterior.
En la pintura, las fases de este ritmo se manifiestan en las
formas aglutinadas que reúnen las situaciones y luego, la
forma explosiva que expande. El movimiento que entra y sale;
el paso entre el interior y el exterior: es el deseo, la energía
vital, Eros; como diría Matta, las ganas. El espacio en pulsación obliga
a que la vista recorra la superficie de la tela sin obtener
un punto de apoyo para crear una especie de shock
en el ojo del espectador.
El espacio es el tema central de la obra de Matta.
El espacio como forma y contenido. Es el espacio pictórico,
el espacio físico y el espacio psicológico. Es el lugar donde
ocurren los fenómenos: es el espacio insondable de la condición
de ser humano.
El artista intenta, entre lo ambiguo y lo absoluto, aprehender la esencia
de la realidad para presentarla al espectador. Su indagación
en las zonas del inconsciente revela que la verdad se encuentra
en el interior de cada hombre. Es allí donde reside la energía
vital: Dios. Para él: “Todo individuo es un nudo central de
lo eterno...”.
[11]
Su realidad es de orden metafísico, sobrepasando lo fenomenológico
y por eso la vida es esa energía que fluye a través de los
seres humanos.
En la pintura de Matta se exalta el dinamismo de
la realidad contemporánea para crear un shock
visual, es decir, el deseo de establecer un lapso para detenerse
a ver, que se podría relacionar con el planteamiento de Gillo
Dorfles respecto a la necesidad del hombre contemporáneo de
recuperar la capacidad o consciencia
diastemática.
[12]
El ver de Matta es una acción
que sobrepasa lo fisiológico para convertirse en el deseo
de recuperar el equilibrio vital de la mente para provocar
el espacio de reflexión. A través de su pintura intenta develar
la realidad –o surrealidad– que
guía nuestros destinos. Revelar los males que sufre la sociedad
actual, manifestados básicamente en el excesivo individualismo
que fomenta la ambición de poder y que a su vez impide el
verdadero desarrollo integral del hombre. Destaca la falta
de humanidad, entendida como la relación original (inconsciente)
con la naturaleza, que se ha perdido por la excesiva confianza
en el conocimiento científico. Se ha creado una escisión en
la armonía vital y ha desaparecido la fe en los ordenadores
del cosmos. Psicológicamente, podría decirse que se ha perdido
la relación con la energía primaria de los instintos, la energía
psíquica como totalidad.
A lo largo de la historia, el mito ha sustituido esa orfandad del hombre frente
al mundo, pero en la actualidad existen nuevos mitos, que
por su titanismo y desmesura (manifestados iconográficamente, por
ejemplo, en Le Prophéteur,
de 1954), ya no satisfacen las verdaderas necesidades espirituales
del individuo. Carl Jung
señaló “Nuestra vida actual está dominada por la diosa Razón,
que es nuestra mayor y más trágica ilusión. Con ayuda de la
razón, así nos lo creemos, hemos conquistado a la naturaleza”.
[13]
La razón como exceso, como el mito que impide ver las
dimensiones espirituales que ha permanecido por siglos en
nuestro inconsciente sin volver a formar parte de una totalidad.
Se ha perdido la fe en lo sagrado, en el alma. Para curar
este mal esencial se debe comenzar por la psique. “Como todo
cambio tiene que comenzar en alguna parte, es el individuo
aisladamente, el que lo experimentará y lo llevará a cabo”.
[14]
El hombre debe recuperar su relación con la naturaleza
tomando consciencia de sí mismo
a través del proceso de individuación,
cuyo objetivo es “...la realización de una unicidad del hombre
individual...”.
[15]
El sí mismo es ese centro –para los alquimistas es la
piedra filosofal– que rige la psique y que guía a la consciencia
en sus cambios y crecimientos, pero “...este aspecto creativamente
activo del núcleo activo puede entrar en juego sólo cuando
el ego se desentiende
de toda finalidad intencionada y voluntaria y trata de alcanzar
una forma de existencia más profunda y más básica”.
[16]
Estamos frente al vértigo
de Matta, frente a la participación activa de las energías psíquicas.
“Mientras más conciencia, más luz. Mientras más luz, más conciencia”.
[17]
Esta obra supera entonces lo puramente pictórico, ya que se despliega a través
de la gráfica, de la poesía, de la caricatura, de lo murales
y de una actitud ante la vida; es una obra completa, consecuente
consigo misma y sólidamente sustentada sobre las bases del
compromiso y del riesgo de ser verdaderamente humanista en
el estricto sentido del término. Matta es un verdadero hijo de las vanguardias heroicas, optimistas
en la participación activa y revolucionaria del arte frente
a la sociedad. Valdría la pena que, en un futuro no muy lejano,
se revise su actuación en el Surrealismo y se le otorgue el
justo valor a su obra en el desarrollo del arte latinoamericano,
y uno de los mayores del mundo. Ha sido un navegante de dos
mares, un hombre de dos mundos, un receptor ávido de los beneficios
de ese surrealismo europeo que entró a saco en el reino de
la libertad (...) La revolución, la guerrilla interior y exterior,
el Vietnam, este mundo progresivamente situado en la cresta
de conflictos cruentos que de ninguna manera podemos marginar,
llevaron a Matta a una nueva pintura
que es su gran proeza, su ópera magna: un lenguaje poético
surrealista basado en una concepción política profundamente
humanística como para afirmar que el mal es
un hombre que humilla a otro hombre (no importa en qué
partido, ni facción, ni célula esté afiliado el mal)”.
[18]
Viaje desde el yo interior hacia el exterior, pasando por el autoconocimiento biológico, psicológico y fenomenológico para
llegar a aprehender el mundo: su comportamiento y luego las
relaciones sociales –para terminar adoptando una posición
crítica, cuestionadora y moralizante
de un yo enriquecido
frente a una sociedad cada vez más deshumanizada y que fluctúa
entre la irreflexión compulsiva y la autoconciencia. Matta
evidencia en su obra la ansiedad cultural que aflige a nuestra
sociedad contemporánea.
Para Rafael López-Pedraza, “...la psique occidental siempre ha vivido en la
ansiedad provocada por el conflicto constante entre las mitologías
paganas –los numerosos dioses con sus imágenes diferenciadas–
y el Dios único y carente de imagen del monoteísmo”.
[19]
Este pensamiento dual, asentado en las raíces de nuestra
cultura, crea un conflicto esencial entre una manera única
de ver la vida y una manera diversificada, que es el origen
mismo de nuestra sociedad desde hace cientos de años. Es un
conflicto que se origina en la psique misma, individual y
luego colectiva. Y plantea: “El cambio desde el punto de vista
del Yo hacia una consciencia que abarque tanto el monoteísmo como el politeísmo
es, para mi, de importancia primordial. Y ese cambio de punto
de vista sólo se alcanza mediante un caer
en cuenta”.
[20]
Este caer en cuenta se parece al ver
de Matta, a esa necesidad de romper
con los esquemas establecidos culturalmente y reflexionar
en nuestro pensamiento, no sólo psicológico sino también histórico.
El proceso tiene señalado el camino: viajar hacia lo individual
para volver hacia lo colectivo, de algún modo, tal como lo
experimentó Matta de manera personal
y a través del desarrollo evolutivo de su pintura.
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